Al siguiente día pedí a Edrick que me acompañara al cementerio de Forks, necesitaba visitar la tumba de mi madre. Le llevé una corona de rosas blancas y pedí a Edrick que se deshiciera de las otras nueve coronars que tenían sus flores ya marchitas. Allí, al pie de su tumba construida con mármol y diseños de marfil, me senté cuidadosamente, contemplando la lápida y mirando los minutos pasar frente a mis ojos, en silencio, porque Edrick me dio mi espacio, no alejándose más de doce metros de mí. Tuve mi momento de meditación, imaginando el recuerdo de mi madre y el de Carla consecuentemente, donde sea que estuvieran ahora, sólo deseaba que fuera algún buen lugar. O tranquilas estuvieran descansando en una inconsciencia eterna, lejos de tormentos. Ese día siguiente er

