Trato de sonreírle levemente a mi reflejo en la superficie brillante de un bote de basura plateado sin dejar de aparentar ser una persona normal, porque ¡Vamos! ¿Quién le sonríe a su reflejo de esa manera? Las comisuras de mis labios apenas se levantan en una pequeña sonrisa tiesa de Mona Lisa, trato de ensanchar mi sonrisa para tensar mis mejillas pero eso solo logra hacerme ver aún más patética; esa chica no es Riley, es una chica con el cabello cobrizo, brillante y lacio, apenas abajo de los hombros que lleva una capa de rímel en las pestañas, labial y cejas depiladas. No era ni la sombra de lo que solía ser. Entorno los ojos y miro a mi alrededor, con el corazón en la garganta. La última vez que había estado en un aeropuerto la persona encargada de recogerme se había presentado con una cartulina con mi nombre escrito, una hamburguesa doble y una malteada de chocolate, ¿Ya he mencionado que sí se presentó? Pues no podría decir lo mismo acerca de los hombres que estarían a cargo de mí lo que resta del año, ya que mi vuelo había aterrizado hace más de 45 minutos y no había ni rastro de Gabriel, Will o tío James. Tan entusiasta como puedo serlo plantada en un aeropuerto en una ciudad desconocida por mi propia familia, me levanto con la intención de buscar un taxi y la dirección de la casa de Gabriel en las notas de mi iPhone. Resulta interesante lo difícil que puede ser atravesar todo un aeropuerto arrastrando dos maletas enormes, con otras dos mochilas sobre los hombros y un abrigo resbalándose de una de las maletas cada dos segundos, hasta tuve que regresarme varios metros por el cuando se quedó atorado entre las ruedas de uno de esos vehículos que usan las personas mayores para trasladarse a través de largos tramos; cuando por fin llego a la terminal de taxis junto al aeropuerto, el esfuerzo me ha robado el aliento.
Aún así, no tengo tiempo para recuperarlo, cuando se escucha el terrible chillido de llantas derrapando en el suelo y un estruendoso golpe seco, lo único que puedo hacer es apartarme de un salto. Una Jeep Wrangler negra sube a la acera súbitamente, creando un inminente caos lleno de gritos y reclamos por parte de conductores y peatones; intento alzarme sobre las puntas de mis pies para ver entre el bullicio de personas, pero el gentío alejándose de la escena y el peso de mi equipaje dificultan mi tarea. Escruto con la mirada si alguien entre la multitud llama a emergencias o tratan de averiguar si las personas dentro se encuentran bien, aunque el conductor ha sido un completo idiota al meterse de esa manera en un lugar prohibido, las personas dentro del Jeep y hasta el mismo conductor podrían estar heridos. Me acerco lo suficiente para ver cómo las cuatro puertas del Jeep se abren casi al unísono, y de ellas salen cuatro hombres semi desnudos.
Uno de ellos, de cabello dorado y tez bronceada, sube al capote del auto con los brazos en alto. Lo reconozco inmediatamente.
- ¡Todo el mundo: tranquilo! - exclama tío James, tratando de cerrar los botones de su camiseta abierta discretamente. Su voz parece severa, pero cuando un amago de sonrisa ensombrece sus labios estoy preparada para la estupidez que está a punto de decir - ¡Mi hermano es ciego!
- ¡Cállate, James! - gruñe una voz grave, con los dientes apretados.
Maldita sea. Tenía la esperanza de poder aplazar el encuentro padre-hija, al menos, un par de horas más. Durante una hora entera me había torturado a mi misma con las diferentes formas en las que podría terminar nuestro encuentro, y en cada una de ellas me comportaba como una adolescente estúpida, molesta porque papi nunca trato de contactar con ella.
- Eres un agua fiestas, Gabe - farfulla tío James, aterrizando torpemente en el suelo cuando Gabriel toma un extremo de sus bermudas y lo baja bruscamente del capote de su auto.
Me quedo quieta en mi lugar, apenas a unos metros de distancia, observando al hombre con el que comparto ADN retorcer entre sus manos una gorra de los Mets. Gabriel mira mal a su hermano, su nariz recta se arruga con desagrado y pone los ojos en blanco, sin embargo mira algo en la pantalla de su smartphone y el color abandona su rostro. ¿De verdad apenas es consciente de lo jodidamente tarde que es?
- No puedo creer que te hiciera caso - se lamenta Gabriel, pasando una mano bronceada por su rostro.
- ¡Y yo no puedo creer que aún no hayan movido el culo para buscar a Rose!
¿Rose? Pienso con una mueca en los labios, nadie que valore su vida me llama de esa forma. Excepto, por supuesto, mi idiota hermano mayor.
- ¡No veo que muevas tus musculitos tampoco, William! - replica tío James, irritado.
Will aparece en mi campo de visión con el rostro contraído por la luz solar que le da de lleno en el rostro, tiene unos lentes oscuros sobre una tierna nariz recta llena de pecas oscuras y los labios torcidos hacia abajo en una mueca de disgusto.
- ¿Será porque no quieren dejar a Adam solo en el auto? - refunfuña Will, bajando sus lentes de sol para ver a nuestro tío con los ojos entornados, así vislumbro unos ojos verdes idénticos a los de Olivia.
Agarro mis maletas con manos firmes, dispuesta a acercarme a ellos, pero otro chico baja del Jeep luciendo exactamente como mis tres estúpidos: desaliñado, sucio y con poca ropa. Seguramente el tal Adam.
- Tengo 18 años - argumenta el chico de ojos grises -, mi mamá dice que soy suficientemente mayor para quedarme solo en el auto.
- No lo suficiente para mi - replica Gabriel.
- ¡Will tiene la misma edad!
- Will puede recoger comida sin comérsela en el camino - replica tío James, resentido -. Lamentablemente tú eras el único conductor disponible.
- Realmente espero que Rosemary no tenga expectativas demasiado altas sobre nosotros - le dice a Gabriel, cruzando los brazos sobre su pecho -, porque estará muy decepcionada si es así.
- No me dieron especificaciones claras - se excusa Adam, y se cruza de brazos retirando la mirada. Sus ojos grises parecen metálicos desde mi lugar.
Yo había visto esos ojos antes. Adam Maddox, mejor amigo de Will, y vecino de los Dixon desde el verano de 2005. La amistad entre esos dos había comenzado durante un asado familiar un domingo por la tarde, toda la familia estaba a punto de comer cuando un flacucho niño de unos nueve años se escabulló en nuestro jardín en busca de su pelota de fútbol americano; lo recuerdo como si hubiera sido ayer, Will había saltado extasiado de su asiento, y luego seguí sus pasos igual de emocionada. Adam parloteó con Will sobre fútbol americano toda la tarde y me ignoraron el tiempo suficiente para que Gabriel lo invitara a comer con nosotros. Después de eso fueron largos meses de juegos bruscos, escapes de la odiosa hermanita de Will - por supuesto, nunca me di cuenta de eso hasta muy tarde - e interminables noches de travesuras. Si me hubiera quedado, seguramente mi enamoramiento por Adam me habría llevado a ser una de esas tontitas que seguro tiene detrás de él en Jackson High.
- ¡Oigan! - grita Adam cuando comienzan a alejarse, levanta las manos haciendo que su camiseta se abra y pueda vislumbrar un torso bronceado muy bien definido - ¡Han dejado a la cosa peluda!
En cuanto Adam sale corriendo detrás de los muchachos, dejando así la Jeep completamente abierta - y cuando digo completamente abierta es completamente, con las cuatro puertas abiertas de par en par, y todo - detrás de él. No pierdo mucho tiempo subiendo mi equipaje en el maletero, lo hago amontonando todo sobre una vieja llanta y una caja de herramientas, y cuando cierro la puerta del maletero y todo se derrumba dentro, no me preocupo. La cosa peluda a la que se refiere Adam es un cachorro que mueve la cola efusivamente una vez que asomo la cabeza dentro de la parte trasera, no lo dudo ni un segundo y estiro las manos para cargar a la pequeña cachorra. La acerco a mi rostro y acaricio con mi nariz su lustroso pelaje blanco con manchas color caramelo, huele a jabón y perro mojado, seguramente por qué no supieron limpiarla de forma correcta. Saco una hoja y un lápiz de mi mochila deportiva para dejar una nota en el parabrisas de la Jeep.
Hasta la vista, idiotas.
-Riles
La cachorra se retuerce entre mis manos, inquieta, mientras me alejo hacia un taxi. De ninguna manera estos idiotas se van a salir con las suyas después de dejarme esperando una hora en el aeropuerto. ¿Quién diablos se creen que son? Con la barbilla bien en alto levanto la mano para detener a un taxi que pronto desacelera frente a mi. Entro en la cabina con la mochila deportiva colgando de mi hombro y la cachorra en mi regazo. Por el espejo retrovisor alcanzo a ver que alguien regresa a la Jeep y lee mi nota, se trata de Adam, levanta la mirada en mi búsqueda mientras se rasca la nuca con una expresión divertida en el rostro. Otra vez su abdomen queda al descubierto. Woah, esos si que son abdominales. Lanzando un silbido retiro la mirada de semejante adonis. En su lugar, me dedico a buscar la dirección de la casa de Gabriel en Google Maps para asegurarme que no estoy perdida en la ciudad.
- ¿Y cuál es su nombre, señorita? - pregunta el taxista, seguro para romper el silencio.
Levanto la mirada del móvil, sorprendida.
- Riley - contesto sonriente.
Mi nombre completo es Rosemary Riley Dixon. Nadie con dos dedos de frente me llama por el primero por que se quedarían sin esos dos dedos.
- ¿Cómo el jugador de football americano?
Mis cejas se arquean, interesada. Seguramente es debido a este jugador de football que Gabriel decidió escoger específicamente ese nombre para mi, siempre me he preguntado si perdió una apuesta con alguno de sus amigos y se vio obligado nombrarme Riley.
- Seguramente - admito alzando los hombros, el taxista se voltea la gorra de béisbol que oculta un punto calvo en su cabeza -. Por lo menos, ¿es bueno?
- Uh, no es malo - murmura doblando en una avenida, y de nuevo mi atención se pierde en las decenas de tiendas, personas extravagantes y colores brillantes. Sin embargo, aún veo de reojo al hombre para no parecer mal educada -. Era la estrella del football universitario hasta que lo ficharon en un equipo profesional. Nunca supieron aprovechar el potencial del muchacho.
- Suena que el football americano es la gran cosa por aquí . . .
Durante un largo segundo pierdo el hilo de mis pensamientos. Beverly Hills acapara toda mi atención. Solo tengo una palabra para describir un lugar como ese y es: fabuloso; las calles repletas de tiendas súper costosas me invitan a gastar cada dólar de mi cuenta bancaria en ellas, un par de autos deportivos de último modelo ronronean en un semáforo en rojo y las personas caminan tranquilamente por la acera paseando a unos delicados y pequeños cachorros que deben costar más que mi mochila y todo lo que lleva dentro. Todo es brillante y vibrante; puedo sentir en el aire la brisa de la costa oeste. En el semáforo en rojo, nos detenemos junto a un grupo de adolescentes de mi edad en un precioso mustang n***o. Parecen estar ebrios. Escucho como las chicas chillan cuando el auto acelera unos segundos antes de que el semáforo cambie de color. Las llantas del auto protestan contra el pavimento con un irritante chirrido. El taxista chasquea la lengua a la par que niega con la cabeza, desdeñoso.
- Los niños ricos de Beverly Hills - gruñe el taxista -. Creen que son invencibles por que mami y papi les cuidan las espaldas. ¡Bah! Eso pasa cuando educas a tus hijos para ser unos buenos para nada.
- No tengo muchos amigos ricos - comento por participar en la conversación, no muy interesada.
- Ahórratelo, niña. Los niños ricos no tienen corazón.
Después de un rato en silencio, recalco - Tengo 17 años.
- Hasta que no tengas edad para embriagarte o votar, eres una niña para mi - afirma riendo levemente, luego acaricia su barba de unos días y me observa por el retrovisor - . No eres de por aquí, ¿qué te trajo a L. A?
- Ya sabe - farfullo desinteresada, poco a poco la ciudad perdió ligeramente su encanto, y también mi atención en ella. Le devuelvo la mirada al taxista -: padres divorciados. Ahora viviré con papá y mi hermano.
- Una casa repleta de hombres - musita - ¡Vaya suerte!
Y si que vaya suerte la mía. Llegamos a Palm View, un suburbio 25 kilómetros al norte de Beverly Hills con una población de 20, 578 habitantes - según lo que había googleado la noche anterior -, y durante el trayecto hacia la casa de Gabriel trato de recordar las pocas cosas que mi cerebro puede rescatar del lugar y sus alrededores tales como: un muelle junto a un parque de diversiones, un museo con la escalera más larga que haya visto, una estación de policía y una cafetería ambientada en los ochentas. No quiero depender geográficamente siempre de Will, Gabriel e incluso de tío James, para eso inventaron Google Maps, ya que le irá mejor a mi ego poder valerme por mi misma de ahora en adelante.
La preocupación de mi madre no tiene bases si lo considero bien. Puedo mantenerme lejos de prison por unos cuantos meses.
- ¿Podemos parar aquí? - pregunto cuando alcanzo a divisar un supermercado a un par de manzanas -. Necesito comprar algo antes.
No espero respuesta. Reviso mi bolso en busca de una goma de mascar pero solo encuentro más envoltorios vacíos. También rebusco entre “papeles importantes” arrugados, maquillaje y pretzels sueltos un esmalte de uñas. Son cosas que puedo encontrar en cualquier supermercado.
- Esta bien - asiente -, pero el taxímetro seguirá corriendo.
Me bajo de la cabina de un salto. Coloco a Swan, mi mascota, contra mi costado y me cuelgo el bolso en el hombro antes de entrar. Una campanilla anuncia mi llegada y apenas pongo un pie dentro me estremezco por el cambio repentino de temperatura y personas, todo el lugar está atestado de chicos de mi edad, y nadie presta atención de lo que sea que hago. Veo de reojo la cinta de una caja repleta con botellas de alcohol, vasos rojos, refresco, jugo de frutas, bolsas de hielo, y todo aquello que se pueda mezclar con alcohol para una buena fiesta. Apenas son las 2:39 de la tarde, pienso en mi estupor, comparando cada cosa que encuentro en mi camino hacia el refrigerador con mi vida en Boston. La mayoría de las chicas, por no decir todas, apenas cubren un palmo de su piel con diminutos trajes de baño, mientras chicos sin camiseta y bermudas de colores brillantes las pasean en sus anchas espaldas por los pasillos del establecimiento. Por otro lado, las chicas y chicos en Boston siempre van con jeans y gruesos abrigos que los cubren del frío, mientras nosotros usamos botas y tenis deportivos los chicos que corren a mi lado para atrapar una pelota de fútbol americano van descalzos o con sandalias. Esquivo con agilidad una pelota playera y me imagino el tipo de fiesta que podría realizarse a las 2:00 de la tarde, pero luego caigo en cuenta de que, en Los Ángeles, cualquier momento es el indicado para hacer una fiesta. En Boston, sin embargo, de noche es el mejor momento para escabullir a un grupo de jóvenes en una casa, poner música a todo volumen, tener habitaciones, alcohol y drogas a su disposición, y el descontrol estará asegurado.
- ¡No puedes tener eso aquí! - me chilla una voz, una chica con un chaleco azul apunta a Swan con un dedo.
- ¿Hablas en serio? - mascullo indignada, ya que básicamente Swan era el menor de sus problemas.
La chica da un paso adelante, dispuesta a echarme del establecimiento junto a Swan, pero un grupo de chicos la arrastra consigo y aprovecho la oportunidad para escabullirme entre los estantes hasta llegar a un gran refrigerador. Lo último que quiero hacer es distraerme con cualquier cosa pero es lo primero que hago, cuando abro la puerta del refrigerador mi atención se desvía hacia el reflejo de la persona a un par de metros a mi derecha. Ni siquiera sé el motivo por el cual aquella figura alta atrapó mi atención desde el principio, la puerta del refrigerador solo me deja ver una figura alta y atlética borrosa por el vaho blanco que cubre el cristal; agarro lo primero que mi mano pesca y abro la botella para darle un trago, a la figura se le unen otras dos.
Cierro la puerta.
El chico al que había estado observando se agacha para contar el montón de dinero que sus amigos dejan caer. Seguramente para pagar el gasto innecesario en alcohol.
- ¡Hey!¡Tú!
La chica del chaleco azul, de nuevo.
Ni siquiera tengo tiempo de cerrar la botella de refresco o buscar un paquete de goma de mascar, como tenía pensado originalmente, aprieto el paso en dirección a los chicos para doblar en su esquina, pagar mi consumo y marcharme. Sin embargo, no cuento con que Swan saltara de mis brazos y que por accidente vaciara todo el líquido de mi botella en el cabello rubio del chico en cuclillas.
- ¡Pero que carajo . . . ! - su voz logra que mi mueca se profundice. Grave, ronca y sensual.
- ¡Lo siento!¡Lo siento!¡Lo siento! - repito derrotada, no había forma de librarme de esta.
Gotas rojizas se deslizan por su piel pálida y su cabello rubio se tiñe de rojo lentamente al igual que su camiseta básica blanca. Casi cedo ante el impulso de estrellar mi cabeza una y otra vez contra el cristal del refrigerador por ser tan torpe, por escoger a un chico tan guapo como él para desperdiciar dos dólares en una bebida y por resbalar con mi propio desastre. Él me sostiene de los antebrazos, sin relajar ni un segundo su mandíbula, y trata de mantenerme lejos estabilizándome por los hombros; sus ojos azules, llenos de frialdad o de una increíble neutralidad, me escrutan lentamente mientras un brillo baila en las esferas rocosas azules de sus ojos. ¿Diversión?¿Irritabilidad?
No se cual de las dos es peor.
- Fíjate por donde vas, niña - me dice, las comisuras de sus labios se tuercen con desdén y se limpia una gota de refresco que se deslizaba por su nariz.
- ¡He dicho que lo siento! - gruño.
- ¡Claramente me importa un carajo! - exclama lanzando la cabeza hacia atrás, molesto.
- Lamento que mis disculpas no sean de tu agrado, niño bonito - le digo, trastabillando levemente -, pero no puedo regresar el tiempo. Deberías . . .
- No me digas qué hacer - masculla exasperado, mira de reojo el dinero bañado en gaseosa rosada y luego a mi -. Tienes que reponer lo que has arruinado.
- ¡Claro que no!
Lo cierto es que no llevo esa suma de dinero conmigo cada vez que salgo de casa o del estado. Hago cuentas mentales de la cantidad de dinero con la que cuento hasta fin de mes, y aunque es suficiente no estoy dispuesta a ceder, posiblemente acepte a lavar su camiseta blanca pero hasta ahí.
- Oh, claro - se cruza de brazos, juzgándome con sus grandes ojos color hielo -, la princesa no quiere pagar los daños que ha provocado. Típico.
¿Típico? No me toques los cojones, ojos bonitos.
- ¡No soy una princesa! - chillo pateando su dinero, él sonríe abiertamente y veo que sus ojos bailan con más intensidad.
Su rostro se crispa en un llanto fingido. Lleva sus dos puños hacia sus ojos y los gira sin cortar el contacto visual, lo disfruta, puedo ver la satisfacción en sus facciones perfectas y perfiladas. Por unos segundos me pierdo en eso, es tan atractivo que no puedo creer que supiera contar.
- ¡Bua bua! - chista burlón, y sonríe exponiendo una recta hilera de dientes blancos - No tengo tiempo para los lloriqueos de una niña que no sabe aceptar lo torpe que es.
- ¿Lloriqueos? - inquiero ofendida, y aprieto tanto los dientes que un dolor agudo me recorre las muelas - . Eres tú el que se ha hecho todo un drama por un error que pudo cometer cualquiera.
- Que bueno que entiendes que entras en ese grupo de personas cualquiera - murmura divertido, emitiendo una risita ronca que odio apenas sale de sus labios.
Cuando estoy apunto de perder el filtro que acumula cada una de las malas palabras que pasan por mi cabeza para describir al intento de espécimen humano que tengo frente, una voz femenina impide cualquier intercambio de insultos: los ojos rasgados de la chica de chaleco azul me fulminan. Swan jadea en sus brazos.
- Creo que esto es tuyo - masculla acercándose.
- Gracias - murmuro cuando Swan vuelve a mis brazos, mojada. Me inclino para olisquear su pelaje y detecto un ligero aroma a vodka. Arrugo la nariz y veo al muchacho, irritada -. Tus estúpidos amigos han bañado en alcohol a mi perrita.
- Mis estúpidos . . .
- No se permiten perros aquí - interrumpe la aguda voz de la chica, y casi al instante el interrumpido le dirige una mirada helada.
- Estoy manteniendo una conversación con esta chica, Kelsey - le comunica con una tensa sonrisa falsa, sacude la cabeza para rociarla con las gotas de mi bebida y su recta nariz se arruga levemente -. Quiero demostrar lo poco que me importan sus disculpas pero no puedo hacerlo cuando tu molesta voz me está jodiendo los oídos.
- ¡Hablo en serio, Liam! - refuta Kelsey, apretando los puños. Su tez bronceada adopta un tono rojizo que la hace ver adorable respecto a su pequeño tamaño -. Van a meterme en serios problemas.
- Mientras no sea yo el que tenga problemas - replica Liam, encogiéndose de hombros y torciendo los labios -, no es de mi incumbencia.
- Eres un idiota - le digo sin poder creerlo, levanto el mentón para encararlo y me encuentro con que Liam es más alto de lo que creía. Me saca dos cabezas de alto -. No puedes tratar a las demás personas de esa manera.
- Yo puedo tratar . . .
Una mano tapa la boca de Liam. Un chico un poco más bajo que Liam sonríe avergonzado y se quita el cabello rizado y n***o de sus ojos azul zafiro con la mano libre. Me hubiera gustado oír las venenosas palabras de este idiota para tener un pretexto para soltarle un puñetazo.
- Mi amigo no ha tenido un buen día, señoritas - lo justifica rodando los ojos, sacude juguetonamente a su amigo y éste lo fulmina con la mirada -. Me disculpo por su mal comportamiento.
- Tu amigo te va a dar una golpiza sino le quitas las manos de encima - Liam pasa su lengua por sus dientes, molesto. Sus ojos azules relampaguean al verme -. No me interesa saber lo que te resulta aceptable en una persona, princesa, por lo que puedes ahorrártelo.
- Tienes que pagar eso - me dice Kelsey, señalando la botella vacía en mi mano.
- Lo sé.
Nos quedamos en silencio. Cambio el peso de una pierna a otra, sin dejar de ver a Liam desafiante, cosa que le resulta gracioso porque después de unos segundos las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa socarrona.
- ¿Y bien? - espeto -. Espero tus disculpas.
- ¿Perdón? - pregunta riendo, la sonrisa satisfecha del tal Felix se borra.
Estúpida. Me digo a mi misma, pude haber dado media vuelta, pagar mi consumo y marcharme, pero no. Es demasiado tarde, mi dignidad pisoteada pide a gritos venganza: ¿y que mejor venganza que aceptar que se ha equivocado? Nada mejor para su enorme ego.
- Perdonado - asiento, conforme.
Mi pequeña pero triunfadora sonrisa provoca que su mandíbula cruja.
- Esa no era . . . - comienza a decirme, pero en lugar de escucharlo hago lo primero que estoy segura va a encabronarle: ignorarlo.
Me marcho sin decir otra palabra. Escucho a mis espaldas como toma aire pero no me vuelvo, sigo caminando hasta una de las cajas libres y dejo la botella vacía sobre la cinta. Un chico flacucho me regresa la mirada bajo unas largas pestañas negras, y me hubiera atrevido a sonreírle sino fuera porque una pelota de voleibol le da de lleno en el rostro.
Unas risitas ahogadas se escuchan a nuestras espaldas.
- ¿Estas bien? - le pregunto con una mueca.
- No es nada - asegura, pasa sus delgados dedos por la parte afectada encogiéndose de hombros -. Ellos siempre hacen cosas así.
- No significa que este bien - mascullo girando la cabeza, algunas chicas todavía ríen "disimuladamente".
Ya que estoy en la caja aprovecho para pescar varios paquetes de goma de mascar y un par de bolsas de pretzels de un aparador cercano. También agrego la tonta bebida vacía en la cinta. En el gafete que tiene en el chaleco azul alcanzo a leer el nombre del cajero: Wes, le sonrío.
- Son 8,45.
Meto una mano en mi bolsillo para sacar un billete de diez, contenta de que no todas las personas con las que me he topado sean unos completos idiotas, pero el gusto me dura muy poco. El escalofrío que atraviesa mi columna vertebral no tenía nada que ver con la bonita sonrisa de Wes, o con sus oscuros ojos avellana, sino por el líquido frío que se desliza por la piel caliente de mi espalda; trato de no temblar como un pequeño perrito chihuahueño pero una serie de escalofríos sacude mis músculos y el aire acondicionado me da de lleno en el rostro, siento el cabello aplastado contra mi cráneo y como se me pega también en la nuca.
Hijo de puta.
Liam me sonríe. Hace una bomba con su chicle, deja caer una botella de gaseosa de naranja y me regala una sonrisa traviesa.
- Ahórrate las disculpas - me dice, simple.
- Vas a pagar por esto - aseguro apretando los dientes.
- Oh, mira como tiemblo - se burla, y sus ojos me desafían a cumplir mi promesa.
Dejo el billete de diez en la mano extendida de Wes, que se ha quedado boquiabierto, y me encamino hacia la puerta. Afuera solo hay cuatro autos estacionados: mi taxi, una jeep amarillo, un Nissan azul y un Mustang n***o, un grupo de chicos están arrimados sobre la Jeep así que saco mis llaves de la mochila y me acerco a ellos.
- ¿Saben cuál es el auto de Liam? - pregunto desinteresada, cambiando a Swan de brazo -. Olvidó su billetera.
Una chica deja de sorber ruidosamente un Ice de cereza y apunta con la barbilla al Mustang n***o.
- El Mustang.
No pierdo mucho tiempo. Con la punta de la llave dibujo una larga línea en todo lo ancho del lindo mustang hasta el capote, soplo para quitar el residuo de pintura rallada y sonrío abiertamente ante mi obra, no creo lamentar esto en un futuro. Me subo al taxi justo a tiempo para ver cómo la puerta del establecimiento se abre y de ella salen Liam y todos sus amigos revoltosos, su cara es todo un poema. Sus labios se cierran en una fina línea tensa, deja las bolsas que tenía en las manos de una chica distraídamente y pasa una mano por mi obra.
- ¡Ahórrate la disculpas!
Y el taxista arranca. Sus ojos son lo último que veo, brillantes e impenetrables, y el hielo de ellos me cala en el interior. No dejo que mi mente ronde mucho tiempo aquel desafortunado encuentro, pronto me encuentro frente a la puerta de la casa de Gabriel, sin saber qué hacer, y como el Jeep no se encuentra afuera me aventuro a abrir la puerta.
No tiene seguro.
La casa de Gabriel es amplia, de dos plantas. Atravieso un largo pasillo hasta las escaleras que se ubican junto a la cocina de donde proviene un olor desagradable. En la segunda planta me encuentro con cuatro puertas. Paso de aquella con cintas de precaución, también de la que un calcetín sucio cuelga de la perilla y de la que tiene un gran rasguño en la parte superior, abro la puerta blanca con el nombre de Emmet tachado con pintura roja y el de Riley en grandes y bruscas letras azules. La habitación es todo lo que puedo esperar: una cama individual en el centro, un librero vacío, un armario y un espacio de estudio. Las paredes son azules, el techo tiene pequeñas hendiduras circulares provocadas por lo que parece una pelota de tenis y hay marcas de posadas en el suelo. Me arrojo en la cama, exhausta, y pierdo la noción del tiempo hasta que escucho la puerta de la casa abrirse.
- ¿Donde diablos te has metido? - se trata de Will, perplejo.
Suspiro - Es una larga historia.