—Señor Devon ¿qué hace aquí?
Nathaniel se veía desconcertado, el hombre rubio se le quedó viendo un momento para segundos después empujarlo dentro del apartamento y reclamar sus labios, tomando por sorpresa al profesor.
A cada paso que retrocedía, Kristoff se rejuntaba cada vez más, sin otro lugar al cual escapar topó con pared.
—¡Mnh! —volteó la cabeza para poder hablar —. Señor Devon, ¿qué está haciend-
No lo dejó cuestionarlo e introdujo sus manos bajo su ropa acariciando sinuosamente su espalda baja. Ah, le encantaba la sensación de su piel al roce, le costaba creer que otro hombre tuviera una dermis tan suave y tierna, e incluso era lampiño.
Se separaba de poco en poco para permitirle respirar, pero no objetar. Se preguntaba si estaba mal hacerle cosas lascivas sin siquiera pedirle una confirmación verbal, hasta que sintió su dureza.
—Puedes actuar inocente todo lo que quieras, pero tú y yo sabemos qué es lo que realmente deseas —le susurró al oído.
—Señor Devon, s-se equivoca, yo no… —desvió la mirada dudoso cuando vio lo erecto que estaba.
—No necesito excusas —aseveró firme.
Subió su camisa dejando expuesto su torso, y metió parte de ella en su boca.
—Sostén esto, me estorba —ordenó, también desabrochando sus pantalones y bajándolos con todo y ropa interior.
Sus ojos se posaron en aquello que pensó que le daría asco de solo presenciarlo, e inesperadamente no fue así, hasta el pene de ese hombre era lindo.
Al verlo sonrojado, con la ropa desarreglada y esa expresión tímida, se veía más hermoso que cualquier fémina, siendo un mujeriego, nunca le gustó algún hombre hasta que conoció a Nathaniel, la atracción que sentía aumentó hasta convertirse en una excitación fisiológica, y su lujuria se transformó en acciones. Jadeando, liberó su m*****o de la prisión de tela qué aún mantenía, y tomó los dos miembros para masturbarlos juntos.
El castaño cerró sus ojos con fuerza y agradecía que el pedazo de tela en su boca ahogara sus gemidos, la fricción los fluidos y la calidez del otro cuerpo lo estaban orillando al orgasmo. Su camisa se deslizó de entre sus labios al no poder soportarlo más.
—¡Señor Devon! —gritó su nombre al eyacular, clavando sus dedos en sus hombros, sintiendo todos los músculos de su cuerpo tensarse antes de encontrar el alivio.
Ambos trataban de recobrar el aliento, hasta que Nataniel alzó el rostro con una carita muy necesitada
—Señor Devon, por favor… más…
Algo se encendió dentro de él, ese hombre sacaba a flote sus más bajos instintos, usó el líquido blanquecino como lubricante totalmente dispuesto a penetrarlo, cuando lo escuchó una vez más, llamándolo un poco más fuerte.
—¿Señor Devon?
Como si repentinamente lo regresaran a la realidad, parpadeo un par de veces,
—¿Todo está bien? —inquirió el profesor en la mera entrada de su departamento, estaba vestido por completo, como si nada hubiera pasado.
Todo había sido producto de su sucia imaginación, nunca entró a su departamento, nunca tocó esa piel de porcelana, nunca lo hizo gritar su nombre y por supuesto nunca le pidió que lo follara salvajemente. Un poco más recompuesto, trago saliva y decidió responder.
—Ah… sí, lo siento… debí avisar primero que venía.
—¿Le ocurre algo? —pregunto preocupado.
—Na- nada.
Se quitó todos los malos pensamientos de la cabeza.
—¿Qué tal si lo invito a un bar y conversamos?
—De acuerdo —acepto sonriente—. Permítame un momento, iré por mi abrigo y mis llaves.
—Sí, tómese su tiempo.
Mientras lo esperaba, se sintió como experimentando los mismos acontecimientos otra vez, la cena, la actitud de su hija, él corriendo saliendo a buscar a ese hombre, y al profesor siendo tomado por sorpresa debido a sus acciones.
Flashback
Dos semanas luego de que su hija entrara a la sección intermedia de su escuela privada, durante la comida, su pequeña suspiraba y jugueteaba con los vegetales en su plato, su comportamiento era inusual.
—Princesa, estoy intrigado, ¿qué te está pasando?, últimamente actúas muy extraño.
Luego de formar el nombre Nataniel y un corazoncito con guisantes, volteo a ver a su padre y contestó muy sonriente
—Creo que estoy enamorada de mi profesor de química —confesó.
—¿¡Qué!? —tosió al casi asfixiarse con el corte inglés que estaba masticando.
—Tranquilízate papá, no es nada fuera de lo común que pueda llegar a enamorarme.
—Eres muy joven para eso —repeló.
La chica frunció el ceño.
—Papá, saliste con mamá desde los quince años y me tuviste a los diecisiete, no estás en posición de juzgarme. Además, no pienso salir con el profesor hasta que me gradué.
—Pe- pero…
Estaba sin palabras.
—Bueno, no tengo hambre, me voy a mi habitación.
Liliana dejó su asiento y se fue entre saltitos como un pony encantado dejando un rastro de arcoíris, contempló el nombre en el plato, tratando de creerle a su princesa, aun así, tenía que averiguar qué clase de persona era ese sujeto, sacó su teléfono y llamó a su asistente.
—Cameron
—¿Sí, señor Devon?
—Investiga al profesor Nathaniel de química perteneciente a la escuela principal.
—Sí señor, enseguida.
Colgó y diez minutos después le mandaron los datos
Tomó las llaves de su auto y condujo como enajenado para buscar ese hombre, se repetía la información: Nataniel Wood, 25 años, estatura 1.72, 68 kg, tiene un departamento en el centro de la ciudad, se graduó en una universidad decente, llevaba ejerciendo 2 años, los alumnos y los profesores tenían una buena opinión sobre él. De acuerdo a su cargo, se suponía que tendría que saber sobre él, no obstante, su trabajo principal no consistía en recursos humanos, sino en la administración del capital y los bienes, decidía dónde se destinaban los recursos económicos y conseguía jugosas donaciones de los padres.
Provenía de una familia de políticos, pero a diferencia de ellos, decidió dedicarse a la educación. En su juventud, él junto con un socio creo escuelas privadas de escalera, que impartían educación desde preescolar hasta la universidad. A pesar de ser el subdirector solo pisaba la escuela al inicio de cada ciclo escolar. Frenó al encontrar el edificio, se estacionó adecuadamente, bajó y aprovechó que había gente entrando y saliendo para pasarse como por su casa, ignorando la seguridad del lugar. Picó los botones del elevador directo al quinto piso, busco la puerta con el número 507 y tocó el timbre varias veces, decidido a enfrentar a ese profesor. Cuando la puerta se abrió, lo recibió un joven bastante atractivo.
Lo barrió de arriba abajo, pero algo que inició como un gesto de altanería, se convirtió en una profunda apreciación. No era el flaco sudoroso pervierte niños que él se imaginaba, tenía unos ojos celestes muy bonitos, y unas facciones bastante finas, dignas de una obra de arte, ahora entendía por qué, según la información, otras estudiantes también loquitas por él.
—¿Sí, dígame qué se le ofrece?
—¿Usted es el profesor Nathaniel Wood?
—Ah… sí.
—Me presento, soy Kristoff Devon —le extendió la mano, gesto que el otro respondió.
—¿Devon?
El apellido le parecía muy conocido… ¡Ah! seguramente era el progenitor de aquella chica tan lista y participadora, mirándolo bien se parecían mucho.
—¿Acaso es el padre de la alumna Liliana Devon?
—No solo soy eso, también soy el vicedirector de la escuela, hay un asunto importante que debo tratar con usted.
Eso le sorprendió y se puso un poco nervioso.
—Entiendo.
Parecía una ovejita asustada, más no debía dejarse engañar por su apariencia, iba a reclamarle, y de repente, escuchó sus tripitas rugir.
—L-lo siento— se apenó el menor—. Apenas iba a comenzar a cocinar, no tiene mucho que llegue de la escuela y necesito comer algo. Le parece si fijamos una fecha y hora posterior para una cita.
El vicedirector suspiró.
—Vamos a un restaurante, ahí hablaremos tranquilamente y podrá calmar su hambre.
—P-pero…
—Descuide, yo invito.
Dio la vuelta indicando que lo siguiera. No era un mal plan, él no pudo terminar de comer por andar yendo a buscar pelea, en el restaurante podría averiguar lo que necesitaba.
—Sí —aceptó el castaño.
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Estaban sentados en una elegante mesa con una hermosa vista de la ciudad, en una zona bastante privada del lugar. Mientras comían, Nataniel decidió abordar el tema.
—Y dígame ¿qué es tan importante como para que el vicedirector viniera a visitarme?
Kristoff terminó de masticar, bebió un poco de agua y se puso serio.
—He oído que ha estado seduciendo a sus estudiantes.
Nathaniel se espantó.
—¡No! claro que no, no haría tal cosa tan poco ética.
Escudriñó en su reacción
—¿Entonces por qué hay reportes de tantas estudiantes que se han peleado por usted?
—N-no lo sé, pero no tiene por qué preocuparse de que intente nada con ninguna alumna.
—¿Sí? —lo cuestionó severo —¿y que me asegura tal cosa?
El profesor se sonrojó y apenado le reveló una información que daría fin a sus preocupaciones.
—De hecho, la verdad… es que a mí solo me gustan los hombres.
Eso tomó totalmente desprevenido a Kristoff, quién se puso totalmente rojo de la vergüenza por acusarlo, así que solo emitió un simple:
—¿Qué?