Amaya abrió los ojos con sorpresa, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. Tragó saliva, nerviosa, pero asintió con timidez. —Yo… puedo intentarlo —murmuró. Álvaro sonrió, tomando sus manos entre las suyas y guiándolas hacia los botones de su camisa. —No hay prisa, hazlo a tu ritmo. Ella dejó escapar un leve suspiro, sus dedos temblaban mientras comenzaba a desabotonar la camisa de Álvaro. A medida que lo hacía, su piel cálida y firme quedaba al descubierto. Amaya no pudo evitar detenerse un momento, sus ojos recorrían cada detalle de su torso. Sus músculos definidos, pero no abrumadores; su pecho fuerte, su piel clara y tersa. Era como si estuviera contemplando una obra de arte viva. —Eres… impresionante —murmuró sin darse cuenta. Álvaro soltó una risa suave, inclinando la cab

