La luz del sol se filtraba a través de las cortinas del apartamento, iluminando la habitación con un resplandor cálido. Amaya abrió los ojos lento, sintiendo la calidez de las sábanas a su alrededor y el leve sonido del agua apagándose en el baño. Antes de que pudiera moverse, la puerta del baño se abrió, y Álvaro salió envuelto en una toalla blanca alrededor de la cintura, con pequeñas gotas de agua resbalando por su torso atlético. Amaya lo miró con los ojos entrecerrados, pero cuando la claridad de la luz reveló todos los detalles de su figura en el día, sus mejillas se encendieron al instante. Desvió la mirada, pero no antes de que Álvaro lo notara. —¿Qué pasa, Amaya? —preguntó, divertido, mientras se acercaba a la cama con una sonrisa traviesa—. ¿Acaso la noche anterior no me viste…

