Amaya se sentía completamente fuera de lugar en aquella mesa rodeada de mujeres elegantes que la observaban como si fuera un espécimen extraño. Claudia, siempre con una sonrisa impecable, lideraba la conversación, mientras las demás lanzaban miradas y comentarios que, aunque parecían casuales, estaban cargados de intenciones ocultas. —Entonces, Amaya —dijo una de las amigas de Claudia, una mujer de cabello rubio perfectamente peinado—, ¿has visitado Europa alguna vez? Amaya tragó saliva, sintiendo cómo todas las miradas se posaban sobre ella. —No, nunca he salido del país —respondió con sinceridad, aunque trató de mantener la calma. La mujer arqueó una ceja, y las otras intercambiaron miradas que Amaya no supo interpretar del todo, pero que la hicieron sentirse aún más pequeña. —Es un

