—¿Y no necesita nada de los archivos?
No quería mostrar un obvio interés, pero la verdad no estaba de ánimos para perder el tiempo, necesitaba encontrar evidencia de los malos manejos de Oliver cuanto antes. Esta empresa tenía que desaparecer.
—En este momento no requiero nada, en especial —contestó su jefe.
Adhara estuvo a punto de soltar un bufido de frustración, pero agrego en su lugar:
—El otro día me percaté de que el archivero estaba un poco sucio. Si no hay nada más que hacer, quizás podría ponerme a limpiar…
El hombre mayor la miró con sospecha.
—No creo que sea una digna actividad para mi asistente—evidentemente pensaba que estaba mintiendo—. Contactaré al personal del aseo, para que…
—Le he dicho que yo puedo hacerlo —lo interrumpió tajantemente—. No es nada que un trapo húmedo no pueda solucionar—sonrió tratando de aligerar el extraño momento.
—En ese caso, creo que…
—Gracias. Si me necesita solo llámame —contestó, mientras se dirigía hacia el pequeño cuarto. En su afán por encontrar evidencia se había olvidado de la razón principal por la que entraría en ese lugar.
—¿No se supone que deberías llevar los materiales para la limpieza?
La pregunta del señor Suárez hizo que Adhara se detuviera. Estaba actuando como una tonta y recién se daba cuenta. En su defensa, solamente podía agregar que todo se debía a lo presenciado esa mañana. La imagen de Anastasia y Oliver, besándose, había ocasionado que una especie de desesperación por hacerlos pagar se gestara en su estómago. Pero la venganza era un plato que se sirve frío. No debía de olvidarlo.
—Oh, tiene razón. Qué tonta—y así caminó rápidamente hacia la salida, con la intención de buscar lo que necesitaba.
En su camino al cuarto de aseo los cuchicheos no se hicieron esperar, le pareció escuchar algo de:
“Pobre mujer, la tienen trabajando para que pague el techo en el que vive. Al parecer el señor Oliver ya no la quiere mantener”
“Seguramente es una derrochadora”, decía otra.
—Parece que hay mucho tiempo de ocio por aquí—se detuvo delante del par de féminas. No lo pudo evitar. Su temperamento ansiando con salir.
—Oh, señora Adriana, buenos días—se mostraron cohibidas al verse encaradas por primera vez.
—¿Qué les hace creer que me obligan a trabajar? —les preguntó directamente, con la intención de darle fin a aquella ola de cuchicheos. Lo mejor en estos casos era poner a la gente en su sitio de una vez por todas.
—Oh, no. Nosotras no…
—Las escuché perfectamente —comenzó con sagacidad—. Permítanme decirles que no están siendo nada discretas en sus cuchicheos, deberían comenzar a practicar la prudencia. Porque si se ponen a hablar así, tan fuertemente, mientras la persona en cuestión camina frente a ustedes, créanme que se van a meter en serios problemas. Como, lamento decir—hizo una falsa expresión de pesar— acaba de suceder. No se extrañen si las llaman antes de que finalice el día para que presenten su carta de renuncia—completó triunfal, mientras continuaba con su camino, pero ahora su dirección había cambiado ligeramente. Se dirigía a las oficinas de presidencia.
Dos golpes secos en la puerta hicieron que Oliver despegara su vista del computador, para poder visualizar a la persona que acababa de entrar. No había ni siquiera esperado a que le diera el pase, Adriana había entrado como si fuera la dueña del lugar, con aquel porte y seguridad que no le conocía.
Recordaba a la Adriana de su entrevista de trabajo, una chica apenada y cabizbaja, quien solía ruborizarse cuando la volteaba a mirar. Esta, en cambio, parecía inmune a su presencia. Era como si la hubiesen absorbido los extraterrestres y hubiesen dejado esta versión, carente de toda especie de sentimientos.
—¿En qué puedo ayudarte? —se encontró preguntando.
—Necesito que despidas a un par de chismosas —soltó con firmeza y seguridad, consciente de que cumpliría su demanda.
Los ojos de Oliver se entrecerraron, mientras escuchaba su exigencia. Otra cosa que recordaba de la antigua Adriana era su gran corazón, ella no sería capaz de pedir por el mal de alguien más.
—Cuéntame la verdad sobre lo que te paso —exigió, y ambos sabían muy bien a que se estaba refiriendo.
—¿De qué estás hablando?
Adhara no perdió tiempo en hacerse la desentendida. Por supuesto que sabía a qué se estaba refiriendo Oliver, él hablaba sobre aquel día, el día en que desapareció, el día en que intercambio lugar con su hermana muerta. Oliver comenzaba a sospechar y eso no era bueno para sus planes.
—No te hagas la tonta —le contestó mirándola muy fijamente, sus ojos grises parecían querer traspasarla y descubrir que misterios había detrás de su nueva actitud—. No eres la misma. Estás demasiado cambiada y siento que las razones no son nada buenas. Así que dime qué paso, ¿te metiste en algún problema?
Adhara sintió el deseo de reír de pura ironía.
«Problemas», pensó, dándose cuenta de que ese era el nombre que Oliver había elegido para describir todo lo que pasaba. Sin tan solo supiera que Adriana estaba muerta, que su plan demoniaco había dado resultados, pero que había un fallo en su bien trazado objetivo, no contaba con que Adriana no estaba del todo sola, sino que tenía una gemela y, era precisamente esa gemela quien ahora estaba frente a él, mirándolo con un deseo claro de venganza.
Pero la hora de la verdad aún no había llegado, así que le tocaba actuar. El telón había sido levantado para la función.
—No me metí en ningún problema. Solamente me cansé —respondió, haciendo su mejor imitación de mujer dolida. Era de conocimiento público que Adriana guardaba sentimientos románticos hacia este hombre, así que obviamente él esperaba seguir encontrando esa versión enamorada—. No quiero seguir siendo la esposa engañada. No quiero que me importes y la verdad siento que lo estoy consiguiendo. ¿Sabes qué, Oliver? Ya no me provocas nada más que nauseas —le soltó con una mueca de asco, que hizo que el hombre frunciera el ceño al instante.
La silla del escritorio de Oliver se rodó y Adhara contuvo la respiración al ver que se acercaba. Esto no era lo que pretendía, por supuesto que no. Sin embargo, no podía huir como una cobarde, si Oliver quería una confrontación, entonces la tendría, pero no permitiría que se saliera con la suya.
—Ahora dices que te genero asco—dio un paso más. Instintivamente, Adhara retrocedió. Una sonrisa retorcida se dibujó en los labios de Oliver—. Estás mintiendo —aseguró, señalando a la mesa de su escritorio—. ¿Recuerdas la primera vez en que estuvimos juntos? Fue justo encima de esa mesa, Adriana. Y me dijiste de todo, menos que te daba asco. ¿O es que necesitas que te refresque la memoria?
Otro paso hizo que Adhara sintiera pánico. No podía permitir que este hombre la tocara bajo ninguna circunstancia.
—¡Aléjate de mí! —rugió, tomando un jarrón que se encontraba cerca y aferrándose a él, como si de eso dependiera su vida. No estaba entre sus planes convertirse en una asesina, pero si Oliver la provocaba, entonces acabaría con él de la peor manera.
—Vaya...
El hombre soltó una carcajada, mientras la miraba como si estuviera loca.
—Tranquila, tranquila, tampoco pensaba tocarte. Ya no me provocas nada, Adriana —la miro fijamente—. Lo nuestro ya paso, ahora solamente quiero que firmes el divorcio para así poder casarme con la mujer, con la que debí casarme desde un inicio. Esto—los señaló a ambos—siempre fue un error.
Adhara respiró profundamente para serenarse y luego coloco el jarrón en el mismo lugar de donde lo había tomado. Había muchas palabras ansiando con salir de su boca, luego de semejante humillación, pero decidió ahorrárselas todas. Necesitaba enfocarse en lo importante. Hundirlo para siempre.
—Recuerda lo que te dije sobre ambos despidos. No las quiero aquí para cuando termine la tarde —dicho esto, se dio media vuelta y se marchó.
Cinco minutos después, estaba de regreso a la oficina de su jefe. El señor Suárez la vio entrar con firmeza, ni siquiera lo miro, mientras sus pasos se dirigían al pequeño archivero y pasaba allí encerrada gran parte de la tarde.
Para cuando su jornada termino, Adhara estaba frustrada y de malhumor. No había encontrado nada, no había pruebas de malversación de fondos, mala gestión de recursos, ni nada que requiriera de la presencia de las autoridades, ni que llevara a las empresas Volkov a la quiebra.
Suspirando profundamente, Adhara concluyó que debía improvisar un nuevo plan…
[…]
Luke cortó la llamada con una gran sonrisa. Era una llamada a larga distancia y escuchar la voz de Adhara hizo que su horrible día tomara por completo sentido. Inmediatamente, evoco la imagen de la mujer, su largo y lacio cabello n***o, sus ojos verdes y felinos, esa expresión de sagacidad que siempre portaba. Era la perfección hecha mujer y la deseaba, la deseaba más que sus infinitas propiedades o que su inmensa cuenta bancaria.
El favor que acababa de pedirle era claro: destruir las empresas Volkov sin importar el método.
Afortunadamente, contaba con el poder para eso y le bastaba con contactar a alguien para dar inicio a una ola de caos y destrucción.
Pero al final de los estragos causados, la recompensa sería clara: Adhara Miller sería suya para siempre…