Observo la tumba de mi padre frente a mí y me niego a creer que ya hayan transcurrido dos años desde aquel instante en que él perdió la vida en aquel fatídico accidente.
—Me haces mucha falta, padre… No sabes cuánto me ha costado seguir viviendo sin ti.
Limpio mis lágrimas con la manga de mi sweater y luego de suspirar profundamente, me pongo de pie, armándome de valor para poder continuar con el infierno de vida que estaba llevando gracias a mi suegra, quien cada día era más cruel y despiadada conmigo.
—Volveré pronto, te lo prometo —sonrío hacia aquel lugar que resguardaba los restos de mi padre y luego abandono el cementerio, sintiendo cómo venir a este sitio me hacía sentir un poco mejor, como si estuviera cerca de aquel hombre que me había criado como si yo fuera de su propia sangre.
Camino a paso rápido hasta el automóvil que conducía el chofer de la familia Harris, quien me transportaba a todos lados, sin dejarme sola en ningún momento, demostrando con eso que desde aquel día en que perdí la herencia de mi padre, también perdí mi libertad.
—¿Ya está lista, señorita Ema? —me pregunta con amabilidad. Asiento con la cabeza sin decir una sola palabra, y él me ayuda a abrir la puerta para que me suba, y una vez dentro, miro por la ventana, intentando no largarme a llorar nuevamente.
El chofer conduce despacio, como si supiera que yo no tenía apuro por llegar a la gran mansión Harris, lo que le agradecí en silencio, pues lo cierto es que tras esas paredes yo era la mujer más infeliz del mundo. En estos dos años, Greta Harris se había convertido en mi peor pesadilla, obligándome a servirle como si yo fuera una más de las empleadas de la casa, además de repetirme en cada oportunidad que yo era un estorbo y una vergüenza para la familia, pues al ser una mujer pobre, no estaba a la altura del gran August Harris, uno de los empresarios más prestigiosos de New York.
Mi querido esposo quería monopolizar grandes negocios en el país, y eso yo lo tenía muy claro, por ese motivo es que seguía fingiendo en este matrimonio, pues no le convenía tener un divorcio en este momento, aunque cada día yo podía ver en sus ojos que él odiaba tener que dormir en la misma cama que yo, y que desde hace años no me ponía una mano encima, lo que también me hacía pensar que él tenía a otra mujer que le daba lo que él no quería tener conmigo.
Me sentía atrapada en un infierno, en un lugar muy oscuro del cual no tenía idea cómo escapar, pues aunque mamá Greta me trataba con la punta del zapato, me daba un lugar donde vivir y comer, lo que me mantenía con vida, pero con un enorme vacío por dentro. Había pasado de ser Ema Miller, la única heredera de una enorme fortuna, a no tener nada, a ser una esclava sin libertades, pues el único momento en que salía de aquella casa era cuando August necesitaba mostrarme como su esposa trofeo ante la sociedad.
Yo amaba a mi padre, Herber Miller, pero en estos momentos odiaba la decisión suya de prometerme con August para potenciar ambas fortunas familiares, pues en el fondo, yo sí me había enamorado de aquel hombre tan frívolo, cuando él no sentía ni un cuarto de lo que yo sentía por él.
—Hemos llegado a casa, señorita —anuncia el chofer. Me despabilo y finjo una sonrisa.
—Gracias, Peter.
Me bajo del automóvil y camino hasta entrar en aquella enorme casa, la cual solo me provocaba escalofríos.
—¡Por fín llegó Ema, madre! —grita Eva, la hermana menor de mi esposo, quien solía ser una chica caprichosa y sin ocupaciones—. Ay, Ema, traes una cara de amargada… —comenta con una sonrisa torcida—, pero lo entiendo, pues si yo fuera una pobre desgraciada, también me amargaría la vida de ese modo.
No digo nada, como siempre cuando ella o mi suegra me lanzaban comentarios hirientes, y en cambio, camino hasta la cocina, en busca de Sindy, la empleada jefe del hogar, y quien todos los días me designaba mis tareas.
—¿A dónde vas, niña?
Me volteo antes de entrar en la cocina y finjo una sonrisa para aquella bruja que me miraba con odio puro.
—Mamá Greta, solo quiero apresurarme con mis pendientes, quiero que Sindy me indique…
—¡Ya, ya! —me corta ella al torcer una mueca con los labios—. Deja de hablar tanto, que no tolero tu tono de voz de víctima. Ve a trabajar de una buena vez, pues por algo es que mi benéfico hijo sigue manteniéndote en esta casa.
Guardo silencio y luego de que ella se perdiera por donde vino, entro en la cocina, encontrándome con Sindy, aquella mujer quien era la única que lograba entender el sufrimiento que vivía a diario.
—Oh, mi niña —musita al verme y rápidamente se acerca para rodearme con sus brazos, logrando abrir la grieta de dolor que albergaba dentro de mí—. Tranquila, que toda tormenta tiene su final —me anima mientras acaricia mi cabello con cautela. Sollozo con fuerza contra su pecho, sintiendo como me derrumbaba una vez más frente a la vida horrible que tenía.
—Mi padre… —consigo decir—. Lo extraño tanto…
—Lo sé, lo sé… —me consuelta—, pero creéme que ese dolor pronto se transformará en fuerza, y conseguirás salir de este lugar. Eres una chica inteligente y muy capaz de conseguir lo que quieras, solo debes tomar tu vida con tus propias manos.
—Pero no tengo un solo peso —me lamento al separarme un poco de ella—. Soy una huérfana, la sociedad no me aceptará cuando todos se enteren que esa tal Fiorella Miller se ha quedado con la herencia que me correspondía.
—Aquí lo que importa no es la sociedad, ni lo que ellos digan, sino que tú te apropies de tu vida y tu destino —me aconseja. Sus palabras me hacen sentido, y entonces suspiro profundamente, limpiando mis lágrimas.
—Tienes razón, Sindy —asiento con la cabeza—, pero ahora, te ayudaré a terminar de preparar el almuerzo, pues ya sabes que la bruja Harris se molestará si nos atrasamos.
—No te preocupes, que no falta casi nada —dice con complicidad.
(...)
Luego de ayudar a Sindy a distribuir los cubiertos y platos en la gran mesa familiar, me siento en el mismo lugar que ocupaba siempre, a un lado de August. Era una completa locura que mi suegra me obligara a ser una empleada de la casa, pero que para estos momentos familiares, me tuviera sentada en la mesa con ellos, pero había optado por fingir que esto no era extraño, y que no me incomodaba para nada.
Después de todo, yo era una experta en fingir.
—¡Por favor, hermano!
Escucho la chillona voz de Eva cerca, y luego una risita por parte de August, lo que me indicaba que mi esposo había llegado del trabajo con un buen humor.
—Está bien, toma mi tarjeta y compra esos pasajes de avión.
—¡Eres el mejor hermano del mundo! —replica ella haciéndome rodar los ojos con desagrado.
La vida de Eva consistía en ir de viaje en viaje, sin trabajar ni un solo día, y viviendo a costas del dinero que August y su madre le daban. A mi nunca me había agradado aquella niña caprichosa, pero con los años, había aprendido a tolerarla y a no dejar que sus vacíos comentarios me afecten, porque después de todo, aquella chica no sabía lo que decía.
—Ah, que bueno verte —musita August al sentarse a mi lado.
Aquel hombre del cual me había enamorado no era capaz de mirarme por más de dos segundos, y mucho menos de tocarme o darme una caricia, haciéndome saber que mi presencia le era completamente indiferente.
—¿Pasa algo, August? —pregunto. Él asiente con la cabeza mientras toma su celular y comienza a teclear con rapidez, olvidando como siempre que yo estaba a su lado.
—Sí… —musita distraído.
—¡Muero de hambre! —chilla Eva al sentarse frente a mí y comenzar a aplaudir como la niña malcriada que era—. ¡Ya trae la comida, Sindy!
—¿Qué son esos gritos? —cuestiona mamá Greta al aparecer en el comedor y mirar con el entrecejo fruncido a su hija menor, quien solo se encoge de hombros como si nada.
—Es solo que ya tengo mucha hambre, madre. ¿Desde cuando nuestro servicio es tan lento? —pregunta al mirarme de reojo con malicia—. Olvídalo, que ya me puedo hacer una idea…
Hago caso omiso a su comentario insidioso, que sin duda era una indirecta hacia mí, y me guardo todo lo que tengo para decir, pues lo que menos quería eran problemas.
—¡Sindy, trae la comida! —grita mi suegra al dejarse caer en la cabecera de la mesa, mientras toma aquella campanilla pequeña entre sus manos y la agita con violencia—. Deberíamos ver la posibilidad de contratar a otra sirvienta, pues esta mujer no hace más que envejecer y convertirse en una inútil —lanza con veneno y yo siento como la ira se forma en mi interior.
—Ema, necesito que te arregles para esta noche —suelta August dejando a un lado su celular para mirarme de reojo—. Iremos a una cena benéfica que organiza uno de mis socios, es un evento importante.
Asiento con la cabeza de inmediato, intentando no emocionarme demasiado ante aquello, pues en el fondo de mi corazón tenía muy claro que aquella invitación era meramente por compromiso y para que pudiéramos fingir frente a la élite de New York que éramos un matrimonio ejemplar.
—Ay, no —bufa mi querida suegra con desagrado—. Ema, deberás comprar algo decente que ponerte, pues si es un evento importante August no puede ir contigo vestida de cualquier modo.
—Y yo creo que deberías ir a una tienda plus size —agrega Eva con una sonrisa maliciosa en el rostro—. Solo digo, pues se te ven unos kilos de más.
Muerdo mi labio inferior y entonces bajo la mirada, sin decir una sola palabra, pues no podía más con tantas humillaciones por parte de esa familia.
—Ve a comprar lo que necesites, te dejaré mi tarjeta —dice August a la rápida y luego vuelve a sumergirse en su celular, sin esperar una respuesta por mi parte.
—Yo iré contigo, Ema —dice de inmediato mamá Greta—. ¡Sindy, ya es hora de comer! —vuelve a gritar, haciendo que sienta vergüenza ajena de ella, ya que no podía entender cómo lograba ser tan bruja.
—¡Lo siento, señora Harris! —musita la pobre Sindy al entrar en el comedor con la bandeja de la comida—. Estaba calentando la comida, pues se enfrió —dice en un tono de voz bajo, mientras comienza a servir el alimento que con tanto cariño había preparado ella.
—¿Comeremos comida recalentada? —cuestiona Eva al arrugar su nariz en una mueca de disgusto—. No, prefiero comer fuera.
Sindy traga saliva con dificultad mientras mamá Greta inspecciona su plato con carne, intentando decidir qué hacer.
—Yo sí voy a comer —dice August a mi lado—, pues debo salir en unos minutos, tengo algo que hacer.
Sindy asiente con la cabeza y entonces sirve los cuatro platos de comida en silencio, parta después desaparecer con la mirada apenada, lo que solo me hace sentir furiosa, pues en esta familia eran por completo irrespetuosos y maleducados.
—Provecho, familia —murmura mamá Greta con una mueca en los labios y luego prueba la comida de Sindy, negando con la cabeza en repetidas veces—. Tenemos que evaluar el contratar a alguien más —insiste.
—¿Y para qué tenemos a Ema? —cuestiona Eva con diversión.
—Ema no podría cocinar sola, no bromees —se ríe mamá Greta, contagiando de su humor a su hija menor, quien me mira con malicia, esperando una respuesta de mi parte, una que no llega, pues me limito a cortar la carne y llevarme un trozo a la boca, degustando del delicioso sazón de Sindy.
Termino de comer en completo silencio, ignorando la conversación que mi suegra y August mantienen sobre sus negocios, ya que era algo que estaba lejos de importarme, y mientras me alimento, pienso en que tal vez las cosas podrían mejorar con la salida que mi esposo y yo tendríamos por la noche.