El corazón de Gianna se sobresaltó, miró a Joaquin, no era el mismo que regresó con ella a la hacienda, se veía distinto. —Claro, pero la verdad me asustas, tengo miedo de lo que me vas a decir. Joaquin entrecerró sus ojos, la tomó de las mejillas, la besó, su beso fue dulce, tierno. Gianna como siempre se estremeció, saboreó los labios de él. —Tranquila, que yo jamás te lastimaría. Gianna le brindó una sonrisa, y enseguida cuando los canastos estuvieron llenos de racimos, los colocaron en las grandes tinas que estaban dispuestas en la hacienda. La ceremonia decía que primero debían pisar las uvas las mujeres porque ellas eran las que daban la vid, entonces con ayuda de los caballeros se metieron en las canecas y al ritmo de la música, bailaban y pisaban los racimos. —No vayas

