Amaya lo miró, sus labios estaban hinchados y su respiración entrecortada. Su respuesta fue un susurro tembloroso, pero sincero. —Yo también te amo, Álvaro. Pero… Él no la dejó terminar. Colocó un dedo sobre sus labios antes de besarla nuevamente, silenciando cualquier protesta que pudiera surgir. Esta vez, el beso fue más lento, lleno de promesas silenciosas. —Pero nada… —susurró contra su piel, inclinándose hacia su cuello para dejar un rastro de besos que la hizo estremecerse. Amaya clavó sus uñas en los brazos de Álvaro, su cuerpo se estremeció ante las caricias de él. Sin soltarla, Álvaro la levantó ligeramente, haciendo que sus piernas se aferraran a su cintura mientras la sostenía firmemente contra la pared, sin separarse de ella, la levantó en brazos y la llevó hacia el sofá,

