**Capítulo 35: La trampa se cierra**

1104 Words
(Primera persona – April) El día empezó normal, casi aburrido. Tyler se levantó temprano para revisar correos de la agencia de autos y el hotel; yo me quedé en la cama un rato más, oliendo su perfume en las sábanas, sintiendo el calor que aún quedaba de su cuerpo. Cuando salió de la ducha con una toalla alrededor de la cintura, gotas de agua resbalando por sus tatuajes, me miró con esa sonrisa torcida que siempre me derretía. —Voy a una reunión rápida en el centro —dijo, inclinándose para besarme—. Algo de rutina con Mauricio por videollamada. Vuelvo en un par de horas, pelirroja. ¿Quieres que traiga cena? ¿Sushi? ¿O prefieres que te coma a ti primero? Reí, tirando de la toalla para acercarlo. —Las dos cosas. Pero no tardes. Te extraño cuando sales. Me besó profundo, su mano bajando entre mis piernas solo para provocarme un gemido antes de apartarse. —Prometido. Dos horas máximo. Se fue, y yo me quedé sola en el departamento, haciendo café y revisando fotos del viaje a México en mi teléfono. Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto. Mientras tanto, en un bar discreto del centro de Los Ángeles —un lugar llamado “Eclipse”, con luces bajas, mesas de madera oscura y un aire cargado de humo de cigarrillos electrónicos y secretos—, Alice esperaba en una esquina apartada. Llevaba un vestido n***o holgado que disimulaba perfectamente su vientre; aún no se notaba mucho si uno no sabía dónde mirar. Frente a ella, sentado en el taburete, estaba Marco, el bartender que trabajaba allí desde hacía años. Amigo de la infancia de Alice, leal hasta la médula y siempre dispuesto a hacer el trabajo sucio por el precio correcto. Alice deslizó un sobre grueso por la barra. —Mil dólares ahora, otros mil cuando termine. La sustancia está en el sobre también. Rohypnol en polvo, inodoro, sin sabor. Cuando Tyler llegue y pida su whisky seco —siempre pide lo mismo—, tú se lo echas. Discreto. Nadie ve nada. Marco abrió el sobre, contó los billetes y asintió sin pestañear. —Fácil. ¿Y después? —Cuando se desmaye, avisas. Tengo dos hombres esperando afuera: Luis y Carlos. Lo cargan como si estuviera borracho y lo suben al hotel que está arriba. La suite 407 está reservada a mi nombre. Vanessa ya está allá, preparando todo. Marco alzó una ceja. —¿Y tú? ¿No vas a estar presente? Alice sonrió fría, tocándose el vientre disimuladamente. —Estaré ahí, pero no me expongo. Vanessa se encarga de las fotos. Yo solo necesito que parezca real: él desnudo, yo encima, desorden en la cama, sudor falso si hace falta. La barriga aún no se nota con la luz baja y los ángulos correctos. Cuando despierte, le diré que fue consensual, que estaba ebrio y que pasó hace un mes. Que por eso no le dije antes. Le mostraré las fotos y el ultrasonido. Diré que el bebé es suyo. Fin. Marco soltó una risa baja. —Eres una víbora, Alice. Pero por dos mil, soy tu cómplice feliz. Alice se levantó, ajustándose el vestido. —Avísame cuando llegue. Vanessa me manda la ubicación exacta. En el hotel arriba del bar, Vanessa ya estaba en la suite 407. Había corrido las cortinas pesadas, encendido solo una lámpara tenue de luz ámbar, desordenado las sábanas de satén blanco y preparado una cámara profesional en trípode. Botellas de whisky vacías en la mesita, condones abiertos tirados en el suelo para el efecto. Todo listo para la escenografía perfecta. Su teléfono vibró. Mensaje de Alice: “Marco dice que Tyler acaba de entrar. Pide whisky seco. Lo está preparando. Prepárate.” Vanessa sonrió, respondiendo: “Listo. Cuando suban al tipo, lo desnudamos rápido. Tú entras después. Yo saco las fotos desde todos los ángulos. Nada de caras claras si no quieres, pero suficientes para que duela.” Minutos después, la puerta se abrió. Luis y Carlos entraron cargando a Tyler entre los dos: cabeza colgando, ojos entrecerrados, cuerpo flojo por la droga. Lo dejaron caer en la cama como un saco. —Listo —dijo Luis—. Se desmayó en la barra. Marco lo sacó por la puerta trasera. Nadie vio nada. Vanessa se acercó, revisando el pulso de Tyler. —Bien. Quítenle la ropa. Todo. Déjenlo en bóxers primero, luego todo fuera. Los hombres obedecieron rápido: camisa desabotonada, pantalones bajados, bóxers arrancados. Tyler quedó desnudo sobre las sábanas, inconsciente, respiración lenta pero estable. Vanessa ajustó su posición: piernas abiertas, brazos a los lados, como si hubiera estado en pleno acto. Alice entró entonces, quitándose el vestido con calma. Debajo llevaba lencería negra sencilla. Se subió a la cama, se sentó a horcajadas sobre él, piel contra piel, sin penetración real —solo la ilusión—. Vanessa empezó a disparar la cámara: clics rápidos, ángulos desde arriba, desde el lado, close-ups de manos entrelazadas, de su espalda arqueada, de la “intimidad” fingida. —Más sudor —dijo Vanessa—. Usa el spray. Alice roció un poco de agua con brillo en sus pechos y en la espalda de Tyler. Vanessa siguió fotografiando: ella besando su cuello, sus manos en el pecho tatuado de él, poses que gritaban sexo reciente. —Perfecto —murmuró Vanessa—. Diez fotos buenas. Suficientes para destruirlo. Alice se bajó de la cama, vistiéndose de nuevo. —Guárdalas encriptadas. Mañana le mando un mensaje: “Necesito verte urgente. Algo que cambia todo entre nosotros”. Lo cito aquí mismo. Cuando despierte, le digo que fue hace un mes, que no recuerda porque estaba drogado... ebrio, quiero decir. Le muestro las fotos. Le digo que el bebé es suyo. Que tenemos que hablar de nuestro futuro. Vanessa guardó la cámara, sonriendo. —Y April... cuando vea esto, se irá. No aguantará verte “embarazada” de su hombre. Alice se miró en el espejo, ajustándose el cabello. —La barriga no se nota. Nadie sospechará. Esto es el principio del fin para ellos. Tyler empezó a moverse levemente en la cama, gimiendo bajo. Vanessa le puso una sábana encima. —Despertará en una hora. Déjalo aquí. Le diremos que se emborrachó y subió solo. Nadie recordará nada. Alice salió de la suite sin mirar atrás, el corazón latiéndole fuerte de anticipación y odio. En el departamento, yo seguía esperando a Tyler. Las dos horas se convirtieron en tres. Luego cuatro. El teléfono no respondía. Empecé a preocuparme. No sabía que, en ese momento, las sombras ya lo habían atrapado.
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