El camión se detuvo en la plaza principal de un pequeño pueblo. Matilde bajó lentamente, agradeciendo al conductor con un gesto mientras sus ojos recorrían el lugar. Las casas eran modestas pero acogedoras, con techos de tejas y paredes de colores vibrantes. En la esquina, una panadería emitía un delicioso aroma a pan recién horneado, pero aún no abría al público. Matilde se sentó en un banco de madera, sosteniendo su bolso con fuerza mientras trataba de decidir qué hacer. Sabía que necesitaba comunicarse con Álvaro, pero la falta de un teléfono y la posibilidad de que Eusebio o Claudia se enteraran de su paradero la llenaban de dudas. —No puedo quedarme aquí por mucho tiempo… —murmuró para sí misma. Para suerte de ella, en la iglesia de frente al parque, las campanas repicaron, miró c

