A las seis en punto, Amaya apagó el ordenador, recogió sus cosas y salió de la oficina junto con los demás empleados. Isabel caminaba a su lado, observándola con atención. —¿Segura que todo está bien? Desde que saliste del despacho de don Eusebio, te noto algo... tensa —insistió Isabel. Amaya forzó una sonrisa mientras ajustaba la correa de su bolso. —Sí, todo bien. Solo fue un día agotador. Isabel frunció el ceño, claramente preocupada, pero no quiso presionarla más. —Si necesitas hablar, sabes que estoy aquí. Amaya asintió con gratitud antes de despedirse. Tomó un taxi hacia el hospital, deseando dejar atrás las incomodidades del día y concentrarse en lo único que realmente importaba: Lucas. Cuando llegó a la Unidad de Cuidados Intensivos, saludó al personal y se dirigió al cubícu

