Valentina resopló..
—A ti, ¿A quién más?
—¿A ti misma? — preguntó mientras enarco una ceja.
—Sí, claro...
—¿Se puede saber a dónde vas? — gritó su amiga, siguiéndola cuando Vale salió del dormitorio y volvió al baño.
—¿Para qué me preguntas si me vas a seguir?
Valentina volvió a su cuarto, después de colocar su toalla, en su sitio, su amiga la siguió y se tiró en su cama, dónde soltó un suspiro de cansancio.
—¿Y bueno, cómo te ha ido a ti en el viaje?
—Como siempre, bien.
—Desde luego, tú no necesitas que te halaguen.
—¿Para qué, si lo puedo hacer yo?
Maya se acostó sobre el colchón, e introdujo las manos debajo de la almohada para apoyar bien la cabeza.
—Vaya, vaya, vaya — susurró, mientras alzaba en su mano un trozo de tela que no era de su amiga exactamente.
El rostro de la castaña se tiñó de escarlata, cuando vio lo que su amiga sostenía en sus manos, eso era... los calzoncillos de Kaleb.
—Creo que no me has dado todos los detalles... — murmuró Maya — Aunque no sé, si quiera saberlos, al final es mi hermano... ¡lugh!
—Dámelos — pidió Valentina.
—¿Para qué? — preguntó Maya — se lo vas a llevar esta noche, ¿para que te de una recompensa a cambio?
—¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja! — se mofó su amiga — ¿Te dijeron alguna vez que eres una maldita payasa?
—Seh... tú alguna que otra vez, me lo has dicho...
Valentina empezó a reírse sin poder evitarlo, y después intentó quitarle los calzoncillos a Maya de la mano, quién los movió antes de que se los arrebatara.
—Dámelos Maya, esto es muy embarazoso.
—¿Embarazoso? ¿Por qué? Las dos sabemos que no eres virgen.
—Ja, ja, ja — volvió a emitir Valentina lentamente — ¿Me los vas a dar?
—No.
—Pues para ti.
Valentina se giró y Maya se rindió, siempre pasaba lo mismo.
—OK, ok.. está bien. Para ti... de todas formas, ¿Para qué quiero yo unos calzoncillos de mi hermano? ¡Ugh!
Valentina se los arrebató.
—Gracias — dijo sarcástica.
—Mi pregunta de ahora es... ¿Para qué los quieres tú?
—Déjalo, Maya.
—Vale, vale, otro día continuó, pero aún tengo una duda. ¿Estás con mi hermano o no lo estás?
—¿Qué?
—¿Somos cuñis? — preguntó con ilusión la cobriza.
—No lo sé — murmuró dudativa.
Valentina se quedó en silencio y de pronto la puerta se abrió.
Kaleb entró como un terremoto, y se plantó, al lado de Valentina.
—Basta Maya, déjalo ya. La protegeré de tu interrogatorio.
—Huhuhuhu... — se río su hermana — No te preocupes, ya he terminado.
—¡Mierda! — masculló su hermano.
Maya se giró, y se dispuso a marcharse pero en el último momento, al lado de la puerta, giró la cabeza y miró a Valentina .
—Mucho, mucho... amiga, pero mucho. Por cierto Kaleb — dijo Maya — Vslentina, tiene algo que te habías olvidado debajo de sus sábanas.
—Ok — murmuró Christian, mientras veía la cabellera cobriza de su hermana salir de la habitación de Valentina riéndose como una loca. — ¿Me puedes explicar que ha sido eso?
Valentina se giró sobre sus pies y le dió la espalda a Kaleb, después se dirigió hacia el cuarto de baño y comenzó a cepillarse el pelo.
Kaleb se quedó observándola, no sabía porqué le gustaba tanto aquella mujer, pero tenía algo que le llamaba la atención, de hecho toda la atención era suya cuando estaban juntos, lo hipnotizaba de alguna manera extraña.
La miró cepillarse el cabello y después coger el secador con el cuál comenzó a secarlo, primero el flequillo, después el resto del cabello que fue cogiendo un color castaño intenso, que comenzaba a volverlo loco... aquel sedoso cabello lo incitaba a enterrar los dedos en él, para acabar cogiendo la cabeza de Valentina y besarla de una forma intensa y profunda.
Carraspeó de pronto al ver por dónde tiraban sus pensamientos.
—Estoy esperando — dijo mirándola a través del espejo.
—¿A qué? — preguntó ella.
—A que me respondas, ¿A qué sé refería Maya con lo que dijo? Conociéndola me parece que me tengo que poner a temblar, ¿Le has contado lo nuestro?
—¿Qué es lo nuestro Kaleb? Creo que antes dije lo que pensaba.
—Y yo juraría que te había hecho una propuesta... e iba en serio.
Valentina devolvió la vista a su cabello, el cuál comenzó a cepillar con fuerza.
—No hay ningún nosotros, Kaleb. Y no creo que sea lo mejor el que lo haya.
—¿Ah, no? — preguntó él oscureciendo los ojos. — ¿Y eso porque? Dame una simple razón.
—No compenetramos— dijo ella encogiéndose de hombros.
Él tuvo la osadía de reírse, de reírse a carcajada limpia, alta y muy sonora, y se rió en toda su cara.
— Creo querida, que has dado la peor excusa. ¿Qué no compenetramos Valentina? Creo que es lo mejor que hacemos — dijo bajando la voz hasta hacerla excitar.
—Vale pues, si esa excusa no te vale, piensa en una y quédate con ella, porque de todas formas la respuesta es no.
Kaleb se puso serio, muy serio, la miró a los ojos y la hizo girar.
—¿Qué te pasa Valentina? ¿Por qué eres así?
—¿Así cómo? No he dicho nada del otro mundo, si no te gustan las calabazas aguántate un poco.
Él la miró con curiosidad, aquellos ojos azules brillaban enigmáticos.
¿Qué le pasa?, ¿Porqué era tan negativa?
—¿No te das cuenta que podemos pasarla muy bien?
—Ja — dijo ella y se alejó un poco de él — eso es sólo lo que quieres, pasarlo bien, pues para eso Kaleb, te informo que no hace falta tener algo serio, hasta ahora nos va bien como estamos, porque la respuesta a tu proposición sigue y seguirá siendo la misma.
—¿Y si no encuentro ninguna excusa?
—Te la proporcionaré yo.
—Está bien... — murmuró él pensativo — a ver, déjame pensar... Nos la pasamos bien en la cama.
— Ajá...
—Y también nos lo pasamos bien fuera de ella — Valentina guardó silencio y lo dejó hablar — Nos reímos juntos y nos hacemos bromas, es decir nos llevamos bien. Sabemos encontrar un tema de que hablar, coincidimos en muchos gustos, y aunque en otras cosas no estoy de acuerdo contigo no me disgustan. Te gustó, creo... Me encantas, ahí no hay problema.
—Bien — susurró ella.
—No te aburro, ni me aburres, sabemos divertirnos en la calle.
—Creo que te repetiste.
—Sshh... No te maltrato y dejé de decirte cosas que no querías oír, se cosas de tí, cómo que tienes un hermano, y que tú mejor amiga es mi hermana, punto a mí favor por cierto.
—Eso no es malo Kaleb, ve al grano
—Ok... A veces eres orgullosa, cabezota, y no razonas te enfadas, pero después recapacitas...
—Bien, esas son cosas malas.
—No, no... a pesar de todo eso me sigues encantando. Adoro cuando alzas el mentón, mostrando tu orgullo, la forma en que niegas y niegas diciendo que llevas razón, cómo ahora. Cuando no razonas me encanta acariciarte hasta que dejas el enfado a un lado. Adoro cuando sonríes, la carita de ángel que tienes, que contrasta con tu cabello castaño, el cuál me encanta acariciar... ¿Me dejas acariciártelo?
—¡No!... — dijo ella y dió un paso atrás. — Kaleb esto es inútil, será mejor que me vaya.
—Inútil ¿Por qué? — preguntó él ignorando la segunda parte — Ha sido idea tuya.
—Sí, pero no buscas nada malo, todo te parece bien, y así no acabaremos nunca — dijo la castaña.
Y para colmo la estaba haciendo sentir cómo en las nubes, él era demasiado con todo aquello que decía y a pesar de ser así de tierno, con aquella descripción que la estaba haciendo estremecer, también sabía que no debía tener nada con él.
—¿Y qué pasa si me gusta todo de ti?
—¡Eso es imposible! — exclamó ella y se fue a su habitación.
—No lo es, increíblemente me gusta todo de ti. ¿Puedes decir algo que no te guste de mí?
—Eres arrogante.
—Lo sé.
—Un arrogante engreído.
—También soy tierno ¿No?
—Un poco — contestó ella casi instintivamente, se rendía a él...
—¿Sólo un poco? — preguntó cómo un niño pequeño.
—Ya Kaleb, por favor.
—¿Se puede saber que te pasa Valentina? Cualquiera diría que tienes miedo, que no quieres comprometerte.