Andréi
Tamborileo los dedos sobre el mostrador. La oficina del Secretario Municipal de Healdsburg no es tan encantadora como el propio pueblo. La pintura descarcada y los suelos de linóleo manchados delatan su antigüedad.
Una mujer con vestido rosa y el pelo abultado se me acerca. Pone una vieja caja de cartón sobre el mostrador con los años escritos a mano y sonríe.
–Aquí tienes–
Habiendo llamado con anticipación, esperaba la información por correo electrónico, tal como lo había hecho ayer en la oficina del Secretario Municipal de San Mateo.
Miro hacia abajo. Miro papeles, un montón de esos. Esto no lo esperaba. Curioso, abro la tapa y miro dentro: Estudios topográficos. Mapas. Contratos. –¿Esto es todo lo que tienes sobre disputas de límites de propiedad durante ese periodo de cinco años? –
Su lápiz labial es del mismo color que su vestido, y cuando sonríe, se le nota en los dientes. –Si. Todo lo que se informó–
Vuelo a tapar la caja y pregunto: –¿Y estas segura de que no hay nada mas? ¿Nada electrónico? –
Arruga la nariz como si la hubiera ofendido. –Llevo trabajando aquí casi cincuenta años, joven. Estoy más que segura. Hemos estado trabajando al revés con los archivos electrónicos y actualmente estamos en el año 1972. Puedes venir a ayudarnos si quieres que avancemos más rápido–
Me echo la caja al hombro. –Esto estará bien, señora. Se la devolveré mañana a primera hora– le digo.
–Mas te vale– me suplica, frunciendo la boca como si quisiera regañarme otra vez. Camino más rápido para evitarlo. Ahora esta anciana me da miedo.
Pasar la noche revisando documentos judiciales no es precisamente mi idea de pasar un buen rato. Pero sé que esta anciana me arrancará las bolas si no devuelvo la caja a tiempo.
Y mierda, necesito esas bolas para que Frances las chupe cuando se ponga de rodillas para hacerme una mamada. ¿Cuándo? Espero que pronto.
***
Frances.
Presiono mis palmas sobre el frío metal y cierro mis ojos. ¿Es una tontería esperar que hoy fuera mejor que ayer?
¿sobre todo cuando ayer había sido la historia de mi vida entera? Ahora, al menos, hay un diagnóstico médico tras sus acciones. Pero eso no hace que sea más fácil de digerirlo.
Abro la puerta y encuentro a mi padre dormido en su cama. El paso del tiempo no le ha sido propicio. A pocos años de cumplir ochenta, está muy arrugado, encorvado y, al parecer, incapaz de estar solo.
Quizás pueda superarlo con la fractura de cadera, pero le han diagnosticado Alzheimer, y eso no es algo que pueda intentar abordar mientras trato de mantener a flote Vinos Castello. Etapas. Todo se trata de las etapas y él se acerca a la etapa 5. La demencia se está instalando. Claro, había notado desconexión, ya que no puede seguir nuestras conversaciones, pero lo descarte, pensando que simplemente era el mismo cuando yo lo veía. También cuestioné sus malas decisiones, pero como siempre insistía en que estaba equivocada o me ignoraba.
Ahora que se la verdad, todo tiene mucho más sentido. Como que podía vestirse solo, pero no podía ponerse los zapatos. O las malas decisiones que había tomado para el negocio sin darse cuenta de las consecuencias, como despedir a su director financiero.
El derrame cerebral que sufrió al intentar entrar en la casa de Frank Gable no fue grave. Sin embargo, el medico advirtió que podría haber sido el primero de lo que llamaron una serie de mini derrames cerebrales. En otras palabras, el tiempo que le queda a mi padre en esta tierra es limitado. Cuanto tiempo, no puedo responder a eso. Una semana. Un año. Cinco, por lo que saben.
Esos viejos ojos se abren y le sonrió. –Hola, papá. ¿Cómo te sientes hoy? –
Sus ojos son penetrantes al mirarme, así que sus palabras me duelen aún más al pronunciarlas. De hecho, siento como si me clavaran un puñal afilado en el corazón. –Joyce, cariño, ¿Qué haces aquí? Vas a llegar tarde al trabajo–
Trabajo
Si. El trabajo de verano de Joyce en la antigua sala de catas. Alguna vez me contó lo mucho que había trabajado. Que llegaba allí a las siete todas las mañanas. Él siempre me decía lo mucho mejor que era ella que yo.
Ni siquiera me molestaba en volver a casa durante el verano durante la universidad, así que nunca pude decepcionarlo. De esa manera, al menos. Aunque lo había hecho de un millón de otras maneras. “Se medico como quería tu hermana”, me dijo una vez. Le puse una X gorda a eso. Siempre el “sé cómo tu hermana”
Y ahora que piensa que soy ella. El caos se apodera de mi como una violenta tormenta. Quiero correr y no mirar atrás. Esta es mi peor pesadilla. Pero el está enfermo y no puedo correr. No puedo dejarlo solo. Yo soy todo lo que él tiene.
Señala por la ventana.
–Date prisa o el personal te estará esperando–
Miro por la ventana. Atardecer. Amanecer. Supongo que se ven iguales desde su posición.
Tomo un gran jarrón de flores silvestres, huelo el aroma a lavanda que lo impregna y luego pongo el magnífico ramo junto a él, en la mesita de noche. –Tengo mucho tiempo papá–
La verdad baila inalcanzable en el aire. Joyce está muerta. Yo soy Frances, su reemplazo. Los médicos ya me habían explicado que intentar corregirlo solo lo agitaría.
–¿Por qué llevas esa ropa ridícula? – dice
Miro mi top corto plateado y mis pantalones negros de pierna ancha. Luego, los zapatos de charol de los años 60 que había encontrado en oferta en internet. –Saldré a cenar después del trabajo. Recuerda que te lo dije–
Se me escapa con bastante facilidad. –¿Con quién? – pregunta.
–Solo algunos amigos–
–Bueno, será mejor que no andes con ese chico King, ¿me oyes? Es un problema y tu madre y yo queremos que te alejes de el–
Sus realidades debieron entrelazarse. La infancia de Joyce y la mía se convirtieron en una sola.
Me siento en la silla de plástico duro a su lado. –Lo entiendo papá– asiento. –Ahora deberías descansar un poco–
Gruñe algunas palabras y se queda mirando a su alrededor como si fuera la primera vez que veía. Entonces, sorprendentemente, cierra los ojos. Hago lo mismo, conteniendo las lágrimas que me niego a llorar.
La puerta del hospital se abre de par en par y un hombre con bata azul y un estetoscopio al cuello entra a grandes zancadas.
–Hola– dice. –Soy el Dr. Wise– mira el historial que sostiene. –Tu debes de ser Frances–
Sorprendida de que supiera mi nombre, pienso que debe de estar anotado en algún lugar del expediente médico. Preocupada por la contradicción, miro a mi padre, que ahora duerme profundamente. Me pongo de pie y me aliso los pantalones.
–Si, soy la hija de Bernard. Lo siento, pero creo que no nos conocemos–
–Así es– dice. –Estoy reemplazando al Dr. Ralston, el médico ortopedista de tu padre. Solo pasé a verlo antes. Me hablo de ti–
Solo asiento. No hay necesidad de corregirlo.
–Bueno, encantada de conocerte– sonrió.
–Un placer conocerte también. Tu padre parece muy orgulloso de todo el trabajo que has estado haciendo con el viñedo– Solo sonrió.
–Dijo que dejarías tu trabajo para volver aquí y que tu dedicación te convertiría en una brillante directora ejecutiva–
Mi boca se abre. No se refería a Joyce. Se refiere a mí.
Dejando de lado las formalidades, el médico empieza a mirar a través del historia. –¿Sabes que tu padre tiene un testamento en vida? –
Todavía en shock, niego con la cabeza. Ni siquiera sabía que tenía testamento, punto. Y si lo tiene, a quien dejara su legado.
Bien podría ser la dueña de la cafetería de la ciudad por quien siempre había estado enamorado, por lo que se.
–Está mucho mejor ahora que tenemos el dolor bajo control– dice el médico. –De hecho, pueden trasladarlo a la residencia para personas mayores mañana mismo–
Me encuentro mirando fijamente el hermoso arreglo florar, lo miro bruscamente. Ojalá fuera cierto. La directora de enfermería me había dicho que la residencia para mayores Memory Care, es el principal centro de rehabilitación del condado y tambien está especializado en el Alzheimer en fase avanzada.
Fue el primer lugar al que llamé cuando me dijeron que mi padre no podía permanecer hospitalizado mucho mas tiempo. Sin embargo, el precio es astronómico y no aceptan seguros médicos. Solo pagos privados. Además, aunque el precio estuviera a mi alcance, tienen una lista de espera de doce meses.
–Oh, lo siento– digo. –Pero no ira allí. He dispuesto que lo trasladen al centro de rehabilitación adjunto al hospital hasta que encuentre un lugar más adecuado para el–
El doctor hojea la historia clínica aún más rápido. –¿Estás segura? –
Enderezo mi columna. –Si, lo estoy–
Levanta la vista. –Debe haber algún error, porque tengo aquí mismo la documentación de admisión firmada–
Mis cejas se tuercen en confusión. Eso no tiene sentido. Los llamé , pero no les di ninguna información.
Es este momento, la puerta se abre de nuevo y entra la directora de enfermería con varios papeles en la mano. –Dr. Wise, Frances– saluda. –No quiero molestarlo, pero quiero adjuntar la documentación de admisión a la residencia Memory Care para personas mayores al historial clínico del señor Castello–
El Dr. Wise levanta el historial clínico. –Ya está aquí. Pero parece haber cierta confusión. La hija del señor Castello tiene la impresión de que su padre seria transferido al Centro de Rehabilitación aquí en el hospital–
La directora de enfermería menea la cabeza como si estuviera divertida y luego se pone la mano sobre la boca.
–Oh, lo siento mucho– dice, –Creo que su esposo quería sorprenderla con la noticia–
Una furia candente bulle en mi interior. –¿Mi esposo? – logro preguntar sin apretar los dientes.
–Si, el señor King es un hombre maravilloso. Tienes mucha suerte de tener un esposo así que te ayude en situaciones como estas. Y esas flores son preciosas–
–Si, claro que si– espeto con una sonrisa falsa. –¿Crees que podría llevarme esas copias? – pregunto, señalando el duplicado que la enfermera sostiene en su mano.
–Si, claro– Me los ofrece. Me cuesta un montón no arrancárselos de la mano y hacerlos trizas.
Tras recibirlos cordialmente, logro mantener la voz serena y mis palabras coherentes a pesar de que mi mente da vueltas. –Gracias a ambos por todo y odio correr, pero tengo que cenar con mi maravilloso esposo–
Echando mi abrigo de piel sintética sobre mis hombros, mis piernas se mueven rápidamente, tal como lo hacían cuando escapaba de los sermones de mi padre sobre comportarme más como mi hermana lo había hecho, ser más como mi hermana era.
Sin embargo, la adrenalina que corre por mis venas es más caliente, más salvaje, llena de furia y tal vez algo más.
Click, click, click.
Clack, clack, clack.
Bajo por el pasillo estéril y luego atravieso las puertas dobles. El aire fresco me golpea mientras camino hacia su Range Rover con determinación.
Aún no había decidido si iba a encontrarme con Andrei para cenar o no, pero ahora ciertamente lo he decidido. Y mi marido va a estar revisando los papeles de divorcio muy pronto.