El ascensor llegó a su destino, y Amaya tomó aire antes de salir. Había trabajo que hacer, y no podía permitirse distracciones... aunque las palabras y los gestos de Álvaro seguían rondando en su mente y clavándose en su corazón. Más tarde, Amaya guardó el informe en una carpeta y apagó el computador. Con su bolso en mano, caminó hacia Isabel, quien terminaba de organizar unos documentos. —Me voy, Isabel. El señor Álvaro me dio permiso para salir temprano —avisó con una leve sonrisa. —Claro, ve tranquila. ¿Todo bien con el informe? —preguntó Isabel, levantando la mirada con interés. Amaya asintió. —Todo listo. Gracias por tu ayuda. Cuando se disponía a cruzar la puerta, un hombre mayor, con un porte imponente y mirada penetrante con un aire parecido a Álvaro, apareció en el umbral.

