Finalmente, la mancha de café derramada en la alfombra sí había salido, pues Sindy me había ayudado a preparar un ungüento mágico que había mejorado la situación, cosa que había hecho feliz a mi suegra, quien no había dejado de reprocharme aquello en todo el día.
—El abogado ha dicho que debes llamarlo para que te envíe la documentación correspondiente del caso, August —suelta mamá Greta, mientras su hijo se encuentra sumido en la pantalla del celular, como en todas las cenas familiares, sin prestarle atención a nada más, ni siquiera a su plato de comida, el cual seguro ya estaba frío.
—Madre, creo que hay que cambiar de abogado —sugiere Eva, mientras se limpia los labios con una servilleta, la cual queda repleta de lápiz labial—. ¿No fue ese hombre el que dejó en la calle a Ema? Eso solo indica que es un mal profesional.
Quiero rodar los ojos ante su comentario, pues Eva solía juzgar a todo el mundo, sin ser capaz de verse a mí misma como una chica consentida y caprichosa que no hacía más que viajar por el mundo sin trabajar un solo día, y a costas del dinero que le daba su madre y hermano.
—Mira, ese hombre no es de mi agrado —aclara mi suegra al mirar a Eva—, pero sabe mucho sobre nosotros, maneja muchos negocios de la empresa familiar, por lo que no es fácil desprendernos de él y dejar que hable sobre nuestras infidencias.
“Como tampoco es fácil desprenderse de mí, pues también sé muchas cosas”, pienso.
—Voy a salir y llegaré tarde —anuncia August al levantarse de la mesa de golpe, llamando la atención de su madre, quien arruga las cejas con disgusto hacia su comportamiento.
—¿A dónde vas, hijo? No probaste la comida —puntualiza al mirar su plato casi lleno de comida.
—Tengo una reunión importante —responde él al encogerse de hombros, como si aquello no tuviera importancia, pero al parecer, para su madre si la tenía.
—¿Tan tarde? —cuestiona Eva, metiéndose en la conversación. Ella me mira de reojo, con maldad pura, y espero que lance otro dardo, pero no lo hace, guarda silencio.
—Madre, ¿qué te preocupa? —August pregunta de vuelta, mostrándose algo inquieto—. Soy mi propio jefe, eso también requiere que esté dispuesto a trabajar todo el día si es necesario.
—Bueno, que te vaya bien, hijo, gracias por trabajar tanto y abastecer este hogar —dice mi suegra al sonreír hacia August.
Veo a August tomar su saco y luego sale disparado, sin decir nada más. Cuando me quedo sentada en la mesa únicamente con Eva y mamá Greta, es cuando mi cuñada vuelve a opinar al respecto, ahora sí, lanzando todo el veneno que traía acumulado.
—Yo de tí me preocupo por tantas salidas nocturnas, Ema —comenta con una sonrisa torcida.
—¿Qué insinúas de tu hermano, Eva? —pregunta mi suegra alzando ambas cejas hacia su hija, quien entonces solo niega con la cabeza y finge demencia.
—Nada, solo digo que mi pobre hermano trabaja mucho, tanto que ya es preocupante…
—Pensé que querías decirme otra cosa, Eva —suelto. Ambas mujeres me miran con asombro, como si no esperaran aquel comentario por mi parte, y las entendía, pues yo solía ser una mujer sumisa y que nunca respondía a ninguna de sus ofensas, pero por algún motivo, había decidido que yo era capaz de responderles, ya que al igual que yo, ellas tenían mucho que perder si yo decidía hablar con la verdad—. Creí que tal vez insinuabas que tu hermano me ha estado engañando.
—¿Disculpa? —cuestiona Eva abriendo los ojos de par en par—. Yo no he dicho eso, jamás podría decir eso de mi hermano, pues él es un hombre respetable y que a pesar de tu condición, aún te mantiene viviendo bajo nuestro techo.
—A ver —espeta mamá Greta con desagrado, mirándome con las cejas tan juntas, que fácilmente se podrían ver como una sola—. Ema, será mejor que vayas a lavar la loza, pues ya se hará tarde.
—Claro, mamá Greta —asiento con la cabeza al ponerme de pie y recoger los platos en silencio.
Por algún motivo, me sentía victoriosa, pues luego de mucho aguantar sus comentarios y malos tratos, había conseguido sacar mi voz y no dejarme pisotear del todo. Era un gran avance, sí, lo era, y eso me hacía sentir con mayor vitalidad.
(...)
Luego de haber tenido un largo y agobiante día, me había permitido darme un relajante baño de tina, el cual me estaba permitiendo ver las cosas con mayor claridad. El encuentro con el abogado Smith me había hecho sentir algo que hace mucho no sentía, y es que su trato conmigo me había hecho sentir importante, tal a como me sentía antes de la muerte de mi padre, cuando no era “la huérfana Miller”, sino, era una mujer conocida en la élite de New York por ser la única heredera que tendría acceso a la gran fortuna de mi padre. Yo sabía que luego de haber perdido ese dinero, había sido el hazmerreír de muchas personas, pero con el paso de los años, todos lo olvidaron, pues aunque no había recibido esa herencia, seguía siendo la respetada esposa de August Harris, con la diferencia es que mamá Greta había inventado ante los demás que yo estaba sumida en una depresión, la cual no me permitía hacer tanta vida social como antes.
En parte, era cierto, pues aún sentía el duelo a flor de piel, pero, la verdad era que mi suegra no me permitía salir con libertad de casa, y si lo hacía, siempre era con su previa autorización y custodiada por el chofer de la casa. Por esto, es que mis salidas se resumían en ir a visitar la tumba de mi padre al cementerio, y de vez en cuando, salir con mamá Greta y Eva de compras.
Salgo de la tina al sentir como la piel de mis dedos ya estaba arrugada, entonces tomo la toalla que había dejado sobre el retrete, para envolverme en ella y secarme. Cuando estoy lista, camino hasta mi enorme cama y comienzo a vestirme con mi pijama, pero entonces, la puerta de la habitación se abre de par en par, interrumpiendo sin previo aviso.
—¡Ema, debemos ir al hospital de inmediato! —dice mi suegra entre lágrimas. La miro sin entender qué le pasaba, aún a medio vestir—. ¡Es August, tuvo un accidente! —grita. Veo sus ojos desorbitados, y su respiración acelerada, entonces dejo caer la prenda que tenía entre mis manos y despabilo, corriendo al closet a buscar unos pantalones más decentes y una chamarra que me protegiera del frío.
—¿Qué le pasó a August? —pregunto mientras me pongo un par de zapatos al azar.
—¡No lo sé! —grita desesperada y se lleva ambas manos al rostro mientras los sollozos la invaden, haciéndola temblar por completo.
Verla así, lograba provocarme lástima, pues mamá Greta se caracterizaba por ser una mujer dura, con una personalidad fuerte, y que pocas veces se dejaba derrumbar, pero ahora, frente a mí, solo tenía a una mujer destrozada en lágrimas, que al parecer, pedía mi ayuda a gritos.
—Debemos decirle a Peter que nos lleve al hospital —consigo decir y entonces ella asiente con la cabeza, como si las ideas comenzaran a llegar a ella.
Una vez termino de vestirme, ambas bajamos por las escaleras con rapidez, y entonces, mi cerebro logra conectar las ideas y alarmarse frente a lo que mi suegra me había informado.
August había tenido un accidente.
—¡Peter, necesitamos ir al hospital con urgencia! —grita mi suegra al tomar su celular y marcar el número de nuestro chofer.
—¿Dónde está Eva? —le pregunto a mi suegra, quien se veía notoriamente pálida.
—¡No lo sé! —grita desesperada—. ¡Eva, baja de inmediato! —camina de un lado a otro, como un animal enjaulado.
—¡Eva! —grito al acercarme a la escalera, pero mi cuñada parece no escuchar nada, por lo que bufo.
—¿Señora Harris, está lista para ir al hospital? —cuestiona Peter, el chofer, al entrar por la entrada principal. Mamá Greta suspira de alivio al verlo y entonces comienza a caminar hacia afuera de la casa, por lo que la sigo, sin importar si Eva nos acompañaba o no.
—Necesitamos llegar pronto, Peter —pide mi suegra mientras ambas subimos en la parte trasera del automóvil—. Ema, debemos prepararnos para lo peor —musita a mi lado. Me giro para verla y no sé qué decirle a aquella mujer, pues la verdad sí me preocupaba el estado de salud de August, pero por algún extraño motivo solo podía pensar en que si él moría, tal vez mi situación podía mejorar, lo que era un pensamiento horrible y me hacía sentir muy culpable, pues yo jamás había deseado el mal para alguien.
—Él estará bien, mamá Greta —digo en medio de mis contradicciones.
(...)
Al llegar al hospital, lo primero que hacemos junto a mamá Greta es ir a la ventanilla de informaciones, esperando poder saber cuál era el estado de mi esposo, pues por la llamada telefónica que le habían hecho a mi suegra, no habían proporcionado nada de información al respecto.
—El doctor las atenderá pronto, pueden esperar en la sala de espera junto a los demás familiares —dice la chica tras la ventanilla y mamá Greta alza una ceja hacia ella, lo que no pinta para nada bien.
—¿Es que acaso no sabes quien soy yo? —pregunta con descaro, sintiéndose superior a aquella chica que solo estaba haciendo su trabajo.
—No —responde ella sin dar su brazo a torcer—, pero les sugiero que esperen cerca de aquí, para que el doctor las pueda ver cuando salga del turno.
—¿¡No podían llevar a mi hijo a un lugar con más clase!? —grita desquiciada mi suegra, por lo que la tomo del brazo y la guío hasta las sillas de espera más cercanas, pues lo que menos necesitábamos ahora en un escándalo público—. ¡Esto es una burla, mi hijo merece estar en una mejor clínica! —bufa. De pronto lleva una mano para cubrir su boca y comienza a sollozar con fuerza, como si no pudiera contenerse más, lo que me causa tristeza, pues como madre, debía ser muy difícil no saber si su hijo estaba bien.
—Solo debemos esperar, con paciencia —le digo a modo de consuelo.
Mamá Greta no responde nada, en cambio, observa con repudio a las personas a nuestro alrededor. Suspiro, intentando aclarar mis ideas y de pronto, me imagino asistiendo al funeral de August, y la sola idea de verlo dentro de un ataúd se me hacía terrible. Sí, él y su familia me habían hecho mucho daño al tratarme de una manera horrible en estos años, pero él no merecía morir, claro que no, y si hace un momento había pensado que su muerte me podría beneficiar, ahora pensaba que eso no era justo y deseaba que estuviera bien.
Él tenía que estar bien.
—¿Familiares de August Harris?
Alzo la mirada hacia el doctor que estaba de pie justo a un lado de la ventanilla de informaciones y entonces junto a mamá Greta caminamos hacia aquel doctor de bata blanca.
—Doctor, ¿Cómo está mi hijo? —pregunta mi suegra de inmediato.
—Buenas noches —saluda el doctor—. August se encuentra estable, dentro de todo —explica rápidamente, haciéndome sentir en calma con esa información—, pero su esposa, quien lo acompañaba en el automóvil, no corrió con la misma suerte, ella está grave —agrega con una mueca en los labios.
—¿Esposa? —pregunta mi suegra consternada—. No, es imposible, porque la esposa de mi hijo es Ema —me señala con su dedo índice, y el doctor parece incómodo ante aquella aclaración, a tal punto que solo se limita a negar con la cabeza.
—Lo siento, yo no sé cuál es la relación que ambos mantengan, solo sé que esa mujer se encuentra en un estado muy grave —se lamenta—, y que necesita un donante de sangre.
—¿Quién es esa mujer? —pregunto, sin pensar en nada más—. ¿Cómo se llama?
—Alice Jones —dice con seguridad y entonces siento que podría desmayarme en cualquier momento.
Alice Jones, la novia que August había tenido antes de que nuestras familias nos prometieran en matrimonio.
¿Qué hacía August con ella en su automóvil?