Secretos que pesan más que el amor
El coche avanzaba lento por las calles iluminadas de Los Ángeles. La noche había comenzado con risas y risotto en el pequeño restaurante italiano que él conocía, pero terminó envuelta en un silencio incómodo, cargado de pensamientos que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
—Lo siento —dijo Tyler, rompiendo el silencio después de minutos interminables—. No fue la noche que imaginé. Quería mostrarte más de lo que puedo ser cuando no hay presión.
April miraba por la ventana, observando las luces de los rascacielos pasar como si no pertenecieran a su mundo. Su mente seguía en la playa de la semana pasada, en cómo todo había cambiado tan rápido.
—A veces la vida no pregunta qué queremos —respondió, bajando la vista a sus manos entrelazadas en el regazo—. Solo pasa. Y tenemos que aguantarnos el golpe.
El auto se detuvo frente a la casa de colores suaves donde vivía con su abuela y su tío Ricardo. Tyler bajó primero, cruzó el pasillo y tomó las maletas del maletero con movimientos seguros. Cuando ella se acercó, la abrazó con fuerza, como si quisiera memorizar el olor de su cabello rojo, la forma de su cuerpo contra el suyo. El beso fue profundo, intenso… pero breve. Había algo suspendido en el aire, algo no dicho que pesaba más que cualquier promesa.
—Te llamo mañana —prometió, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Nos vemos, April.
April asintió, aunque su pecho se sentía extraño, apretado como si algo se estuviera cerrando dentro de ella.
—Cuídate —susurró, antes de entrar.
Al cruzar la puerta de la casa, la mirada de su abuela fue inmediata. Estaba sentada en el sofá de madera oscura, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, y al lado, el tío Ricardo revisaba algunos papeles como si no estuviera escuchando… aunque ambos sabían que lo hacía. No necesitaba preguntas; lo sabía todo.
—Dios te cuide, April —dijo la abuela con voz firme, sin levantar la vista de su costura—. Ya me enteré del escándalo que has armado en el residencial.
April cerró la puerta despacio, como si el ruido pudiera romper algo frágil.
—Abuela, estoy cansada…
—¿Cansada? —la interrumpió con un movimiento brusco de la aguja—. ¿Y eso te da derecho a quitarle el hombre a tu amiga? ¿A perder tu decencia así, sin pensar en nada ni en nadie?
April bajó la mirada, conteniendo el nudo en la garganta que le impedía hablar. El tío Ricardo dejó los papeles sobre la mesa y la miró con esa expresión seria que siempre la ponía nerviosa.
—No fue así —murmuró, casi sin voz—. Tyler nunca fue su novio.
—Eso no es lo que dice Alice —intervino el tío Ricardo, con voz grave—. Fue hasta casa de la señora García contando que te inventaste ser virgen para atraerlo. Dice que siempre has sido así: la buena de la clase hasta que se presenta algo que te interesa.
April sintió cómo la sangre subía a sus mejillas de vergüenza. No respondió. Subió las escaleras con el corazón hecho trizas y cerró la puerta de su habitación a doble golpe.
A la mañana siguiente, la universidad le resultó más pesada que nunca. Caminaba arrastrando los pies por los pasillos, con la cabeza en otra parte, pensando en Tyler y en por qué no había llamado aún. En el aula de diseño urbano, los murmullos no tardaron en llegar.
—Dicen que Alice se va del país —susurró Daniela, su compañera de proyecto, acercándose a ella antes de que empezara la clase—. Su papá la manda a estudiar a Milán. Escándalo incluido, claro está.
April fingió no escuchar, sacando sus cuadernos de la mochila con manos temblorosas, pero la culpa le apretó el pecho con fuerza. Sabía que Alice no se iba por casualidad. Sabía que todo esto era culpa suya.
En otro punto de la ciudad, en su departamento de lujo con vistas al mar…
Tyler estaba solo cuando el teléfono vibró sobre la mesa de cristal. El nombre de Mauricio apareció en la pantalla.
—Habla —ordenó Tyler, tomándolo con una mano mientras revisaba algunos documentos en la computadora.
—Tenemos un problema serio, jefe —dijo Mauricio, sin rodeos, su voz cargada de tensión—. La avioneta que salió de México rumbo a Colombia… nunca llegó a manos de nuestros socios.
El silencio fue inmediato. Tyler dejó el ratón sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, poniéndose serio.
—¿Cómo que nunca llegó? —preguntó, con la voz baja, peligrosa como nunca antes.
—Desapareció del radar cerca de la frontera venezolana. La mercancía iba para nuestros contactos en Medellín, pero según los últimos datos que conseguimos… el capitán Almonte la vendió a Rubén Darío. El capo colombiano que quiere quitarte el puesto en la región. No fue un accidente, Tyler. Fue traición.
Tyler cerró los ojos, presionando los dedos contra las sienes para calmar la tensión que empezaba a dolerle. Pero antes de poder responder, Mauricio continuó, su voz aún más tensa:
—Y eso no es todo. Tu hermano estaba a cargo del operativo desde México, y Gerardo tiene retenida a tu hermana de 17 años. Dice que hasta que no aparezca la mercancía, la joven se queda con él. Pero sé que Gerardo no quiere esto – piensa que tú lo estás metiendo en el medio, que fuiste tú quien falló en los controles.
—Maldita sea —gruñó Tyler, levantándose de un salto—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Acabo de enterarme yo mismo. Tu hermano está de fardero, dice que no sabía nada de la traición de Almonte. Tu madre está llorando en la casa, pidiendo que encuentres a tu hermana antes de que pase algo malo.
Tyler caminó hasta la ventana para mirar el océano, sintiendo cómo la ira corría por sus venas.
—Que nadie toque a mi familia —ordenó con frialdad—. Yo me voy para México ahora mismo. Tengo que investigar qué pasó ahí, porque desde allá salió todo. Y tienes que encontrar a Almonte – que pague por lo que hizo.
—¿Y la chica? ¿April? —preguntó Mauricio con cautela.
Tyler miró el celular, donde el nombre de April seguía ahí, intacto en su lista de contactos. El botón verde de llamar brillaba en la pantalla. Pero no tenía tiempo.
—Después —dijo, ya caminando hacia la habitación para hacer la maleta—. Ahora solo importa mi hermana y descubrir cómo Almonte pudo hacer esto bajo la nariz de mi hermano.
Colgó la llamada y empezó a empacar con manos rápidas y temblorosas de ira. Cogió su chaqueta, su pasaporte y la cartera, pero en su prisa, dejó el celular sobre el escritorio, sin darse cuenta.
Cuando llegó al aeropuerto y sacó el bolsillo para encenderlo, se dio cuenta del error. Se mordió el labio hasta casi sangrar – no podía llamar a nadie, ni a su madre, ni a Mauricio, ni a April. Pero no había vuelta atrás. Tenía que llegar a México lo antes posible.
Cuando aterrizó en Guadalajara, su hermano lo esperaba en la pista con la cabeza baja.
—No sabía nada, Tyler —dijo antes incluso de que él pudiera hablar—. Almonte siempre fue de confianza. No entendí cómo pudo hacer esto.
—No me des excusas —le cortó Tyler, caminando hacia el coche—. Llévame a Gerardo. Quiero ver a mi hermana y dejarle claro que yo no tengo nada que ver con esto. Que fue Almonte quien nos traicionó a todos.
En la casa familiar, su madre corrió a abrazarlo cuando llegaron, con las mejillas aún húmedas de lágrimas.
—Por favor, hijo —susurró ella, aferrándose a su brazo—. Trae de vuelta a tu hermana. No puedo perder a otra de mis criaturas.
Tyler la abrazó fuerte, cerrando los ojos.
—La traeré de vuelta, mamá. Te lo prometo.
Porque sabía algo con absoluta claridad:
La traición del capitán Almonte no era solo negocio.
Rubén Darío quería quitarlo del medio de una vez por todas.
Y si no actuaba rápido… no solo perdería su puesto, sino a la única familia que le quedaba.