Amaya se levantó temprano aquella mañana, con el corazón latiendo apresuradamente. La ansiedad y la emoción se mezclaban en un torbellino que le impedía pensar con claridad. Se dirigió al pequeño armario donde colgaban las prendas nuevas que Isabel la había ayudado a elegir el día anterior. Era la primera vez en años que podía usar ropa completamente suya, no heredada de Camila o de alguna vecina caritativa. Ese simple hecho la llenó de una sensación extraña, como si de repente comenzara a pertenecer a un mundo que hasta ahora le había sido ajeno. Eligió un pantalón n***o recto, de tela sencilla pero impecable, y una blusa azul claro que le daba un aire fresco y profesional. Mientras se vestía, alisó las arrugas invisibles de la blusa con las palmas, un gesto que parecía más un intento de

