Cap. 6: Explícale que esto no es un juego

1354 Words
“¿Está segura de que puede darse el lujo de irse?” Por un instante, su mano se mantuvo firme en la manija, dispuesta a salir, pero su mente volvió a Lucas, acostado en la cama del hospital, pálido y conectado a las máquinas. El rostro de su hermano menor, tan frágil, era el recordatorio constante de por qué estaba allí. Su corazón latía con fuerza, no de miedo, sino de indignación. Amaya giró lentamente, su mirada se clavó en Álvaro. —¿Cree que puede usar mi desesperación para burlarse de mí? —espetó con la voz cargada de rabia. Su cuerpo temblaba. Era como si las palabras, reprimidas por tanto tiempo, finalmente hubieran encontrado salida—. Ustedes, los ricos, creen que pueden comprarlo todo: la verdad, las conciencias… ¿La vida de mi hermano también está en venta? —Su voz se quebró al final, pero su mirada permaneció firme. Álvaro, de pie detrás de su escritorio, mantuvo la compostura. Por un momento, consideró interrumpirla, pero algo en su tono lo hizo permanecer en silencio. Observaba a Amaya como si fuera un enigma por descifrar, con esa mezcla de irritación y algo más que no lograba identificar. —Cálmese, señorita Ramírez. Nadie aquí está jugando con usted. —Álvaro dio un paso hacia ella, con su tono más suave, pero su postura firme. —¿Calmarme? —Amaya soltó una risa amarga, un sonido que no tenía nada de alegría—. ¿Cómo puedo estar calmada cuando lo único que he hecho en los últimos meses es luchar por la vida de Lucas? ¿Y usted, con su dinero y su poder, cree que esto es un juego? —Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos, pero Amaya las contuvo con fuerza. No iba a mostrar debilidad frente a él. Álvaro avanzó otro paso, con las manos ligeramente levantadas en un gesto pacificador. —Señorita Ramírez, no quiero faltarle el respeto ni menospreciar su situación. Si usted me da un momento, puedo explicarle cómo este trato puede beneficiarnos a ambos. Sin embargo, antes de que pudiera decir más, Amaya sintió un mareo repentino. Sus piernas temblaron, y el mundo a su alrededor comenzó a girar. Intentó aferrarse a algo, pero no encontró apoyo. Álvaro alcanzó a dar un paso hacia ella cuando su cuerpo cedió. —¡Lo que me faltaba! —gruñó Álvaro mientras sujetaba con firmeza el cuerpo desmayado de Amaya. Sus ojos recorrieron el rostro pálido de la joven, y aunque no lo admitiría, algo en la fragilidad de su expresión lo descolocó. —¡Alfonso! ¡Isabel! ¡Ayuda aquí! —gritó, con un tono que combinaba frustración y urgencia. Alfonso llegó al despacho en un instante, seguido de Isabel, que lucía alarmada. —¿Qué pasó? —preguntó Alfonso, acercándose rápidamente. —No lo sé, se desmayó de repente. Vamos a la sala de descanso. Isabel, llama a un médico ahora mismo —ordenó Álvaro, mientras Alfonso lo ayudaba a cargar a Amaya. La llevaron con cuidado a una pequeña sala adyacente, donde Álvaro la colocó con delicadeza en un cómodo sofá. La observó mientras Isabel se apresuraba a hacer la llamada. Los rizos oscuros de Amaya caían desordenados sobre sus hombros, y su rostro, estaba marcado por una palidez que lo inquietó más de lo que esperaba. —¿Crees que sea grave? —preguntó Alfonso en voz baja, mientras ajustaba un cojín bajo la cabeza de Amaya. —No lo sé —respondió Álvaro, con la mirada fija en ella. Aunque su rostro permanecía impasible, sus dedos se cerraron con fuerza en un gesto inconsciente de tensión—. Pero parece que esto es más serio de lo que pensábamos. Amaya abrió los ojos lentamente, parpadeando varias veces mientras intentaba enfocarse. La luz suave de la sala le resultaba menos agresiva que la del despacho, pero el mareo persistía. Cuando intentó incorporarse, su cuerpo se negó a obedecer. —Tranquila, Amaya. Soy Alfonso —mencionó con una voz familiar, calmada y reconfortante. Estaba sentado a su lado, con una mano levantada en un gesto tranquilizador—. Descansa. Ya viene un médico a revisarte. Amaya volvió a recostarse, aunque su respiración era irregular. Cerró los ojos un momento, tratando de reorientarse, pero cuando los abrió de nuevo, su voz salió débil y temblorosa. —Lucas… Tengo que ir con él. Me necesita. Alfonso intercambió una mirada con Álvaro, que estaba de pie al fondo de la sala, observando todo con los brazos cruzados. Aunque su expresión parecía distante, sus ojos estaban clavados en Amaya con una intensidad que no pasó desapercibida para Alfonso. —Amaya, tranquila —susurró Alfonso, inclinándose hacia ella—. Lucas está bien por ahora. Pero si no te cuidas, ¿cómo vas a ayudarlo? Amaya pareció procesar esas palabras por un instante antes de cerrar los ojos nuevamente. Su cuerpo se relajó un poco, como si cediera al agotamiento. Unos minutos después, el médico llegó y realizó una rápida revisión. Álvaro y Alfonso esperaron en el pasillo, ambos sumidos en un silencio cargado. Finalmente, el médico salió, con la Tablet en la mano. —¿Cómo está? —preguntó Álvaro, en un tono que intentaba sonar indiferente, pero que traicionaba cierta preocupación. —Tiene una baja de azúcar. Me comentó que no ha comido nada desde ayer. Necesita descansar y alimentarse adecuadamente. No hay nada grave, pero si esto se repite, podría debilitarse aún más. Le recomiendo vigilar su salud. Álvaro asintió, mirando a Alfonso de reojo. Ambos intercambiaron una mirada breve, pero cargada de entendimiento. —Gracias, doctor. —Álvaro se giró hacia Isabel, que esperaba cerca—. Pide algo de comida para ella. Asegúrate de que sea nutritivo y ligero. Isabel asintió y salió apresuradamente. Álvaro permaneció inmóvil por un momento antes de girarse hacia Alfonso. —Habla con ella. Explícale que esto no es un juego. Quiero que esté tranquila antes de volver a mi despacho. Alfonso sonrió, habló con un tono de burla en su voz. —¿Y desde cuándo soy el negociador oficial de tus problemas? Álvaro no respondió, solo lo miró fijamente hasta que Alfonso suspiró, levantando las manos en señal de rendición. —Está bien, está bien. Yo hablaré con ella. Amaya parpadeó un par de veces cuando vio entrar a Alfonso, con una expresión seria pero tranquila. —Vaya susto que nos diste, Amaya —expresó Alfonso, sentándose a su lado. Amaya trató de incorporarse, pero Alfonso levantó una mano, deteniéndola suavemente. —Tranquila, no te esfuerces. El médico ya te revisó. Dijo que tienes una baja de azúcar. —Su tono era amable, aunque directo—. ¿No has comido nada desde ayer? Amaya bajó la mirada, jugando con sus dedos. —No tenía tiempo… ni mucho dinero para gastar. Alfonso dejó escapar un suspiro, su expresión se suavizó. —Mira, entiendo lo que estás pasando. Créeme, no me imagino lo difícil que debe ser. Pero si vas a seguir luchando por tu hermano, necesitas cuidarte. Esto no te va a servir de nada si terminas en una cama de hospital. Amaya levantó la mirada, notando la sinceridad en las palabras de Alfonso. —Yo… no sabía que iba a pasar todo esto. No me lo esperaba —murmuró, su voz temblorosa—. Por qué hacen esto ¿es para humillarme? Alfonso negó con la cabeza, apoyando un brazo en el respaldo de la silla. —No, Amaya. Esto no es una broma. Álvaro no está jugando contigo. Es un hombre complicado, sí, pero si te dio esta oportunidad, créeme, es porque te ve capaz de cumplir con lo que necesita. Amaya lo observó en silencio, tratando de procesar lo que decía. —Pero… —Mira —interrumpió Alfonso, levantándose—, cálmate un poco, come algo cuando te lo traigan, y luego habla con él. Te está esperando para explicarte todo con claridad. Amaya asintió lentamente, sus dedos se cerraron con fuerza. Había muchas dudas en su mente, pero sabía que no tenía opción. Por Lucas, enfrentaría a Álvaro Santibáñez una vez más.
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