Capítulo 7

1838 Words
Lo admito, Ezra me ganó con su insistencia. Yo había jurado que iba a pasar solo una noche en su departamento y luego desaparecería para no molestarlo más, pero una sola noche se convirtieron en dos y estaba bien, estaba consciente que él seguía siendo solo un desconocido que me salvó de un horrible destino en esa boda, al menos es lo que me repetía constantemente para no encariñarme demasiado con él, quería salir de aquí porque Ezra era tan perfecto. Pero también era terco y cada vez que quería tocar el tema me convencía de quedarme más tiempo. Y no solo logró eso, también hizo que disfrutará cada minuto a su lado, esto era demasiado. Era increíble estar con él. Ezra no solo era atento y amable, también tenía esa dualidad que me confundía, por un lado quería llevarme a la cama cada vez que me miraba (lo cual yo tampoco es que rechazara, porque vaya que sabía que hacer), y por otro, después de tenerme jadeando y con las piernas temblando, se levantaba y me cocinaba algo delicioso, como si quisiera compensarme por cada orgasmo. —Es mi forma de cuidarte —me había dicho, poniéndome enfrente un plato de pasta con salsa cremosa que sabía mejor que cualquier restaurante caro. Y vaya que sabía de restaurantes caros por el tiempo que los visitaba con mi padre. —Es que nunca se te acaban las ideas —curioseé —. ¿Desde cuándo cocinas? Él tomó asiento a mi lado. —Desde que era niño, aunque no exactamente yo —aclaró —. Me metía a la cocina para ver los platillos y cuando fui al orfanato hice lo mismo. Es tan perfecto que a veces olvido que no tiene familia, es triste saber que tuvo un pasado tan malo, crecer sin padres y rodeado de extraños, debió ser duro. —Seguro eras el favorito del chef —mencioné tomando su mano, él la vio un instante y luego me sonrió. —La señora Wheeler era la cocinera del orfanato y aunque aparentaba que no me soportaba, yo sabía que sí, principalmente porque me dejaba los platos sucios, pero aprendí mucho con ella, principalmente que sí quieres hacerlo, no lo hagas a medias, todo tiene que ser con tu mayor esfuerzo y dedicación. —Es un gran consejo. Probé el platillo y como todos los anteriores estaba delicioso. ¿Quién era este hombre? ¿Un amante o un chef personal? Yo todavía no lo tenía claro. Los días con él eran una mezcla deliciosa de sexo, comida y conversaciones ligeras. Me hacía preguntas que nadie me había hecho antes, sobre mis gustos, mis pasatiempos, lo que pensaba de las películas malas de terror. Y me escuchaba, realmente me escuchaba, como si lo que yo dijera fuera lo más importante del mundo. Así que sí, yo pensaba irme pronto, pero Ezra me sorprendió al tercer día con una propuesta que me descolocó. —Quiero que vengas conmigo a una de mis reposterías. Yo lo miré como si hubiera perdido la cabeza. —¿Qué? No, imposible. —¿Por qué no? —me sonrió, apoyado en la encimera, con esos ojos adorables y esa sonrisa tierna que me decía que no tocaba ni una hormiga de la cocina, me volvía loca verlo de esa manera. —Porque… no puedo salir. —Me miré a mí misma. Estaba usando su camiseta grande y nada más—. Ni siquiera tengo ropa decente. Fue lo primero que se me ocurrió decir, aunque lo que realmente debí mencionar fue que posiblemente mi padre y mi exprometido me están buscando para acabar conmigo allá afuera, definitivamente no voy a ir a ninguna parte hasta que esté segura de mis pasos y no caer en sus garras. —Eso lo solucionamos pasando a comprar algo. —Lo dijo como si fuera lo más lógico del mundo. Negué con la cabeza, cruzando los brazos. De ninguna forma iba a permitir que me vieran con él, no quería que le hicieran daño a él, así que tenía que evitar que nos vieran juntos. —No. —Sí. —Él se acercó, apoyó sus manos en mis caderas y me miró fijo—. Vamos, Cameron. Quiero que me acompañes. Estoy seguro que te va a encantar el lugar. —No quiero. —Pero mi voz sonó débil, porque en ese momento me besó el cuello, sentí el cosquilleo con sus labios rozando mi piel. Se tomó un momento y subió a mi boca para besarme, no fue un beso cualquiera, fue de esos que te hacen perder la voluntad y olvidar tus propios argumentos. Al final, obviamente, acepté. Ezra siempre sabía cómo convencerme. Salimos del edificio y, tal como prometió, paramos en una tienda de ropa. Yo solo quería entrar, escoger lo primero que viera y salir volando. Pero Ezra sugirió entrar conmigo y que yo me tomará mi tiempo para probarme la ropa y que me llevará con lo que me sentía cómoda, siempre era así de atento. Aunque todo se arruinó con la chica de la tienda, parecía sacada de un catálogo, esas modelos que uno piensa que son imposibles de ver… pues a mi me tocó ver una. Alta, delgada, sonrisa perfecta y, lo peor, demasiado amable con Ezra. —¡Bienvenido! —prácticamente lo devoró con la mirada apenas entramos—. ¿En qué puedo ayudarles? Ezra, como el caballero encantador que es, le devolvió la sonrisa. —Necesitamos ropa para ella. "Necesitamos". ¿En serio? Yo ya estaba frunciendo el ceño mientras la mujer me recorría con la mirada y después volvía a clavar los ojos en Ezra. —Por supuesto, tenemos varios conjuntos que le encantarán —respondió ella, yendo al lado de él. Se supone que me tenía que atender a mí, ¿Qué hace al lado de él? Me hervía la sangre. Esa chica no me estaba viendo a mí, estaba viendo a mi… bueno, no sabía cómo llamarlo todavía, pero lo cierto era que Ezra estaba conmigo. Que veniamos juntos y que está maldita tienda era de ropa de mujeres y tenía que atender a las mujeres. Estaba a punto de estallar y sentía que no lo iba a soportar más. Así que hice lo que cualquiera en mi lugar, agarré el primer conjunto que encontré en un perchero. —Este —dije —. Vámonos. Ezra me miró sorprendido por la rapidez con que tomé la prenda de ropa. —¿Estás segura? —dudó viendo la ropa —. Podrías probarte varios y ver con lo que te sientas más cómoda. —Tiene razón, estoy segura tengo más estilos allá atrás —mencionó la chica, pero no se movió del lado de Ezra. No iba a ir yo por ellos, de eso estaba segura y ya no quería estar más aquí. —No, este está bien. —Le clavé una mirada que quería decir: "Ni una palabra más o te lo lanzo a la cara". Él suspiró, pero no discutió. En cambio, se giró hacia la chica. —Lo que ella quiera. La sonrisa de la mujer se ensanchó. —Qué afortunada eres. Ojalá yo tuviera un novio así —le tocó el brazo a Ezra. Ese comentario y sobre todo el gesto fue la gota que colmó el vaso. Sentí cómo mi cara se ponía roja de rabia. —Estoy lista. —le dije a Ezra, y salí de la tienda casi a zancadas. Fui directo al auto, no pensaba quedarme un segundo más en la tienda, estaba con los brazos cruzados y el corazón latiendo rápido. Tardó unos minutos en salir, se sintió como una eternidad, al menos pensé que estaría a mi lado enseguida, pero no lo hizo, empecé a mover mi pie con impaciencia, miré el otro lado de la puerta, debería irme ahora, después de todo ese era mi plan inicial. Reaccioné cuando escuché la puerta abrirse, mi enojo se hizo más grande, estaba a punto de explotar. —¿Qué estabas haciendo? ¿Despidiéndote de tu amiguita? Él me miró sorprendido. —Estaba pagando y recogiendo la ropa. —Claro. —Le arrebaté la bolsa de las manos—. La próxima vez deberías invitarla también. Seguro le encantaría. Ezra me sostuvo la mirada por un segundo y entonces sonrió de lado, como si hubiera entendido todo. —Estás celosa. —No estoy celosa. —mentí descaradamente. En lugar de discutir, él se acercó, me tomó de la cintura y me besó con una pasión que casi me hizo olvidar mi enojo. Su lengua reclamó la mía, y sus manos bajaron hasta mis glúteos, apretándolos con fuerza. —No estés celosa —susurró contra mis labios—. Porque la que me vuelve loco eres tú. Me quedé sin argumentos. Ese hombre sabía exactamente qué decir y qué hacer para convencerme. El resto del camino lo pasé en silencio, todavía un poco enfadada pero también con una sonrisa escondida que no podía controlar. Finalmente, llegamos a la repostería. El lugar era amplio, con vitrinas llenas de pasteles y panes que parecían sacados de un sueño. Apenas entramos, varios trabajadores se acercaron felices. —¡Ezra! —lo saludaron, como si hubiera regresado un héroe de guerra. Yo los observaba en silencio. Era evidente que lo querían de verdad, que lo respetaban. Esa calidez en el ambiente me sorprendió. Al poco rato, un hombre delgado con gafas apareció por el pasillo desde el interior. Su rostro era serio, demasiado serio. —Señor Genovese, tenemos que habla —me miró de pies a cabeza y luego volvió a él —. En privado. Ezra le tendió la mano a modo de saludo, sin perder la calma. —Más tarde, tengo algo más importante ahora. El hombre volvió a verme, y la expresión que me dedicó fue todo menos amigable. Ezra, como si nada, me rodeó con un brazo. —Ella es Cameron —me presentó —. Cameron él es mi asistente Penn, es un gruñón. —Jefe, esto es importante. —Todo es importante contigo, Penn. —Por favor, jefe. Finalmente Ezra se dio por vencido, me dio un beso en la frente antes de separarse. —No me va a dejar en paz, Penn es un pesado. —Estoy justo aquí —contestó Penn. —Ya lo sé. Me tomó por los hombros y me llevó con los empleados. —Traten bien a mi novia mientras hablo con él. "¿Mi novia?". Sentí que me faltaba el aire. ¿Desde cuándo era oficialmente su novia? Yo no había firmado ningún contrato. Las chicas de la repostería no perdieron tiempo. Sonrieron emocionadas y se acercaron a mí. —Ven, te mostraremos la cocina, seguro te encantará. Aún con el eco de la palabra "novia" resonando en mis oídos, las seguí. No sabía si quería darle un puñetazo a Ezra por esa declaración o abrazarlo fuerte. Pero una cosa era segura… ese hombre sabía exactamente cómo desarmarme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD