Frances
No soy una chica estúpida.
Sin embargo, no puedo evitar que mi corazón tartamudee y que mis defensas se debiliten. No puedo creer lo mucho que me ha afectado después de tanto tiempo. Lo odio y quiero que esa sensación desaparezca. Que el desaparezca.
Se inclina más cerca. —Voy a hacer que esto sea más fácil para ti, Frances. Primero te voy a besar y vas a devolverme el beso y luego, bueno, veremos a donde nos lleva—
Su aliento me hace cosquillas en la mejilla. Está cerca. Tan cerca.
—No te atrevas…—
Detiene mi protesta al besarme con fuerza con sus labios. Oh, Dios. Esos labios. Tal como los recuerdo. Cálidos, dulces, suaves y tan perfectos.
Al principio me resisto, tratando de no ceder a la tentación de su beso, pero el sigue tirando y mordisqueando la suave gordura de mis labios y mi boca se vuelve más hambrienta con cada pasada desesperada.
Incapaz de luchar contra la innegable pasión, o realmente sin querer hacerlo, finalmente me abro a el. Y nos besamos. Dulcemente. Tentativamente. Suavemente.
Poco a poco, me insiste y me insiste, haciéndome saber que necesita más. Suplicando por el tipo de beso que una vez habíamos compartido.
Y me rindo. ¡Oh, Dios me rindo!
Mi respiración se vuelve entrecortada cuando el pasa la lengua por mi boca como si no pudiera esperar a probarme. No pasa mucho tiempo antes de que profundice el beso, tomando más y más con cada lamida de su lengua.
Desenfrenado. Salvaje. Fuera de control. Este beso es carnal, profundo, desesperado, y me siento mareada, sin aliento. Perdida. Renacida. Cualquiera que sea lo que hay entre nosotros, me consume. Cegándome. Llevándome a un lugar más alto. Presiono cada línea rígida y dura de su cuerpo contra toda mi suavidad y la sensación de él me abruma. Él es piedra y granito y sexo y felicidad sublime.
Arqueándome como no lo había hecho en años, no puedo evitar suplicar. —Más — gimo y hundo mis dedos en sus hombros.
Su tacto se vuelve tan desesperado como el mío. Sus manos se deslizan desde mis hombros hacia mis brazos, hasta la cintura de mis jeans, y luego estamos piel con piel.
El simple contacto de sus dedos contra mi cintura es un ardiente recordatorio de la pasión que una vez compartimos. Contengo el aliento cuando desabrocha mis jeans.
—¿Estás mojada para mí, amor? — su voz apenas un susurro entrecortado.
—Ya quisieras— susurro, incapaz de ocultar el hecho evidente de que mi cuerpo es un infierno ardiente para él.
Con esa sonrisa diabólica que tan bien le queda, mete la mano por mis jeans y mis bragas y mete dos dedos a la vez.
—Mierda, estás empapada, amor. No tengo que desear nada, estás tan mojada para mí que ni siquiera creo que necesitemos juegos previos—
—Simplemente no he tenido sexo en un tiempo— admito, como si eso superara el estar mojada para él.
Deliberadamente, arrastra sus dedos hacia mi vientre y los aleja de donde los quiero. —¿Cuánto tiempo ha pasado? —
Ignorando su pregunta, tomo sus pantalones y ahueco sus pelotas. Me detiene con un chasquido y un movimiento de cabeza.
—¿Cuánto tiempo? —
—Demasiado tiempo— logro decir entre jadeos. —Demasiado tiempo—
Me mira a los ojos y se asegura de que lo observe mientras se lleva los dedos a la boca y los lame hasta dejarlos limpios, uno por uno, mientras sus labios se curvan hacia arriba. —Aceptaré esa respuesta, por ahora—
Vuelvo a alcanzar sus pantalones y voy directo a su bragueta. Esta vez me detiene poniéndose de rodillas. Oh, Dios, realmente esta arrodillado ante mí.
Es como un derrumbe que no puedo detener. Todo lo que necesito y quiero. Antes de saber siquiera lo que está haciendo, enrosco mis dedos entre su suave cabello. No puedo detener las sensaciones palpitantes que siento en todo mi cuerpo antes de que el ponga su cara cerca de mi sexo.
Con una risa oscura, me quita la ropa de la parte inferior del cuerpo y salgo de ella. luego presiona sus pulgares sobre los labios de mi coño, abriéndome de par en par, besándome suavemente mientras sigue sosteniendo mi mirada acalorada. —Te casarás conmigo, Frances Castello, y también me rogaras que te folle noche y día. Eso te lo prometo—
Suspiro de placer, sus palabras son una maraña de incoherencias que realmente no puedo procesar en este momento. Me deja besos por todo el coño antes de deslizar su lengua dentro de mí, acariciando mi clítoris con su pulgar mientras lo hace, volviéndome loca. Mis manos vuelan de su cabeza y mis palmas encuentran la pared para estabilizarme cuando el abre mis muslos aún más. Esta lamiéndome de arriba abajo, mi clítoris, mi trasero y todo lo que hay en el medio. No puedo evitar abrazar el éxtasis.
—Por favor. No puedo…Necesito correrme—
Hay un brillo perverso en sus ojos. —Todavía no, amor. Todavía no—
Creo que lo miro con el ceño fruncido, pero tal vez gimo de placer. En realidad, no lo sé.
De cualquier manera, continúa lamiéndome y chupándome hasta que no hay duda de que estoy pulsando bajo su lengua.
La emoción zumba entre nosotros, el uso de sus pulgares para mantenerme abierta para que su lengua pueda darme placer mientras sus dedos vagan por el pliegue de mi trasero. Se siente tan bien.
Esto es mucho más sucio de lo que solíamos hacer. No puedo detener los sonidos de placer que se filtran en el aire, incluso aunque sé que solo le estoy dando más munición para regodearse.
De repente, todo es gravedad. Mis rodillas se debilitan y mi corazón late errático cuando el agarra mi muslo y lo coloca sobre su hombro. En esa posición hunde su lengua más profundamente en mí, empujándola con tanta fuerza que siento que mis muslos tiemblan.
Hay un destello de luz cegadora y luego mi coño se aprieta contra su boca. Gimo tan fuerte, que debería sentirme avergonzada.
—Grita mi nombre— ordena.
Niego con la cabeza. No me gusta que me digan que hacer. Nunca me ha gustado.
Detiene su movimiento. —Grita mi nombre, Frances, o no te correrás—
Levanto los brazos y paso los dedos por mi cabello, arqueando la espalda y apretándome contra su rostro. En cuanto lo hago, el no duda en tomar el control de mi cuerpo. No pasa mucho tiempo antes de que haga lo que él quiera. —Oh, Dios, Andréi— grito.
Es entonces cuando sé que había perdido todo el control, devorándome como si fuera su última comida. Con cada momento que pasa, puedo sentir que mi propia realidad se desvanece. El ardor de placer que incita con cada lamida de su lengua es demasiado para compartirlo.
Enemigo. Archienemigo. ¿Qué importa?
No es así, al menos no en este momento. No cuando él es rudo y agotador y me está volviendo loca. Me lleva cada vez más alto hacia un lugar donde el bien y el mal ya no existen. Cierro los ojos, un sonido sale de mi garganta y grito su nombre. —¡Andréi! — Es entonces cuando todo estalla en cintas de luz que destellan detrás de mis ojos mientras el placer explota por todo mi cuerpo.
Aplastante. Dulce éxtasis. Nado a lo largo de cada nervio y de cada célula despierta
Cuando empiezo a flotar hacia abajo, me desplomo contra la pared e intento recuperar el aliento. Andréi no pierde un segundo. Se levanta en toda su altura, desabrochándose los pantalones y abriendo un condón con los dientes al mismo tiempo.
—¿Aún quieres negar que no hay química entre nosotros? — murmura, todo presumido y arrogante.
Aún no he vuelto al suelo y no estoy lista para pelear con él, así que no respondo. Simplemente dejo que mis manos caigan de mi cabeza a sus hombros musculosos y lo abrazo fuerte.
Supongo que esa fue mi respuesta. Sin piedad, me embiste y me golpea contra la pared, mi cabeza choca contra el panel de yeso una y otra vez.
—Cásate conmigo, Frances— gruñe, agarrando mi trasero con fuerza y consumiéndome con sus embestidas dominantes.
—Nunca—
De un solo tirón, me arranca la camisa del cuerpo. —Te dije que dejaras de decir esa palabra—
Mis palmas todavía estan sobre sus anchos hombros y las deslizo por su camias para hacer lo mismo. Al quitarle la tela del cuerpo de un tirón, me sorprende ver el tatuaje que tiene en el antebrazo. Parpadeo un momento, reconociendo el diseño florar de la etiqueta de Florence Cal.
Mi mirada se desvía hacia la plata que cuelga de su ancho pecho. Casi me había olvidado de las placas de identificación que nunca se ha quitado, excepto una vez. Las que pertenecieron a su abuelo. Desnudos y vulnerables, nos miramos el uno al otro.
—Entonces tal vez deberías dejar de preguntar—
—Nunca— sonríe con sorna. El tintineo de las placas de identificación de su abuelo y nuestra respiración agitada son los únicos ruidos entre nosotros.
Gimo, rasguñándole la espalda desnuda y sudorosa.
—Entonces estarás de rodillas por mucho tiempo—
Su mirada se dirige hacia donde había estado hace un momento. —No es un mal lugar para estar—
—No voy a discutir contigo—
No hay respuesta a eso. En cambio, su dedo empuja mi agujero donde su mano todavía está en mi trasero y comienza a dibujar círculos perezosos a su alrededor. —Quiero esto—
El rugido de deseo que recorre mi cuerpo es difícil de ignorar. Me río. —No lo creo—
Presiona un dedo dentro de mi justo allí. —¿No me digas que una chica fiestera como tú no ha sido follada de esa manera? —
—No, porque no me lo hayan pedido—
—Estoy seguro de que sí. Al igual que estoy seguro de que seré el primero una vez más— sonríe con sorna, la lujuria agitándose en sus ojos grises lo hacen parecer diabólicamente siniestro. Luego me folla más fuerte, mucho más fuerte. Como si nunca quisiera que esto termine, pero sabe que terminará. Ambos sabemos que así será. Tiene que ser así.
Nuestra historia es demasiado complicada, demasiado dañada, irreparable. No solo está rota, esta arruinada. Para nosotros no hay vuelta atrás.
—Basta de hablar— ordena y luego golpea sus labios contra los míos, su lengua rozando la mía y luego succionándola con avidez.
Mis ojos se ponen en blanco y me tenso de adentro hacia afuera. Sus embestidas solo se hacen mas profundas. Somos barbaros. Como animales. Un desastre sudoroso. Enloquecidos. Fuego. Llamas. Una hoguera fuera de control.
No pasa mucho tiempo antes de que Andréi se estremezca con una embestida frenética. —Mierda— gruñe. —Te sientes tan bien— el también se siente bien. Real. Como si le perteneciera. Perfecto.
—Tu también— susurro, dejando salir una parte de mi espíritu que sé que no debo dejar salir.
—Estás tan jodidamente apretada. Me voy a correr—
—Yo también—
La sonrisa que se dibuja en el costado de su boca hace que mi vientre se agite, y esa boca no se detiene. Con su mano en mi cuello, me besa hasta que veo estrellas y luego, perdiendo todo el control, se hunde profundamente.
La felicidad gira en el aire que nos rodea y puedo sentir que no me deja ir.
Siseo entre el frenético balanceo de sus caderas. —Eres mía, Frances. Solo que aún no lo sabes—
El caso es que lo sé. siempre lo he sabido. Pero no puedo serlo.
El tira de mi cabello hacia atrás, haciéndome arquear mientras empuja más fuerte. Mas rápido. Mas adentro.
—Oh, Dios— grito de nuevo.
—¿Te sientes bien? — gruñe.
—Si. Mis piernas tiemblan tanto que pensé que me iba a caer al suelo—
—¿Quieres más? —
—Si, quiero más. Si. Si. Si—
Esto es demasiado bueno. Demasiado. Demasiado abrumador.
El placer me invade de una manera que pienso que durara para siempre. Una montaña rusa sin fin. Mientras tanto, Andréi me penetra con fuerza, profundidad y fiereza. Sus dedos se hunden en mis caderas mientras manipula mi cuerpo para recibir cada embestida dominante.
Este hombre se está desmoronando y yo estoy haciendo esto. Me siento poderosa como no me había sentido en mucho tiempo.
Cuando su cabeza se echó hacia atrás, prácticamente ruge su liberación, corriéndose en una sacudida de placer. Sin decir palabra, ambos flotamos en esa nube de éxtasis. Por unos momentos, nos quedamos donde estamos, sus hombros y su pecho suben y bajan mientras jadea en busca de aire. es lo más sexy que he visto en mi vida. en realidad, él es lo más sexy que he visto en mi vida.
Una vez que ambos nos recuperamos, el se aparta. —Entonces supongo que esto significa que te casarás conmigo—
La arrogancia de todo esto. Ni siquiera es una pregunta. Como si el sexo fuera todo lo que necesita para recuperarme. Bueno, no solo sexo. Buen sexo. Bien. sexo genial. Pero aún así… —No, no lo haré—
La ira brilla en sus ojos mientras se da al vuelta y camina hacia mi baño.
No es buena idea provocarlo, pero lo hago.
—Estoy comprometida con Aldo y tú lo sabes— grito. El inodoro se descarga y el agua corre.
Cuando vuelve a la habitación, el sonido de las placas de identificación de su abuelo es lo único que se oye. Se detiene en un viejo reproductor de CD que no he tocado en años sobre mi escritorio y presiona el botón de reproducción. Comienza a sonar
“Dreams” de Fleedwood Mac y cuando escucho la voz retumbante de Steve Nick, recuerdo el momento en que pensé que gobernaría como un pájaro en vuelo. Creo que el también lo recuerda, aunque no dice nada.
Todavía temblando y tratando de regular mi respiración, trato de comprender mi reacción física hacia él. La forma en que mi cuerpo ansia el suyo como ningún otro. Cuando no entiendo nada, me pregunto si es lo correcto. Este matrimonio arreglaría nuestras empresas y, quien sabe tal vez a ambos.
Levanto la mirada y lo veo subirse la cremallera y ponerse la camisa alrededor de su musculoso torso, sin importarle en absoluto que le falten botones. Estoy a punto de preguntarle si cree que podemos ser felices cuando levanta la mirada con una expresión en blanco que conozco muy bien.
Es entonces cuando puedo ver como el muro vuelve a levantarse. Juro que, si pudiera ver los ladrillos, podría observar cómo capa por capa se forma una torre inquebrantable. Y entonces lo sé. Sé que he sido una estúpida por dejarlo entrar. Sigue estando emocionalmente aislado. Inaccesible como siempre. Nada ha cambiado. No, eso es seguro. Y quién sabe, quizá yo tampoco.
Sintiéndome extremadamente vulnerable en mi estado desnudo, agarro una manta de mi cama y la envuelvo alrededor de mis hombros. Sin decir palabra, camina hacia las cosa que había dejado caer al piso cuando llegué y saca el teléfono de mi bolso. Toca la pantalla antes de mirar hacia arriba.
—Ahora tienes mi número. Envíame un mensaje de texto con la ubicación de tu auto y haré que lo recojan. Mientras tanto puedes conducir el mio. Haré que te lo traigan—
Paso a toda velocidad junto a él y abro la puerta de golpe.
—No quiero tu ayuda. Vete—
Me recibe en el umbral y presiona sus palmas contra mi rostro de tal manera que sus pulgares rodean mi cuello sudoroso y lo aprieta. —La próxima vez que follemos, serás tú quien se arrodille y me chupe la polla hasta que te diga que pares—
—Entonces supongo que no volveremos a follar— trago saliva contra la presión de sus dedos, nuestras miradas se encuentran en una batalla de voluntades.
Me dirige una sonrisa diabólica. —Rodillas, Frances, recuerda eso cuando me ruegues que folle tu coñito apretado—
Por encima de la música, exijo: —¡Vete! —
Toda su confianza brilla cuando me suelta y me dice lo que quiere: —Nos vemos en Bar Sol el viernes a las seis de la noche—
¿Por qué mi primer amor tuvo que convertirse en el hombre más atractivo de la tierra? Me resulta muy difícil resistirme a él.
—No voy a tener una cita contigo—
—Bien, porque no te estoy invitando a salir. Esto son negocios—
—Estoy ocupada—
Ese arrogante movimiento de cabeza con el que responde es incluso excitante. —Entonces, desocúpate. Tengo algo que discutir contigo. Solo necesito unos días para poner las cosas en orden primero—
Ignorando la repentina debilidad en mis rodillas, pongo los ojos en blanco. —No tenemos nada que discutir. Ya dije que no—
Me levanta la barbilla con los dedos y su mirada feroz me penetra. —Oh, nena, definitivamente no dijiste que no—
Mis propios ojos se entrecierran. Su sonrisa de respuesta es desgarradora. —No te preocupes, por tus dulces bragas, esto es algo más que el hecho de que te conviertas en mi esposa. Es un tema que creo que te resultará lo suficientemente interesante como para cambiar de opinión sobre nuestra situación—
Me aparto bruscamente, la curiosidad me pica y quiero saber que es. —No voy a poner un pie en San Mateo—
Esta es una manera de ponerle fin a esto. El odia tanto Healdsburg tanto como yo odio San Mateo. Después de todo, es allí donde habíamos trazado el límite. El límite que había cortado la conexión que una vez habíamos compartido.
Sale por la puerta con las manos en los bolsillos y me sorprende cuando resopla: —Está bien, entonces nos vemos en El puente del rio aquí en Healdsburg. Y Frances— dice lentamente.
—Cuando te invite a salir, lo sabrás—
—No te molestes— espeto.
—Oh, amor, cortejarte se convirtió en mi primera prioridad— trago saliva ante la deliciosa idea, cierro de golpe la puerta, sin darle una respuesta. Por otra parte, no tengo por qué hacerlo. Ambos sabemos que estaré allí. Al igual de que ambos sabemos que estaré de rodillas.
Es solo cuestión de tiempo.