En el momento en el que tanto Alberto cómo Samantha cruzaron la puerta entrando en la oficina. La tensión subió.
El padre de William, se encontraba en la cabecera de la mesa de 8 sillas que se encontraba en el centro de la oficina. Al verlos entrar por la puerta su expresión cambio. De un momento a otro estaba pálido, nervioso, se levantó de un salgo de su asiento llamando la atención de todo el que estaba allí, léanos la de ella, en realidad esa situación le provocaba gracia, y pensaba que aún no se había puesto buena la cosa.
— ¡¿Qué hacen aquí?! — se adelantó el padre de William a decir.
— Cálmate papa, ella es Samantha, mi abogada — dijo William, en ese momento su padre callo sentado en su asiento nuevamente, tratando de asimilar lo que su hijo había dicho.
— Ni lo pienses, tu abogado es este que está aquí — dijo señalando al que se encontraba en la mesa a su derecha — está decidido — Puntualizo el señor Castillo.
— Creo que quien debe decidir quién quiere que lo defienda es él— Hablo por fin Samantha, entrando más a la oficina y acercándose tanto al padre de William, que podía escuchar su corazón palpitar.
— Tú quien te crees para involucrarte en eso. No te metas.
— Es mejor que no digas nada, o esto se pondrá feo — alcanzó a susurrarle tan cerca que únicamente él podía escuchar lo que ella dijo. Haciendo que en ese momento su presión bajará aún más. Ella mostró una sonrisa satisfactoria, y adoptó una postura más cómoda, e intimidante— Creo que su trabajo aquí termino licenciado— esa vez se dirigió directamente al hombre sentado al lado derecho de la mesa, en madera de querer decirle, lárguese.
— Pero de por Dios, estás loca — se acercó a toda prisa Alberto, la tomo de la mano. Y la alejo un poco del señor Castillo.
— Suéltame — dijo ella sacándose de su agarre. — te dije que no perdería. Y no lo haré— Ella comenzó a sacar documentos y más documentos de su bolso. Se lo acercó al abogado que había contrato el señor Castillo, él los abrió dándole una ojeada y luego de un momento a otro. Se estaba levando de la silla, cerrando los documentos y tomando sus cosas.
— Yo aquí me despido— dijo este.
— Pero… ¿De qué hablas?, yo te contrate.
— Créame señor Castillo, estaría encantando de poder servirle, pero sin duda. Su hijo eligió a la mejor, tiene bases y fundamentos. Yo no conozco el caso. Y la verdad, está un poco difícil de ayudarlo a ganarlo.
— ¡Es usted un inútil! — Ya el señor Castillo se estaba alternando más de lo normal.
— ¿Qué te sucede papá?, si él dice que no puede, pues no puede y ya.
— Tú cállate, que todo esto es por tu culpa.
— ¿Mi culpa? Sí, quizás sí. Pero por eso mismo trato de repararlo yo mismo. Por otra parte, no sé qué problemas tienes en qué Samantha sea mi abogada.
— Sí, dígale que problema tiene que en qué yo sea su abogada — y ni podía ella esconder su cara de satisfacción, mirándolo fijamente esperando que contestara, con la verdad, o que se inventara una gran mentira.
— Haz lo que quieras— Se levantó de un tirón y fue el primero en salir de la oficina, a lo que Samantha va detrás de él y lo alcanza en la cualidad. A pesar de los Susurros de Alberto de que lo dejara en paz, ella hizo caso omiso —¿A qué vienes? — se detuvo el señor Castillo volteando y mirando fijamente a Samantha, ambos ya fueran de la oficina.
— Hablemos usted y yo, pero aquí no — volteó la mirada a la puerta detrás de él, atenta a que nadie la escuche.
— Vamos a mi oficina — accedió el señor Castillo por fin.
Los que estaban dentro de la oficina no se dieron cuenta hacia donde se dirigieron ella y el señor Castillo, pero de algo estaba seguro Alberto. Esto no saldría nada bien.
— ¿Qué pretendes? — el señor Castillo no se había podido controlar. Y no se deja de pensar que todo eso era un Plan para joderlo a él. Aunque para Samantha, la situación solo era por diversión.
— Yo nada, solo hago mi trabajo. Pero usted parece persistir en hacérmelo difícil — dijo ella un poco divertida.
— Te estás burlando de mí ¿verdad? — El señor Castillo se acercó a ella y la miró de una forma muy intimidante, y un tanto amenazante.
— ¿Le parece?, porque si hubiese querido hacer algo en contra suya. Pues lo hubiese hecho y listo. No soy una mujer que amenaza. Yo hago y listo — se podía decir que el señor Castillo no tenía gran idea de con quien se estaba enfrentando, Samantha era una mujer de cuidado. Y cómo ella dijo. No amenaza en vano — le cuento… — dijo ella alejándose de él. Rodeándolo hasta quedar detrás de él. — … Al principio no tenía idea de que era el padre de William, cuando lo supe, ya había aceptado el caso.
—Pero de igual forma decidió continuar con esto.
— Así es, es un trabajo como cualquiera, y yo no rechazo empleo.
— Sin embargo, supe que va a dejar el derecho — a ella se le abrieron los ojos como plato sin duda era una gran pregunta. Ella no se lo había comentado a nadie más que a su jefe, cuando le dio el preaviso de que se retiraría por un tiempo de los juzgados.
— Usted, ¿Cómo sabe usted de eso? — pregunto ella sorprendida.
— Dime ahora, ¿Quién es el que tiene las informaciones aquí?
— Usted cree, no sé cómo lo supo, y la verdad no me importa, pero le aseguro que lo que usted sabe de mí, ¡No se compara con lo que yo sé de usted!
— ¿Me estás amenazando? — sus dientes se apretaron a más no poder, se veía la rabia en su cara. Era un hombre que le gustaba tener el control, y ver que puede parecer alguien igual o peor que él, no estaba en sus planes.
— Como ya le dije, yo no amenazo, yo hago y listos — Ella intentó salir de la oficina, con destino hacia la otra, pero al poner una mano en el cerrojo. Este la tomo de su brazo y la hizo girar, quedando frente a frente.
— Si intentas algo, conocerás quien soy. Buscaré tu familia, a ti, y a todos los tuyos, y los haré pagar.
Allí fue donde Samantha saco la fiera que lleva dentro, como ella no amenizaba, tampoco dejaba que alguien lo hiciera.
— Es un Imbécil. Y al parecer no hizo bien su trabajo, a mí no me amenaza, porque no tiene nada con que hacerlo. ¿Sabe?, lo perdí todo en la vida. No creo que tenga con que hacerme daño, pero por lo que percibo, usted sí. Y en este momento estaba que no sabe qué hacer, si su familia se entera de que es un idiota abusar, y que engaña a su esposa.
— Eres una perra.
— Créame, lo sé, y ladro — exactamente eso hizo. Burlándose de este— cuando el señor Castillo vio que ella seguía con intención de salir, y que no se echaría para atrás con amenas, decidió cambiar la jugada.
— ¿¡Cuánto quieres para dejar el caso!? — aún de espalda, Samantha estaba sonriendo victoriosa. En el momento que exclamo.
— Mate — el otro sin saber de qué hablaba ella, siguió en espera de su respuesta.
— Creo que aquí acabo nuestra conversación — dijo ya luego de voltearse nuevamente hacia él — y sabe que Perdió. Solo por no saber jugar. Apostó más de la cuenta, y al final perdió — Samantha se escuchaba serena, calmada y victoriosa.
— ¿A dónde quieres llegar?
— Exactamente... A la otra oficina. ¿Y usted? —claramente se veía la manera en la que ella se burlaba de él.
— Lárgate, y te aseguro. No me vas a arruinar.
— Con permiso — dijo ella haciendo una reverencia, mostrando su sonrisa, abrió la puerta y se dirigió a la otra oficina a donde había dejado a su amigo, y a William.
En la oficina…
Cuando samanta ingresó a la oficina en la que estuvieron anteriormente, aún estaban allí tanto Alberto como William, conversaban entre ellos. Ella no alcanzo a escuchar de nada, ya que, al notar su llegada, ambos se levantaron y fueron directo hacia donde ella.
—¿Qué paso? ¿Qué te dijo? — el primero en reaccionar fue Alberto, no la vieron a donde se fue anteriormente, pero fue de suponer que se fue con el padre de William.
— ¿Dónde está el abogado? — pregunto, antes de responder cualquier pregunta, ya que no lo visualizaba en la oficina en donde lo dejo.
— Tu misma lo echaste ¿O se te olvido? — comento Alberto — pero no te hagas la tonta y dinos que paso con el señor Castillo.
— ¿Qué iba a pasar?, no le fui a pedir permiso, solo intenté reaccionar.
— Razonar con mi padre, lo veo imposible
— Créeme, difícil si, imposible no fue.
— NOO. ¿Dijo que sí? — William se había sorprendido de esto.
— Confórmate con saber que… Gane, porque yo siempre gano.