1. El Diablo viste de Prada

4999 Words
- Tranquila, habla con él lo necesario y no te metas en problemas. Me repito. Murmuro palabras que pronto se pierden en el ensordecedor silencio de la habitación de hotel que me habían asignado apenas la semana pasada. He estado tanto tiempo tumbada en la habitación, sin preocuparme por qué alguien venga a molestar, que cuando la puerta se abre y escucho el repiqueteo de unos zapatos de tacón, ni siquiera muevo un músculo de mi cuerpo. Sé con seguridad quien es la mujer que entra cada mañana en mi habitación - sin tocar la puerta - para evitar que muera de aburrimiento y de una posible atrofia muscular. ¿Qué sucede conmigo? No es el puto fin del mundo; sólo tengo que abordar un avión en 7 horas, ver a mi padre distanciado y comenzar mi segundo año escolar en un estado diferente, ¿qué podría salir mal? Lo hice una vez cuando mis padres se divorciaron hace 8 años, puedo volver hacerlo, pero será diferente esta vez: mi hermano mayor, Will, tendrá el honor de ser el molesto hermano mayor que siempre quiso ser, siendo Emerson mayor que él debió pasar muchas situaciones de hermano menor que seguramente querrá obligarme a vivir; Gabriel, mi padre, volverá a tener una adolescente hormonal en busca de una gran aventura en su casa; y esta vez Oliva, mi madre, no estará detrás de mi con una especialista en traumas infantiles para hablar sobre mis sentimientos. "Tranquila, habla con él lo necesario y no te metas en problemas" me repito por última vez, para mi mala suerte no estaría completamente sola en las siguientes horas. Me levanto sin ganas. Ni siquiera termino de sentarme al borde de la cama cuando un borrón azul me golpea el rostro y me hace caer de espaldas, unos jeans azules obstaculizan mi visión de lo siguiente que la abuela Reggie esta a punto de arrojar. Espero que no sea un ladrillo . - Vladimir se ofreció a pagar los gastos de tu viaje - farfulla arrojando una de mis botas por encima de su cabeza, en mi dirección -. Iremos de compras después del desayuno. - Yo nunca acepte a ir de compras contigo - replico deslizando una pierna en los jeans. Salto un poco para alcanzar la bota que iba directamente hacia un florero y la dejo caer a los pies de mi cama. - Vas a querer aceptar después de nuestro regalo de despedida - me dice estirando un poco la comisura de su labio, lo más cerca de una sonrisa que ha estado en todo el verano. Termino de pasar los jeans por mis piernas justo a tiempo para ver el rostro pálido de Olivia flotar en la pantalla del móvil. Atrapo mi labio inferior entre mis dientes, lo había hecho tantas veces las últimas semanas que la piel sensible de ellos estaba a dolorida y seca, por lo que, al abrir la boca para contestar, lo que sería otra odisea protagonizada por la ridícula preocupación de madre de Olivia y el título psiquiatra de la tía Lexie, siento como la piel seca se rasga lentamente con el movimiento de mi mandíbula. En la pantalla aparece el rostro sonriente de mi madre, enmarcado por una mata de cabellos cobrizos, sus grandes ojos verdes buscan los míos en la pantalla y, cuando sonríe pese a mi desaliñado aspecto adormilado, las pecas que siempre han bañado sus mejillas me recuerdan el rostro de niño de Will, el rostro que recuerdo. Un rostro que vería en menos de 24 horas. - Olivia - Rosemary - chista ella, de igual forma, desalentada por mi poco entusiasmo -. Regina me informó que tu vuelo sale esta madrugada, ¿tu equipaje está listo?¿Llevas todo lo que necesitas?¿Crees que es debería regresar antes a casa? No parece que hayas pegado un ojo estás últimas noches. ¿Has estado durmiendo bien? Luces exhausta. Ahí está. Olivia al ataque. Me restriego el rostro con la mano libre. Mi viaje había sido el tema de conversación para la familia Dixon la última semana, por lo que cada llamada que recibía por parte de Olivia era para preguntarme sobre cómo me sentía respecto a mudarme al otro lado del país con el fin de comenzar el año escolar en un Instituto diferente; al principio, no tuve un gran problema con ello, no fue hasta que durante una llamada con mi padre surgió la posibilidad de que mi estadía durara más que un par de semanas. Estábamos hablando de meses enteros junto a mi padre distanciado y mi desconocido hermano mayor. De repente, era una locura el considerar la idea; pero un día, escondida dentro del armario lleno de abrigos de la abuela Reggie encuentre una caja de zapatos llena de fotos de mi padre. Cuando el rostro de mi padre, que había olvidado con el paso de los años, aparece de nuevo frente a mis ojos después de tanto tiempo no puedo hacer otra cosa que echarme a llorar largo y tendido. El aire abandonó mis pulmones, mis oídos zumbaron tan fuerte que el sonido de mi corazón golpeando mis costillas pasó a segundo plano, y mis ojos no dejaban de ver fijamente aquellos ojos iguales a los míos. De Gabriel, había heredado sus grandes ojos azul zafiro, el cabello dorado y, de toda la familia Dixon en general, la poca capacidad para tomar buenas decisiones característica de nuestra familia. - Claramente no sabes con quien estás hablando - bromeo en mi camino al cuarto de baño, donde dejo el móvil a la altura de mi rostro en un estante y sujeto mi cabello en una coleta -; me veo así gracias a las drogas que consumo constantemente. Bendita pubertad, pienso con ironía mientras evalúo mi reflejo en el espejo. Me veo horrible. - No es gracioso, Riley - refunfuña seria, y me dedica una larga mirada que respondo con una sonrisa socarrona -. Lexie dice que bromear acerca de adicciones significa que . . . - La tía Lexie dice muchas cosas - la corto, antes de que comience a darme un sermón antidrogas de tres horas -, y no todo tiene que estar relacionado con mi terapia. Solo fue una broma. Sabes que hago bromas todo el tiempo. Olivia aprieta los labios - Hija, los adolescentes de tu edad son impresionables. Hoy son bromas acerca de consumir drogas, mañana las consumes y te unes a un culto. - Tengo 17 años - le digo con una ceja alzada, y cambio el peso de una pierna a otra -, estoy segura de que puedo mantenerme alejada de cualquier culto que me dé mala pinta. - Confío en ti, cariño, pero eres hija de tu padre - replica resignada. Le sonrío de manera confiada en un vano intento de transmitirle mi seguridad a través de la pantalla. Nunca había estado tanto tiempo separada de ella. - Créeme, - le digo, fingiendo tomarme la conversación en serio - no voy a tomar grandes decisiones sin consultártelo antes. Te aseguro que serás la primera persona a la que voy a recurrir si necesito ayuda para decidir a que tipo de culto debería unirme. Noto que las arrugas en las comisuras de sus labios se profundizan cuando tuerce el gesto. Bah, nunca puedo ganar con esta mujer. - Voy a estar bien - prometo seria, sin rastro de burla en mi voz. Ella me evalúa por un minuto -. Voy a enviar emails cada semana, con fotos de los amigos que probablemente haga en mi nuevo colegio, también habrán fotos con Will y Gabriel por qué sé cuánto te encantan las fotografías, voy a mejorar mis notas y te llamaré siempre que pueda. Y ese rostro que tanto se preocupa por mi se ilumina. - ¿Amigos? - Olivia trata de mantener la emoción a raya, pero su voz la delata. Socializar nunca fue mi fuerte en Crawford High o en alguna otro instituto, esa fue una de las primeras señales para Olivia de que algo podría estar mal con mis sentimientos respecto a su divorcio, aunque ya habían pasado cuatro años cuando había comenzando a demostrar "señales" de una conducta relacionada con la desolación de mi familia. Me encojo de hombros - Dije probablemente, aunque no me haría ilusiones. - Oh, cariño, es el mejor regalo de bodas que podrías haberme dado. Fabrico una sonrisa falsa lo suficientemente creíble para convencer a mi madre de que todas las cosas que he dicho podrían llegar a ser remotamente ciertas. Para ser honesta es culpa mía, durante años me he encargado de incrustar situaciones poco probables de lo que podría ser mi vida si tomara malas decisiones en el cerebro de mi madre - uno de los grandes miedos de cualquier madre -, pero vamos, ¿en serio me pueden culpar? Mi madre me llevó a terapia gran parte de mi niñez por qué estaba convencida de que su divorcio era la razón por la cual solía escaparme del colegio cuando tenía doce. ¡Solo prefería pasar el día en el centro de videojuegos en lugar de un salón de clases! Cualquier niño de mi edad con hiperactividad estaría de acuerdo conmigo si le preguntaran. Ahora, cada vez que Olivia se queja de mis malas notas, bromas pesadas o los pleitos que tengo en cada colegio al que llego, para mi es como una especie de hábito burlarme de las posibilidades de mi brillante futuro como criminal, adicta o bailarina exótica. Me tengo que morder la lengua una vez más cuando se me ocurre un último comentario sarcástico acerca de mi prometedora carrera como actriz porno en Los Ángeles cuando observo detalladamente a mi madre en la pantalla. Mis cejas casi tocan la raíz de mi cabello debido a la sorpresa; Olivia luce como una persona completamente diferente a la que recuerdo, su nuevo matrimonio parece haberle quitado diez años de encima, cosa que me había tomado semanas en notar. - Mejor cuéntame cómo va la luna de miel - le pido mientras ato las cintas de mis botas - ¿Como esta Garret? De inmediato los ojos le brillan y comienza a parlotear acerca de su esposo. Garret Kent es un hombre de negocios que conoció en mi último colegio gracias a su fastidioso hijo, Max. El cavernícola estaba en el lugar y hora equivocadas el día que nos conocimos, para empezar no estaba ni el edificio correcto y hay testigos oculares que pueden verificar mi coartada en el taller de arte del señor Craig. ¿Cómo se rompió mi patineta en la cabeza de Max? Sigue siendo un misterio hasta el día de hoy por qué Max no recuerda nada al respecto. El director me citó a mi en su oficina, a Max - que no había visto en mi vida antes de ese día si alguien les pregunta - y a nuestros respectivos padres. Aquel día mi vida dio un giro de 180 grados; ahora el fastidioso, presumido y petulante jugador de hockey estrella del colegio se había convertido en mi hermanastro. - Garret dice que Australia es asfixiante en estas épocas del año. También estamos pensando en reemplazar j***n con Alemania; Suiza es maravilloso, por mucho uno de mis lugares favoritos en nuestra lista. Llegaremos a Ámsterdam en un par de horas y planeo enviarles un par de recuerdos de nuestra parte, ¿haz hablado con Max? La cabeza me da vueltas unos segundos. Había olvidado lo rápido que parlotea Olivia cuando está emocionada. Ha estado recorriendo Europa con el amor de su vida las últimas tres semanas, ¿como es que tiene tiempo para recordar que dejaron dos adolescentes peleados a muerte atrás? Durante un segundo me permito escapar, al igual que ella, y me encuentro tomando el sol en Malibu con una piña colada en la mano y un libro en la otra. Parpadeo para fijar mi vista de nuevo en ella fingiendo que mi mente no estaba a miles de kilómetros en las playas californianas de Los Ángeles. - Ese idiota nunca contesta mis textos - me quejo, irritada -, ¿sabias que invitó Sutton a esquiar a Montreal con sus amigos en lugar de a mi? Si hablas con él dile que ni se le ocurra volver a dirigirme la palabra. - Estoy segura de que fue idea de Malcolm, cariño - me segura ella, seguramente para no herir mis sentimientos. Mis mejillas se calientan de inmediato. Malcolm es el mejor amigo de Max, y he tenido una especie de flechazo adolescente con él desde que lo conozco. Oculto demasiado bien mis sentimientos por qué Olivia, que es bastante observadora, apenas ladea la cabeza e interpreta mi rubor con molestia en lugar de enamoramiento. - Mejor preocúpate por tener tus valijas preparadas - Me ordena, una vez ha cubierto cada punto de su lista de preocupaciones -, asegúrate de hacer muchos amigos y no hacer nada ilegal. - No es ilegal si no me atrapan - comento pensándolo. - Solo ten cuidado, por favor. Casi puedo asegurar que serás la persona más sensata en esa casa, así que cuida mucho de Will, dile que lo extraño todos los días - ruega riendo, aunque detecto un rastro de melancolía en sus ojos lo oculta bastante bien -, y no olvides nunca los bolígrafos. Los putos bolígrafos de epinefrina. - Tengo que irme, Olivia - le digo sonriendo, si parece que no tengo miedo, ella tampoco lo tendrá -. Te quiero, mamá. - Te quiero, cariño. Debería haber comenzado a empacar las pocas cosas que había traído desde Boston conmigo en cuanto la llamada terminó, pero me paso lo que resta de la tarde tumbada en uno de los mullidos sillones que había en la sala de estar, donde había pasado todas mis tardes desde mi llegada viendo alguna película o leyendo un libro. Manchester no era aburrido si tenías con quien pasar el tiempo, para mi esa persona era Max - aunque nuestra relación no era la mejor debido a nuestros muchos roces en casa, éramos hermanos al fin y al cabo -, pero en cuanto se le había cruzado la oportunidad decidió abandonarme para pasar el verano completo esquiando con sus amigos en Montreal. En su defensa, yo habría hecho lo mismo. Más tarde, como había asegurado la abuela Reggie, acepto a ir de compras con ella. Su regalo de despedida no pudo caerle mejor a mi situación: llegaría a Jackson High School como la chica nueva . . . que llegó en un lujoso Mini Cooper descapotable. Lo cierto es que me habría conformado con cualquier auto viejo destartalado con tal de no tener que llegar al instituto en el mismo auto que Will. Lo último que había escuchado sobre Will fue que en su segundo año se hizo como capitán del equipo de fútbol americano, cosa que debería ser imposible; en mi experiencia, había estado en tres institutos el último año y en cada uno de ellos el capitán de cualquier equipo era un chico de último año, hasta en los institutos a los que no asistía pero que, sin embargo, escuchaba rumores en los pasillos. Lo que solo podía significar una cosa: Will es tremendamente popular en Jackson, y en mis planes no estaba soportar el drama exageradamente ridículo que rodea a ese grupo de personas, no tener privacidad social y, en especial, perder el tiempo con esos chicos a los que le importa lo mismo romper un corazón que tirar al bote un envoltorio de golosinas. Seguramente la abuela Reggie ni se había percatado de que mi mente, a mil años luz de bonitos vestidos playeros y sandalias ambarinas con pedrería en los tirantes que rodean el tobillo, se adormecía con cada segundo que pasaba sentada sobre un banco en la esquina de aquella gran tienda de ropa que encontramos después de deambular por el centro comercial alrededor de 15 minutos. ¿Qué podría salir mal? Pienso, la abuela Reggie es el diablo personificado en mujer, me recorre un ligero estremecimiento cuando estoy sola en la misma habitación que ella y creo que una vez mató a un gato con solo mirarlo; pero es inofensiva. Ladeo la cabeza levemente para mirarla desde mi lugar, preguntándome si algún me vería así de refinada y elegante, físicamente me parecía mucho más a ella que a Olivia. La misma nariz respingada que veía por las mañanas frente al espejo se fruncía disimuladamente en el rostro de la abuela Reggie cada vez que encontraba alguna prenda que no era de su gusto, sus ojos azules se ponían en blanco en cuanto una mujer reía demasiado fuerte o un grupo de chicas eran insoportablemente ruidosas, y hasta tomaba una tira de cabello entre sus dedos para retorcerlo, una manía que tenía desde pequeña. Ahora mismo lleva unas elegantes gafas de sol negras Prada sobre el cabello rubio, un bolso de la misma marca y unos zapatos de tacón Jimmy Cho. El diablo levanta la mirada, con un gran pila de ropa lista para probarme, y se da cuenta de que he estado mirándola por un largo tiempo. - ¿Vas a probarte esto o vas a seguir mirándome con cara de tonta? - farfulla lanzándome una de sus famosas miradas de hielo, desinteresada. - ¿Y tú dejarás de comportarte como una perra algún día? - murmuro igual de desinteresada, apenas alzando una ceja cuando ella alza ambas levemente sorprendida. Dentro del cubículo dejo la pila de ropa sobre un sillón lo suficientemente ancho como para que aún pueda sentarme en la orilla para quitarme las botas y el abrigo, dejo mi abrigo en el perchero blanco que estaba clavado en la pared y las botas en una esquina para no perderlas entre tantos zapatos. Lo primero que había decidido usar fue lo primero que había pescado de la pila sin ver, no me importaba que fuera mientras no pareciera una de aquellas muñequitas tontas que salen en las típicas películas americanas; el resultado no fue el que esperaba. Me gustó mi aspecto frente al espejo de cuerpo completo, aunque mi orgullo es demasiado grande para aceptarlo frente a la mujer que dijo que tenía cara de tonta, aprieto la mandíbula hasta que un hueso cruje y estoy lista para salir. Unos jeans negros, mucho más delgados y livianos de los que estaba acostumbrada y solía usar en Boston, hacen que mis piernas luzcan largas y kilométricas; una diminuta camiseta blanca que apenas llegaba al tiro de los jeans se pega a mi abdomen (ahora plano por el baloncesto y una hora diaria en el gimnasio); y los lindos converse n***o con blanco que calzaba eran mucho más cómodos que mis botas. - Voy a llevar esto - le digo, poniendo los ojos en blanco, ella ni siquiera levanta la mirada de su revista. - Mm-hm. - La verdad no tengo idea de por qué haces esto - musito irritada, dentro del cubículo -, digo, ni siquiera te agrado. El diablo no contesta de inmediato. - No sé si tienes muchas agallas . . . - su voz se escucha muy cerca, casi como si estuviera junto a la puerta del cubículo - o eres muy estúpida. - Probablemente sea la segunda - contesto con sinceridad, viendo de reojo mi reflejo en el espejo con desinterés. - En algo estamos de acuerdo, entonces. - ¿Sabes? - pregunto abriendo la puerta, encontrándome con su rostro de porcelana a pocos centímetros del mío - Las personas no te llamarían perra si dejarás de comportarte como una. - ¿Crees que eso es lo que me molesta de tu encantadora presencia? - replica, sin embargo, divertida. - Creo que mi encantadora presencia le resulta más agradable de lo que está dispuesta a aceptar - señalo probándome un par de zapatillas deportivas -, sino ¿por qué seguiría invitándome cada verano en lugar de a mis hermanos? - No es momento para tu ingenio perspicaz, querida. - Algún día tendrá que aceptarlo - canturreo desde el interior del cubículo. - La ropa te queda bien - asegura asintiendo, cambiando de tema, naturalmente. Cruzo los brazos sobre mi pecho y me apoyo en el marco de la puerta. - ¿Vas a dejar de tratarme como basura?- inquiero con una mueca. - Puedo intentarlo - se encoge de hombros, volviendo a su revista. - Bien - bufo, doy media vuelta y entro al cubículo. 45 minutos, 10 jeans, 5 pares de zapatos, 5 blusas, 8 camisetas, un traje de baño y 3 bolsos después me sentía como si hubiera pisado brasas ardientes durante horas, mis pies a doloridos solo descansan cuando entramos a un salón de belleza y me dejo caer en una de esas sillas giratorias de cuero n***o. La idea de seguir buscando algo en que gastar el dinero de Vlad fue mía, pero no esperaba que al diablo se le ocurriera meterse con mis largos rizos dorados; pongo los pies sobre la pequeña mesita con diferentes artículos para el cabello, viendo cómo la abuela Reggie murmuraba un ¿Qué más da? Y se sentaba en la silla continua a la mía. - Tu cabello es un asco - me dice sin más, cosa que era cierta, pero no lo suficiente como para no fulminarle con la mirada -. No lo digo con mala intención, Riley. Es solo que parece un nido de pájaros. Mis rizos dorados no brillaban como los de aquellas chicas en las películas de Hollywood, tampoco eran suaves como la seda o permanecían en su sitio por más de unos minutos, pero era el cabello que obtuve del jodido y horrible corte de hongo que había marcado mi infancia gracias a Gabriel, que no sabía qué tipo de corte elegir para mi cuando Olivia lo mando llevar a los niños a la peluquería. Gabriel nos llevó a una barbería y el corte de hongo era el único infantil que sabía hacer el hombre, por un largo tiempo Emmet, Will y yo compartimos el corte de cabello más vergonzoso de la historia. << -No te harán otro mal corte, cariño - me consuela, como si leyera mis pensamientos -, solo van a tratar que tenga más volumen y brillo. Tienes el cabello mucho más claro que Gabe, y a él le brilla como si fuera una estrella de cine. Tú déjame esto a mi. - ¿Gabe? - pregunto con una sonrisa burlona en los labios, ignorando todo lo que me contó, ella pone los ojos en blanco - ¿Y como es que llamas al tío James? - Jamie Boo. Me río por un buen rato. Esperamos alrededor de 15 minutos para que dos chicos se acercaran a atendernos, ambos llevaban batas negras con un prendedor dorado en su pecho con sus respectivos nombres en cada uno. Martín se hizo cargo de lavar mi cabello con una mueca bastante similar a las que fabrica la abuela Reggie, me puso un tratamiento verdoso que olía a mierda y me dejó sola, alegando que el tratamiento necesitaba tiempo para activarse y que el salón se llenaba muy rápido; por otra parte, la abuela Reggie se mostró muy complacida con Gerald, le dijo que para ella solo sería un corte con la voz menos fría que le había escuchado y sonrió. Ambas comisuras se alzaron levemente. Definitivamente he visto todo. - Van a ponerte al menos tres tratamientos más - me avisa la abuela, se da cuenta que he comenzado a impacientarme y arroja una revista sobre mi regazo - así que vete poniendo cómoda. - ¿Y esto cada cuanto lo tengo que hacer o qué? - Depende - responde dando vuelta a la página, bastante relajada -, a veces cada mes, o cada 15 días. Pero conociéndote un poco sé que no harás eso, así que bastará con que vayas a un salón al menos una vez cada dos meses. - Puedo hacer eso - asiento pensándolo, no me vendría mal cuidar un poco mi cabello -, pero ¿qué quieres hacer con mi cabello? - Confía en mi. - No puedo confiar en nadie - digo rotunda, sintiendo como la masa verdosa en mi cabello pesa cada vez más. Suelta un profundo suspiro - Haz visto demasiadas películas de terror, niña. - No es eso, son mis reglas. Cuando Olivia me obligó a ir a terapia ahí estipulé 10 reglas en las que basar mi vida - explico ojeando la revista -. Leí en un libro que eso evitaría que me volviera loca. - ¿Los chicos de tu edad leen libros? - la incredulidad en su voz me roba una carcajada, parecía dudarlo realmente. - No toda mi generación está echada a perder - le aseguro, en ese instante una mujer hace que una chica, más o menos de mi edad, se siente en un sillón. Lo que llama nuestra atención es que la chica cae al suelo por estar tecleando algo en su celular y se queda sentada ahí, sin dejar de teclear rápidamente; la abuela me dirige una miradita -. Seguramente es del 99. - Will es del 99. - ¿Por qué crees que lo digo? Martín vuelve con las manos empapadas de un líquido n***o que tenía un hedor a químicos bastante fuerte, y me preocupó que parecía bastante distraído. El cabello rojizo lo llevaba disparado hacia todas partes, muy diferente al modelito peinado que tenía cuando se acercó por primera vez, y tenía una mancha negra en la mejilla, seguramente de la misma sustancia que tenía en las manos. Puso sus manos en las puntas de mi cabello para quitar el exceso de tratamiento con agua, parecía bastante tranquilo desde donde podía verlo en el espejo, pero en cuanto lo vi fruncir el ceño en el espejo supe algo andaba mal. Ca-ra-jo. Se vio las manos confundido. Entre sus dedos había un largo pedazo de mi cabello, y un nudo del tamaño de mi puño se instaló en la boca de mi estómago; la abuela parece darse cuenta de la situación porque hace que Gerald se haga a un lado con una dura mirada y se acerca, con el flequillo a medio cortar. - Hay dos posibilidades - dice el diablo, fríamente -, en la primera mi nieta tenía el cabello tan maltratado que por arte de magia está comenzando a quemarse - me pongo de pie mientras habla, y en cuanto lo hago dejo atrás un gran rastro de cabellos negros y tiesos, doy un grito ahogado pero nadie repara en mi. La abuela Reggie tiene toda la atención - o tú fuiste estúpidamente descuidado poniendo algo en su cabello que se encargó de dañarlo irremediablemente. - Y-yo uhm - titubea Martín, pero el diablo, algo que forma parte de mi abuela, replica cualquier cosa que estuviera a punto de decir. - No me interesa saber tu nivel de incompetencia. - ¿P-pued-o arre-eglarlo? - fue más una pregunta que una afirmación. - ¡No lo sé!¿Puedes? - exclama el diablo. Salgo del centro comercial cargando un montón de bolsas y escondiendo mi cabello en una gorra de béisbol que le había quitado a un niño en el estacionamiento. Aunque llevaba mis botas y el mismo abrigo n***o de esta mañana sobre un nuevo conjunto de jeans negros y un suéter amarillo patito, mi aspecto era radicalmente diferente frente al espejo del salón de belleza, y eso me abrumó bastante, lo suficiente para molestarme conmigo misma por jugar con las cartas de otras personas y no controlar las opciones que tenía. En el aeropuerto, con un conjunto que la abuela Reggie me había ayudado a elegir, seguía sintiendo la diferencia como si también hubiese cambiado de piel. Vlad se aparta de nosotras para indicarle a su chofer que llevará mis dos valijas y mochila deportiva a la cinta de equipaje; aún llevo la gorra de béisbol sobre la cabeza, no me había molestado en lavar mi cabello durante la ducha ya que Martín lo había hecho una tres veces, por lo que básicamente no me la he quitado desde el estacionamiento del centro comercial. - ¿Acaso preferías el corte de hongo? - pregunta la abuela Reggie, con la nariz metida en una revista. - Prefería conservar el largo de mi cabello, mis rizos y color - ataco mordaz, irritada. - Solo se ha oscurecido un poco . . . Me quito la gorra de béisbol, alterándome todo lo que no pude en el centro comercial. Iba a vomitar. El cabello me cae en hondas sobre los hombros, oscuro y cobrizo (el dorado apenas sobrevivía en el comienzo de mi cabello), brillante y sedoso. - ¡Parece que tengo el cabello de mi madre! - exclamo escandalizada, moviendo los brazos a los costados para tratar de calmarme. - Dale unas semanas - pide buscando algo en su bolso, aburrida -, ni siquiera te darás cuenta cuando tu cabello vuelva a ser dorado. - ¡Mis putas clases comienzan el lunes! - chillo soltando un grito de frustración. - Recuerda la razón por la que aceptaste desde el principio - me dice tranquilamente, sacando de su bolso lo que serían las llaves de mi nuevo auto -. Todo tuyo. - ¿Cuando llega? - pregunto. En el momento en que abre la boca para contestar la voz metálica de una mujer la interrumpe por medio de los altavoces. - Pasajeros del vuelo 180 con destino a Los Ángeles, California, favor de abordar por la plataforma 7. Ese es mi vuelo. - Di especificaciones bastante claras sobre no sírvete nada que tenga maní - murmura con voz trémula -, así que no deberás tener problemas durante el vuelo. - Eso es bueno. Segunda llamada. Me despido del par con un saludo militar que trasmite mas sarcasmo que respeto. Si estos ancianos creían que antes era un problema no tienen ni idea. Esto va a ser divertido, definitivamente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD