Llego a mi despacho, me aflojo la corbata, y sonrió al verla ahí sentada, en la silla detrás del escritorio, su cabellos recogidos detrás de su linda oreja, mientras lee el libro que ella misma hizo que perdiera el interés de leerlo. La miro ensimismada en su lectura, y pienso en lo afortunado qué soy, un viejo como yo, entusiasmado, por la joven qué alguna vez miré como mi sobrina política, me espera paciente, en el sitio donde he trabajado la mayor parte de mi vida. —Luces tan hermosa, desde mis ojos —digo de forma precisa, y siento que mis palabras no son vacías, en verdad siento en el alma cada frase que mi pensamiento, me permite expresar. —Señor Anderson, al fin llega —responde Ariana, mientras con una sonrisa iluminando su rostro, me muestra su bellos ojos azules. —Moría por

