Amaya no durmió esa noche. Sentada en la cama, abrazando a Lucas, repasaba una y otra vez todo lo que había descubierto. Álvaro estaba en la sala, inmóvil, como si no supiera qué hacer ni qué decir para arreglar lo que había sucedido. Pero Amaya había tomado una decisión. Al amanecer, se levantó con cuidado para no despertar a Lucas. Su hermano había llorado hasta quedarse dormido, y verlo en ese estado solo fortalecía su resolución. Amaya comenzó a empacar lo esencial: ropa para ella y Lucas, documentos importantes y algunas pertenencias sentimentales. Cuando terminó, miró alrededor del apartamento que había sido su hogar en los últimos meses. Sus ojos se detuvieron en una foto de su boda con Álvaro. La tomó con manos temblorosas, y por un momento, dudó. Pero la imagen de sus padres y e

