CAPÍTULO 4: "No me toques"

2154 Words
Toco con la punta de mis dedos la delicada tela de aquel vestido que tenía frente a mí y por un momento soy capaz de imaginarme envuelta en él, destacando por sobre las otras mujeres de aquella cena benéfica a la que iríamos junto a August, luciendo hermosa con aquel color azul rey que favorecía mis curvas naturales y que, incluso, me hacía ver mucho más joven y con la vitalidad que en realidad se había ido junto con la muerte de mi padre. —Ese vestido no, Ema —replica mamá Greta al detenerse a mi lado y darme un sutil manotazo para que deje de tocar aquel vestido que había llamado mi atención—. La idea es que te veas elegante, no como una vulgar. Muerdo mi labio inferior, sin decir nada, pues las personas a nuestro alrededor podrían notar que esta mujer era un bruja, y debíamos de guardar las apariencias, más aún en esta tienda, la cual parecía ser mucho más costosa de lo que me esperaba. —¿Se han decidido por algo? —pregunta una amable vendedora al acercarse a nosotras. Bajo la mirada hasta mis manos y juego con mis dedos en un vago intento por hacer que la tierra me trague y me escupa muy lejos de la familia Harris. —Necesitamos un vestido elegante, clásico y recatado, ojalá en color n***o —pide mi suegra al mirar a su alrededor todas las prendas que se encontraban en la tienda. —No se preocupe, buscaré algo para usted, señora Harris —indica la vendedora. —Es para Ema, la esposa de mi hijo —sonríe de medio lado al señalarme y entonces alzo la mirada para sonreírle a la chica. —Entiendo —dice la vendedora al mirarme con detenimiento—. Tengo un par en su talla, déjeme voy a buscarlos. —Gracias —musito. —¡Madre, mira! —chilla Eva emocionada al salir de un probador vistiendo un traje de dos piezas color salmón, el cual debía reconocer que le sentaba muy bien y la hacía ver elegante—. Creo que me llevaré este, pues para mi viaje necesitaré ropa nueva. —Sí, sí, súmalo a la cuenta de tu hermano —dice mi suegra a la rápida y luego se acerca hacia la zona de los zapatos de tacón—. Ema, tendrás que llevar tacones, pues debes ir impecable. ¿Crees que sea mejor un color plata? —cuestiona, pero no respondo nada, porque en el fondo ella no tenía interés por saber mi opinión—. Creo que sí, para que resalten del vestido n***o. “n***o, como si fuera a asistir a un funeral y no a una cena”, pienso. —El color que usted prefiera está bien —accedo y ella me mira de reojo con una mueca en los labios. —Es obvio, pues yo tengo más clase que tú, Ema, ¿Cómo podría dejar que te vistas sola y avergüences públicamente a mi hijo? —escupe las palabras con repudio. Me quedo en silencio y respiro profundo, armándome con paciencia y valor para no largarme a llorar ahí mismo frente a las crueles palabras de esa señora que no hacía más que repudiarme. —Señora Harris, tengo estas dos opciones para la señorita Miller. Ambas volteamos hacia la vendedora, quien tenía un vestido en cada mano, y ambos eran igual de horribles y sin gracia: negros, largos, con caídas rectas y cuellos altos. Miro hacia mi suegra, quien inspecciona los vestidos con cuidado, hasta que luego de unos segundos señala uno con su dedo índice. —Llevaremos ese, gracias —indica con una sonrisa amable y yo suspiro, pues su elección estaba lejos a ser de mi gusto, pero como ella era quien tomaba todas las decisiones, y el dinero no era mío, yo sólo debía aceptar y quedarme en silencio, como siempre. —¡Madre, encontré otro traje para llevar! —chilla Eva emocionada al correr hacia nosotras y enseñarle a mamá Greta un hermoso traje de falda y blazer de color rosa palo, que era simplemente hermoso. —Está bien, Eva —accede la mujer a mi lado—. Lleva lo que quieras. (...) Muchas veces solía reprocharme a mí misma el por qué seguía en esta casa, donde no hacían más que humillarme y agredirme de diversas formas, tanto en lo psicológico como en lo económico, y el problema era lo último, que yo sin la familia Harris, no tenía un solo peso ni donde caerme muerta. Mi padre y yo siempre habíamos estado solos en el mundo luego de que mi madre había fallecido cuando yo era niña, y no teníamos más familia a quien acudir, entonces ahora que mi padre también se había ido de este mundo, yo me encontraba completamente a la deriva, solo con la ayuda que me daba esta familia, que aunque me trataran con la punta del zapato, aún seguían manteniéndome económicamente. Sin duda, haber perdido la herencia de mi padre me había acabado por completo, pues si tan solo Fiorella Miller no se hubiera aparecido en mi vida, yo ya estaría muy lejos de August Harris, con el dinero de mi padre, pero no, la vida una vez más me había puesto a prueba, mostrándome que en realidad yo no merecía ese dinero por ser adoptada. —Ema, hemos terminado con tu cabello —indica la estilista que mamá Greta había contratado para arreglar mi rubia melena, la cual ya no tenía ni la mitad de brillo que antes—. Preferí recogerte el cabello en esta coleta alta para que te veas estilizada y elegante. ¿Te gusta? —cuestiona ella. Observo mi reflejo en el espejo, y de pronto, solo quiero llorar ante la imagen de mí misma que soy capaz de ver. En mi rostro ya no había sonrisas reales, ni ojos brillantes, ni cabello vivo, ahora solo podía ver a una mujer sin vida, con el rostro pálido y ojeras marcadas, lo que me recordaba que mi vida estaba lejos de volver a ser buena, a como lo era cuando vivía en el engaño de pensar que era hija biológica de mi padre, y cuando fantaseaba con que August realmente se enamore de mí y no me vea solo como un simple acuerdo matrimonial. —Creo que se ve muy bien, ¿no? —vuelve a preguntar la chica, sacándome de mis pensamientos tortuosos. Le regalo una sonrisa falsa y asiento con la cabeza. —Claro, has hecho un gran trabajo, muchas gracias —señalo con agradecimiento. —No fue nada —dice la chica comenzando a guardar todo en su maletín—. Siempre es un gusto para mí trabajar con la familia Harris. No digo nada más y me quedo sentada frente al espejo observando mi demacrado rostro, hasta que mi suegra entra en la sala de visitas y me observa con aprobación. —Te ves muy bien, Ema —espeta a secas. Finjo otra sonrisa, pues sabía que esas palabras solo me las decía por compromiso—. Será mejor que vayas a vestirte, pues queda poco para que August venga por ti. —Es cierto —asiento con la cabeza—. Voy enseguida. Me pongo de pie en modo automático y salgo de aquella sala para caminar hacia las escaleras e ir directo a la habitación que compartía con August. Me detengo un momento al observar aquella enorme cama tamaño king, recordando con melancolía nuestra noche de bodas, en la que él me había amado como nunca, recorriendo mi cuerpo con sus manos y besando cada centímetro de mi piel… Aquel día había sentido que por fín sería correspondida por su amor, pero no, aquello había sido un evento aislado, y que ahora solo vivía en mis recuerdos, pues luego de aquella maravillosa noche, nuestros encuentros carnales se habían limitado a una vez cada ciertos meses, como si no fuera más que un mero compromiso por su parte. Mi intuición femenina me gritaba que mi esposo tenía una amante, pues todas las señales estaban ahí presentes, no había duda. Suspiro dejando salir el aire retenido en mis pulmones y entonces abro mi closet para tomar el vestido n***o que mamá Greta me había comprado para la cena benéfica, el cual no era para nada de mi agrado, pero que estaba obligada a utilizar. Me lo calzo con cuidado, y cuando volteo a verme en el espejo, sonrío, y esta vez de manera genuina, porque aunque el vestido no era el mejor, me hacía sentir linda. ¿Hace cuánto no me vestía con algo que no fuera ropa cómoda para ayudar en el servicio de la casa? ya lo había olvidado. Termino de arreglarme, y cuando estoy lista, bajo por las escaleras de aquella enorme casa, para llegar hasta la sala de estar, donde pretendía esperar a mi esposo. —Vamos, si hasta pareces una mujer con clase… —espeta Eva, recargándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Será mejor que te armes de paciencia, pues August tardará un poco más de lo previsto, le surgió algo en la oficina —se encoge de hombros y luego desaparece, dejándome a solas. Suspiro con frustración, pues August solía hacer eso siempre, por lo que tomo el control de la televisión y sintonizo un canal cualquiera, solo con el fin de no aburrirme en la espera, y entonces me recuesto levemente el cómodo sillón de gamuza, descansando mi cabeza en la cómoda almohada tras de mí. Decido cerrar los ojos un momento, pues seguro August todavía se tardaría, y entonces me dejo llevar por el sueño. (...) —¿¡Dónde estás, Ema!? Me despierto sobresaltada ante aquel grito y cuando logro orientarme, observo que la sala de estar se encontraba por completo a oscuras, lo que solo significaba que la noche ya había llegado y que seguro estábamos atrasados para asistir a la cena benéfica. —¿August? —cuestiono alzando la voz más de lo normal y entonces él se asoma por la puerta de la sala, mostrándose por completo desarreglado, con la corbata torcida y los botones de la camisa abiertos. Su cabello estaba revuelto y parecía tambalearse en su lugar, lo que solo me indicaba que estaba ebrio—. Estoy lista para salir —comento con dudas y entonces él se acerca despacio hacia mí, deteniéndose a escasos metros de distancia. —¿Salir? —pregunta con sarcasmo, dejando salir aquel particular olor a alcohol de su boca—. ¿Por qué…? —niega con la cabeza sin terminar de hilar la pregunta, pero luego me señala con su dedo índice—. ¿Por qué saldría contigo, Ema? Su hiriente pregunta se clava como un puñal en mi corazón y entonces logro ponerme de pie, pues en el estado que se encontraba, podría caerse. Intento acercarme a él para tomarlo del brazo, pero él se zafa con brusquedad y me mira con desagrado. —No me toques. —Solo intento ayudarte, August… —digo escondiendo el dolor en mi voz—. Tal vez deban ir a dormir, pues no podemos ir a la cena benéfica en este estado. —¡Dormir, eso debería hacer! —chilla espantado mientras deja salir una risotada—. Digo, para olvidar esta mal*dita condena que tengo contigo. ¿Por qué no te vas al demo*nio, Ema? —cuestiona. Se acerca más a mí, dejando su rostro a centímetros del mío—. Nunca quise esta maldita vida para mí, ¿sabes? yo tenía un gran amor, con el que quería casarme y formar una familia, ¡pero no! aquí estoy atado a una mujer como tú: pobre y miserable. Trago saliva con dificultad, mientras miro hacia el suelo, reteniendo mis lágrimas. —August, yo… —¡Silencio! —mueve sus manos y se gira para comenzar a caminar lejos de mí—. ¡No quiero escuchar tu pu*ta voz! Dejo que August se marche tambaleante y entonces vuelvo a sentarme en el sillón, llevando ambas manos hasta mi rostro, para llorar con desconsuelo, pues por un solo momento había pensado en que esto resultaría bien y que tendríamos un momento agradable juntos, aunque solo fuera para guardar apariencias ante los demás, pero no, me había equivocado y hecho ilusiones vacías una vez más. August no me quería, y acababa de reconocerme que estar conmigo era lo peor de su vida, cosa que no hacía más que dolerme como el car*ajo. ¿Cuánto más podría soportar viviendo en esta farsa? Sollozo con fuerza, dejando salir toda la tristeza que albergaba mi corazón, mientras mi mente trabajaba como loca buscando soluciones a algo que ya no tenía arreglo. Yo debía irme de esta casa, y necesitaba buscar la manera de salir adelante por mis propios medios.
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