Le pareció un poco exagerada la reacción por parte de sus amigos entre clases, así como su perorata sobre por qué no era una buena idea confesarse.
—¿Que pretendes?, tú tienes quince y él tiene veinticinco años, no va a corresponderte —externaba Verónica, cruda y dura, lo que la hizo fruncir el ceño.
—No quiero que me corresponda ahora, quiero una promesa y cuando me gradúe, al fin podremos estar juntos.
Era oficial, tanto manga shoujo y novelas le habían podrido el cerebro a Lili.
—¿Y cuándo lo harás? — inquirió su amigo, ya más resignado.
—A la hora del almuerzo
—¿Estás loca? —volvió a interferir la chica castaña.
—No, según mi diario de observación, los lunes, miércoles y viernes come en la sala de profesores o sale a algún restaurante, por lo que los martes y jueves, almuerza al aire libre en los jardines traseros, completamente solo, sin nadie al rededor.
—Vaya, resultaste ser una acosadora —sentenció el joven.
—¡Oye! —repelaba ofendida con las manos en su cintura.
—Una total acosadora —secundo la otra.
—¿¡Qué!?
—Sí, definitivamente —insistió —¿Qué no así empiezan algunas historias de asesinato?
Damián se descosió a carcajadas.
—¡Claro que no! Llamémoslo… un interés profundo — se justificó—. De todas formas, lo voy a hacer y punto.
—Amiga, por favor, recapacita, no perpetúes el estereotipo de que las rubias son tontas —rogaba Verónica.
—Váyanse al carajo chicos—les levanto el dedo y se marchó al baño a refrescarse, con ellos no se podía.
Durante el trayecto pensaba sobre su conversación.
—«No soy tonta, tengo razones de peso muy fuertes para asegurar que el profesor también siente algo por mí».
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El timbre sonó, dando paso a la hora de descanso. Justo como Lili había predicho, Nathaniel estaba sentado a lo lejos bajo un árbol degustando su almuerzo mientras leía, con la mano izquierda mordía su sándwich por ratos y con la derecha sostenía el libro de Rayuela de Julio Cortázar, ¡Genial! a él también le gustaba el género de romance, se veía adorable.
—¿Estás segura de esto? —cuestionó Verónica
—Por milésima vez en el día ¡Sí, lo estoy!
Las piernas le temblaban y le pesaban a pesar del despliegue de valentía que había dado horas antes, era el amor de su vida, su media naranja, por supuesto que estaba nerviosa, pero debía ser ella quien diera el paso, su profesor era tan tímido y puro como para hacerlo.
Salió de entre los arbustos para dirigirse a donde Nathaniel sin importar los espectadores, mientras la castaña estaba que se comía las uñas.
—Damián, ¡dile algo o detenla!
—Déjala, esta ciega, sorda e ilusionada, a veces las mejores lecciones de la vida se aprenden a madrazos.
—No quiero verla lastimada —abogó.
—Yo tampoco, pero cuando eso ocurra, solo debemos estar para consolarla —dicho esto, se limitaron a observar la situación.
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—Hola profesor —se aproximó con cautela, igual que se acercaría a un venadito para no asustarlo.
El hombre alzó la mirada y le sonrió.
—Señorita Devon, ¿cómo está?
—Bien emmm… disculpe ¿puedo sentarme a comer con usted?
—¿Uh? supongo —la miraba extrañado—, es muy inusual que coma aquí sin la presencia de sus amigos.
—Es que quería hablar con usted de algo muy importante.
Inmediatamente, el profesor dejó su libro e hizo uso de toda su sensatez, siempre estaba dispuesto a escuchar los problemas y a ser un lugar seguro donde de sus estudiantes pudieran depositar su confianza.
—Claro, te escucho ¿has pasado por un contratiempo o algo?
Las palabras no salían, una cosa era anhelar desde lejos y otra enfrentarlo, sin embargo, también era consciente de que, si no lo decía en ese momento, quizás no lo haría nunca, no era tiempo de acobardarse, tomó un montón de aire y lo dejó caer de golpe y sopetón.
—¡Profesor, yo estoy enamorada de usted! —exclamó.
El lugar se quedó en completo silencio, Nathaniel se quedó en shock por unos segundos, luego de carraspear, y pasar saliva, intento averiguar ¿qué estaba pasando?
—¿Es este un tipo de broma? o perdiste un reto, o…
Lo interrumpió antes de que pudiera seguir.
—¡No! no es nada de eso, verdaderamente me gusta mucho —aseveró con una postura muy seria, mirándolo directamente a los ojos.
—¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué es lo que te podría gustar de alguien como yo?
Su desconcierto aumentaba, ahora se veía muy nervioso.
—Es guapo, inteligente, se preocupa por sus alumnos, es muy dedicado a su trabajo… en fin, creo que es alguien digno de admirar.
De hecho, tenía una lista más grande, y por la falta de tiempo, creyó que con las principales le bastaba.
Nathaniel no podía creer lo que estaba escuchando, estos niños de hoy en día eran demasiado precoces, y con cada palabra que decía, él se enrojecía aún más, especialmente porque la persona que se lo decía tenía lazos de sangre de aquel a quien le recordaba, ese imponente hombre que hacía su corazón latir.
—Además, siempre ha tenido favoritismo conmigo, lo que quiere decir que soy especial para usted —agregó, asustando un poco al profesor.
Aunque era verdad que trataba a Liliana de forma especial, no era por lo que ella creía.
—Lo siento señorita Devon. Agradezco sus sentimientos, y me halaga, no obstante, espero que entienda que por razones de edad y de ética no puedo salir con usted.
—Soy consciente de ello, y no quiero convertir al profesor en un criminal, pero me haría muy feliz poder seguir hablando con usted, seguir conociéndonos mucho más y cuando me gradué deseo volver a preguntarle, y sobre todo… quiero algún día llegar a gustarle.
El mayor la miró con ternura.
—Señorita Devon, usted ya me gusta.
—Lo sé… «Me refiero a una forma romántica y pasional»—dijo interiormente lo último.
Parecía que el profesor no lo entendía, aun así…
—¿Entonces no me odiará y me dejará seguir estando a su lado?
—Eso ni siquiera se pregunta, no es un pecado enamorarse y sé que no podemos decidir de quién nos enamoramos, ¿cómo podría odiarla por ello?
—Gracias profesor, se lo agradezco mucho.
Se levantó y se echó a correr encantada, aún tenía una oportunidad, además su tanque de intrepidez se estaba vaciando.
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A la salida de la escuela, sus amigos se hallaban sorprendidos por el resultado.
—Bueno, no estuvo tan mal —comentó Verónica.
—Ven, se los dije.
—Increíblemente cierto, aunque no te dijo que sí, se veía muy sonrojado. Puede que tu confesión lo haya movido.
—¿Verdad Damián? era imposible que despreciara a una chica tan bonita como yo —expresó orgullosa de sí misma.
—Sí y sobre todo humilde, no olvides la humildad —soltó sarcástico.
Todos se rieron, molestarse entre ellos era su pan de cada día.
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Esa noche, durante la cena, Liliana era toda sonrisas, su rostro sonrojado y su mente llena del profesor la traían flotando en su mundo color de rosa.
Su padre no pudo evitar notar el comportamiento difuso de su hija.
—Princesa ¿pasó algo interesante en la escuela? —preguntó, llevándose un vaso de cristal a sus labios para calmar su sed.
Ella le prestó atención e intentando ocultar su felicidad, le contó un poco de lo sucedido.
—Me declaré al profesor.
El hombre escupió el líquido y tosió un par de veces.
—¡Qué hiciste, ¿qué?!
— ¿Por qué te pones así? —arrugó la frente.
—Lili, pensé que habíamos quedado que ibas a dejar eso —reprendió sobándose las sienes.
—Yo no prometí nada.
—¿Y qué te contestó? —dejando de lado la rebeldía de su niña, tenía más interés por ese otro tema.
—Ay papá, no debes inmiscuirte en los asuntos de una señorita —protestó.
Puso su plato a un lado negando la comida.
—Iré a mi habitación, no tengo hambre, estoy llena de amor— se retiró de la mesa tarareando y caminando entre nubes de azúcar.
Quedó estupefacto, no entendía su hija y qué diablos era eso de “llena de amor”, lo que sea que eso significará, necesitaba ver a ese profesor y averiguar cuál había sido su respuesta.
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Condujo como enajenado hasta el departamento que solo había visitado un par de ocasiones, tocó el timbre varias veces siendo recibido por Nathaniel en un atuendo bastante casual, muy diferente a la imagen formal que siempre mostraba.
—Señor Devon ¿qué hace aquí?