—¡Sindy! —grito emocionada al ver cómo aquella mujer a la que tanto cariño le tenía, salía por la puerta de una humilde casa. —¡Señorita Ema! —responde ella al acercarse a mí con un bolso colgando de su hombro. Ambas nos abrazamos con fuerza al estar más cerca y siento de inmediato ese calor maternal que Sindy era capaz de entregarme. Me dejo abrazar por ella largos segundos, hasta que tomamos un poco de distancia y nos sonreímos con complicidad. —Vamos, quiero que veas nuestro nuevo hogar —le digo al tomar de su mano y guiarla hasta el taxi que me esperaba estacionado—. Derek me ayudó a comprarlo, y mi amiga de la infancia, Jaede, va a remoderlarlo por completo y a adecuarlo a lo que queramos —le cuento mientras nos subimos al taxi y le entrego al chofer la dirección de donde se enco

