Capítulo 8

1527 Words
Penn cerró la puerta de la pequeña oficina al fondo de la repostería y se quedó de brazos cruzados, mirando a Ezra con seriedad. Afuera se escuchaban las risas y el bullicio de los empleados preparando la producción de la mañana, pero en esa habitación el aire se volvió denso. —¿Qué carajos estás haciendo, Ezra? —preguntó Penn. Ezra, había tomado asiento en la silla detrás del escritorio, se reclinó hacia atrás con la misma tranquilidad de siempre. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios, esa sonrisa que usaba tanto para desarmar a sus enemigos como para coquetear con cualquier mujer que se cruzara en su camino. —No te entiendo, Penn —respondió con fingida inocencia, tamborileando los dedos sobre el escritorio —. ¿Acaso hice algo malo? Penn lo fulminó con la mirada. Lo conocía demasiado bien para dejarse engañar por ese tono relajado. —Sabes perfectamente a qué me refiero. La señorita Mechlowitz. ¿Por qué la trajiste aquí? Ese no era el plan. Ezra se encogió de hombros, como si hablara de algo tan banal como cambiar de postre en el menú. —Solo la traje a conocer el lugar. Le hablé de la repostería, de cómo empezó todo… Quería enseñárselo, nada más. Penn se quedó en silencio unos segundos, observando cada gesto de su jefe y amigo. Hacía años que conocía a Ezra, lo había visto manipular, pelear, sangrar y sobrevivir a lo imposible, pero jamás lo había visto así. Había una chispa distinta en sus ojos, una especie de brillo que lo inquietaba. Porque Cameron no era cualquier mujer. Se suponía que ella era parte de los enemigos. El plan desde el principio había sido claro: secuestrarla, encerrarla, hacerle la vida miserable y, a través de su sufrimiento, hacer que Dominik Mancini, el jurado enemigo de Ezra sintiera en carne propia lo que significaba perder lo único que protegía con tanto recelo. Habían investigado todo sobre él. Dominik tenía un único punto débil y era Cameron Mechlowitz. No sabían el motivo, pero la mantenía vigilada, cuidada, como si fuera un tesoro imposible de tocar. Se confirmó cuando anunció su compromiso y boda con ella. Ese era el momento perfecto para destruirlo. Ezra quiso destrozar eso. Quiso arrancarle a Dominik la debilidad y convertirla en su arma. Después de todo, Ezra tenía motivos de sobra. La familia Mancini había sido responsable de la muerte de sus padres. Por un simple territorio. Su padre había sido un hombre recto, que jamás se involucró en los negocios turbios, que se negó a ceder un pedazo de lo que era suyo a los mafiosos y lo pagó con su vida. Ezra recordaba los gritos, la sangre, el frío de aquella noche, como su padre lo empujó y le pidió que huyerá, era solo un niño y solo obedeció, cuando volvió se dio cuenta que era demasiado tarde. Ezra fue llevado a un miserable orfanato en el que fue tratado como escoria, pasó de tener una vida estable a ser basura, se lo hacían recordar cada vez que podían. Por eso juró vengarse. Porque jamás recuperaría a su familia, ni los recuerdos que le habían robado. Cuando cumplió la mayoría de edad, un abogado le entregó un sobre, una suma de dinero, parte de un testamento que su padre había dejado. Una limosna en comparación con lo que los Mancini le habían arrebatado. No había empresa, no había propiedades, solo la amarga confirmación de que nunca volvería a tener un hogar. Ese fue el inicio de su camino en la mafia. Un camino que había seguido con un único propósito de hacer pagar a los Mancini. Y ahora, con Dominik dirigiendo su territorio, ese era su objetivo principal. Penn respiró hondo, regresando al presente. —Ezra… ¿no estarás… enamorándote de la chica? La pregunta quedó flotando en el aire. Ezra soltó una carcajada, ligera y burlona. —No digas tonterías, Penn. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el escritorio y entrelazando las manos—. Simplemente cambié de planes. —¿Has cambiado de planes? —repitió Penn con desconfianza —¿Qué se supone que significa eso? Ezra asintió, sin perder su sonrisa confiada. —Tener a Cameron secuestrada es demasiado trabajo. Sería encierro, vigilancia, peleas constantes… un desperdicio de energía. Pero si está aquí por su propia voluntad… es mucho mejor. Penn frunció el ceño. —¿Qué intentas decir? Ezra se levantó despacio, caminando hacia la ventana de la oficina. A través del vidrio pudo ver a Cameron. Estaba en la cocina, riendo con las trabajadoras que le enseñaban a amasar pan. Se le veía natural, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Ezra sonrió, pero esta vez de un modo distinto. Había algo en ella que lo atrapaba. —Voy a hacer que se enamore de mí —dijo con calma, como quien anuncia un hecho inevitable—. Y así nunca querrá irse de mi lado. Penn lo observó en silencio, procesando esas palabras. —¿Estás diciendo que…? —Dominik la perderá para siempre —interrumpió Ezra, sin apartar la vista de Cameron—. Jamás volverá a tenerla. Y créeme, será un golpe más duro que cualquier bala. Penn se cruzó de brazos, incómodo. Sospechaba que lo que motivaba a Ezra ya no era únicamente venganza. Había algo más profundo, algo que él mismo no quería admitir. —¿Y qué pasa con los riesgos? —cuestionó Penn —. Sabemos que la va a buscar y cuando la encuentre... —Estamos muy lejos y esté no es su territorio, no va a venir aquí. —Creo que hay demasiado en juego, Ezra —expresó intentando persuadir —. El plan original era más seguro, aún hay tiempo, solo piénselo bien. Ezra no respondió. Se quedó observando a Cameron un rato más, fascinado por la forma en que su risa iluminaba el lugar. Quizás, por primera vez, empezaba a entender la obsesión de Dominik. Cameron… Tenía las manos llenas de harina y la frente cubierta de un mechón rebelde que no dejaba de caerme, pero no me importaba. Estaba muerta de risa. Rosa, una de las trabajadoras, intentaba enseñarme a amasar pan, aunque parecía más un caso perdido que una lección de cocina. —¡Así no, mujer! —me dijo entre carcajadas empujándome las manos—. Si aprietas con tanta fuerza, vas a hacer un ladrillo, no pan. —¡Perdón! —respondí riendo—. Yo soy más de comerlo que de hacerlo. Todas soltaron carcajadas y yo me dejé contagiar. No recordaba la última vez que me había reído de esa manera, tan ligera, tan sincera. —Oye, Cameron… —me llamó Clara, una chica delgada probablemente más joven, estaba sonriendo —. ¿Cómo conociste al jefe? Me quedé en blanco un segundo. —¿A Ezra? Pues… —me aclaré la garganta—. Fue por casualidad. —¿Casualidad? —Rosa levantó una ceja como si no me creyera ni una palabra—. Mira que el señor Genoseve no es de los que creen en casualidades. —Y mucho menos en mujeres —añadió Clara con un brillo curioso en los ojos. Las demás asintieron, todas atentas, y yo arqueé una ceja, medio divertida, medio intrigada. —¿Qué quieren decir? Se miraron entre sí como si compartieran un secreto. Finalmente, Rosa se encogió de hombros. —El jefe es… bueno, un encanto. Siempre pendiente, generoso, amable, como si no fuera parte de este mundo tan sucio. —señaló —Pero nunca, y cuando digo nunca es nunca —continuó moviendo las manos —, lo hemos visto traer a una mujer aquí. —Y menos dice que es su novia —sonrió Clara muy entusiasmada. —¿En serio? —murmuré sorprendida. —Y eso nos tiene intrigadas —añadió otra con risa cómplice—. ¿Qué le hiciste? ¿Cómo lograste conquistar al jefe? Yo sentí el calor en mi rostro, seguramente ya estaba cambiando de color y no podía evitarlo. Bajé la mirada hacia la masa, tratando de disimular, aunque la sonrisa se me escapaba. —Yo no le hice nada —contesté sincera, porque en realidad Ezra era un completo enigma para mí—. Tal vez… él me conquistó a mí sin que me diera cuenta. Todas chillaron como si acabara de confesar algo prohibido y yo no pude evitar reírme con ellas, tapándome la cara con las manos llenas de harina. Y justo en ese momento, una voz profunda interrumpió la escena. —¿De qué se ríen tanto? Levanté la cabeza y ahí estaba Ezra, apoyado en la puerta con esa sonrisa relajada y pícara que parecía tener un significado oculto. Las chicas se callaron de inmediato, algunas todavía riéndose por lo bajo, y yo… bueno, sentí que el corazón me dio un brinco ridículo. Ezra les sonrió a todas, como si fueran cómplices de un secreto, pero cuando sus ojos se posaron en mí… no sé, fue distinto. Me miraba como si yo fuera el único motivo de su visita a la cocina.
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