CAPÍTULO 4

1239 Words
En 1940. Ken Adams había salido de su pueblo, ya se encontraba bastante lejos del lugar dónde había vivido toda su vida felizmente rodeado de las personas que amaba, pero ya tenía muy claro que esa mentalidad debía cambiar, al entrar a ese cuartel necesitaba eliminar toda señal de debilidad en él, mirando con nostalgia a través de la parte descubierta del camión donde era trasladado junto a treinta voluntarios más, iba recordando momentos especiales estando con su esposa e hija, las risas, los abrazos, los besos en la frente todo era como un cuchillo en el corazón mientras ese vehículo militar lo alejaba cada vez más y más de ellas, su única fortaleza era recordar la razón por la cual hacía todo esto, el honor de un país, la seguridad de una nación libre y soberana que se negaba a caminar directo a la oscuridad sin pelear, la historia es una esponja que solo absuelve momentos gloriosos, y para tener gloria en tu vida debes ser lo suficientemente valiente para al menos intentarlo. El ambiente era totalmente pésimo. Decenas de hombres que se lamentaban en silencio mientras dejaban ver su desdicha con esas caras largas que emanaban arrepentimiento; la mayoría de ellos iba directamente a un futuro incierto ya que nunca habían estado en una guerra siendo esta la primera ocasión en la que sabrían en propia piel lo que se siente estar en el infierno. Habían salido de la ciudad para adentrarse en las bases militares ubicadas en una zona montañosa del país, una estela de destrucción podía verse en todo el camino hasta llegar a ese lugar dejando muy en claro todo el daño que los nazis habían causado en Inglaterra, eso solamente alimentaba el deseo de combatir de los voluntarios, el miedo no era limitante para la rabia que sentían al ver edificios enteros destruidos por aviones bombarderos, ellos estaban decididos a hacerlos pagar por su barbarie. — ¿Estás asustado? — preguntó en baja voz el sujeto sentado a la derecha de Ken. — ¿Debería de estarlo? — respondió haciendo otra pregunta. — ¡Depende! — ¿Depende de qué? — De lo que sea que estés buscando en esta guerra. — ¿Y qué buscas tú? — Yo busco honor y gloria. — ¿Cómo que buscas honor y gloria? , no entiendo. — Pues verás, vengo de una familia muy tradicionalista que ha peleado y muerto en cada guerra importante, desde mis bisabuelos que pelearon en la guerra civil cayendo en batalla, hasta mi padre que sirvió en la primera gran guerra muriendo también en el campo de batalla dándolo todo por Inglaterra, es por eso que yo tengo pensado unirme a ellos en la inmortalidad en ésta que estoy seguro de que será una de los conflictos bélicos más grandes de la historia — confesó ese sujeto. — Ah no, no, yo solamente quiero ir a Dunkerque y matar un par de nazis malnacidos para ganar la guerra y volver a casa junto a mi esposa y mi hija — aseguró Ken Adams mostrando la fotografía de Elizabeth que traía en el bolsillo. — ¿Es ella? , ¡wow!, es increíblemente parecida a tí, pero lamento decirte que hay algo en lo que estas equivocado querido amigo — advirtió. — Sigo sin entender, ¿en qué estoy errado? — preguntó Ken. — Se va a necesitar mucho más que eso para ganar esta guerra, el gran ejercito nazi avanza a través de toda Europa conquistando países a su antojo comandados por ese déspota de Adolf Hitler, si queremos ganar esto y no terminar hablando alemán, necesitamos que más países se conviertan en nuestros aliados, que potencias cómo Estados Unidos dejen de ser solamente surtidores y se nos unan en combate, de lo contrario no lo lograremos. — aseguró. — Es extraño oírte decir eso, si seguramente de cumplirse tu tradición familiar, para cuando termine todo esto ya estarás muerto — dijo Ken provocando la risa de ambos. — Soy James Stwar, vengo de New York, cualquier cosa que necesites puedes contar conmigo — aseguró extendiendo su mano amigablemente. — Ken Adams, soy de Londres, es un verdadero gusto conocer personas amables en este lúgubre lugar — respondió Ken estrechando su mano cordialmente. En el 2013. La cara de Rose estaba en todos los noticieros, la historia de su infame choque contra una estación de servicio se había vuelto viral propagándose por todos lados, no porque fuera graciosa ni mucho menos, sino porque se trataba de la prometida de Alex Trop el hijo de el genio hotelero más famosos del mundo Daniel Trop, las r************* estaban inundadas de personas criticando y burlándose de esta familia de magnates millonarios por tener como futura integrante de su prestigioso círculo a una mujer que era capaz de hacer algo así, algo que seguramente de haberlo hecho cualquier otra persona en el mundo, hubiera pasado desapercibido, pero con Rose ese no fue el caso. — No puedo creer que hicieras algo así, no tienes idea de lo avergonzado que está papá — gritaba Alex Trop completamente molesto discutiendo con Rose en su elegante chalet privado. — Por favor no grites, me duele mucho la cabeza — decía Rose quien experimentaba una fuerte resaca. — No se que es lo peor, que tu cara este grabada en ese vergonzoso vídeo dónde vomitas sin parar o que tengas que hacer trabajo comunitario, como si ya no fuera suficiente vergüenza ya — reclama Alex quien seguía histérico. — Deja el drama mi amor, solamente fueron unas copas y un pequeño accidente, no es para tanto — aseguró Rose tratando de suavizar un poco la gran metida de pata que había hecho. — ¿No es para tanto? , ¡¿no es para tanto?! , las acciones de los hoteles de mi papá bajaron un dos por ciento, ¡un dos por ciento! , cuando en un años normal nunca pasan de un uno por ciento — gritaba Alex muy molesto mientras mostraba una tabla de estadística comercial en la pantalla de su teléfono celular — muchos distinguidos clientes no quieren hospedarse en los hoteles luego de ese bochornoso escándalo. — ¡Amor! , disculpame, te prometo que haré lo posible por solucionar todo esto — prometía Rose entrelazando los dedos y suplicando con ojitos de perrito. — Sinceramente lo has arruinado, y lo arruinaste horrible, no veo como demonios piensas arreglarlo — expresó con rabia. — No sé mi amor, algo se me ocurrirá — dijo Rose comiendo la uña de su pulgar derecho. — ¿Sabes qué?, mejor deja todo así de este tamaño, todo lo que haces termina en desastre, eres una enorme decepción andante, no quiero que termines de arruinar todo con tus estupideces — expresó fríamente Alex — solo eres un desperdicio de oxígeno. Esas palabras hirieron profundamente a Rose ya que eran exactamente las mismas horribles palabras que le dijo su padre el día que la echó de casa junto a su madre, esa frase retumbaba potentemente en su cabeza mientras que el imponente Alex Trop abandonaba el chalet con indiferencia hacia ella sin saber que muchas veces una simple palabra puede ser más letal que un disparo y tan mortal como una puñalada al corazón. Rose estaba a punto de tomar una decisión abrupta que sin saberlo la llevará a vivir un amor como nunca se había visto antes.
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