1.3

2037 Words
La Estela de Carol Mi hermana siempre parecía hecha de luz. No metafóricamente —aunque también— sino físicamente. Su piel tenía esa translucidez que hacía que las venas de sus muñecas parecieran mapas de ríos azules, y su cabello, blanco desde que nació, no era gris ni plateado sino el blanco de la espuma del mar cuando el sol la atraviesa. Carol era un error genético hermoso, una anomalía que nuestra madre llamaba "bendición" y nuestro padre "responsabilidad". Ese día, en el Hotel Aurora, la luz parecía emanar de ella misma. La había visto vestirse esa mañana, ayudándola con los botones de perla que recorrían su espalda como una columna vertebral de nácar. El vestido era un organza pesada que crujía cuando ella se movía, y cuando se giró para mirarme por el espejo, vi algo que no supe interpretar. No era felicidad pura. Había una sombra en sus ojos azules, una reserva que no tenía nombre. —¿Cómo me veo? —preguntó. —Como una diosa —respondí, porque era lo que se esperaba. Carol sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Levantó las manos —temblaban apenas, un movimiento casi imperceptible que solo yo podía notar porque la observaba con la atención desesperada de quien sabe que está perdiendo algo— y se ajustó el velo. —Eva —dijo, y su voz cambió. Se volvió más ligera, más joven, como si retrocediéramos en el tiempo—. ¿Recuerdas cuando éramos pequeñas y decíamos que nunca nos casaríamos? Que viviríamos juntas en una casa con diez gatos y un jardín lleno de girasoles. —Tú eras la que quería los gatos —dije, forzando una risa que sonó falsa incluso para mí—. Yo quería perros. —Siempre fuiste más valiente que yo. No supe qué responder. Carol se giró del todo, tomando mis manos entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, a pesar de que la habitación estaba sofocante por los radiadores de noviembre. —Prométeme algo —dijo, y su tono me erizó la piel de la nuca. —Lo que sea. —Que no dejarás que el miedo decida por ti. Que cuando llegue tu momento, elegirás con el corazón, no con el deber. —Carol, estás hablando como si... Ella puso un dedo sobre mis labios. El tacto era suave, familiar, el mismo gesto que usaba cuando éramos niñas y yo quería contarle un secreto demasiado alto. —Shhh. Solo promételo. —Lo prometo. No entendía qué le pedía. No entendía nada. El Hotel Aurora había sido construido en los años veinte por algún magnate con más dinero que gusto, y normalmente me parecía vulgar: demasiado oro, demasios espejos, demasiado esfuerzo por parecer europeo en medio de nuestra ciudad provinciana. Pero esa noche, transformado para la boda, era otra cosa. Las telas blancas que caían del techo parecían nieve suspendida, y las velas —miles de velas, imprudentemente encendidas cerca de tanta tela— proyectaban sombras danzantes que hacían que el espacio pareciera respirar. Yo estaba en la fila de las damas de honor, con un vestido azul pálido que me hacía ver enferma, según mi madre. No veía a Stefan en ninguna parte. No veía a nadie, en realidad. Mi atención estaba fija en la puerta doble al fondo del salón, esperando que se abriera. Cuando lo hizo, la orquesta comenzó a tocar algo de Wagner —mi madre había elegido la música, ignorando los gustos de Carol— y allí estaba ella. Del brazo de nuestro padre, que caminaba con la espalda tan rígida que parecía de madera. Carol avanzaba lentamente, demasiado lentamente, como si cada paso fuera una decisión consciente. Su velo cubría su rostro, pero vi cómo sus manos se aferraban al ramo de lirios blancos con una fuerza que blanqueaba sus nudillos. Marcos Sued esperaba en el altar. Lo había visto apenas unas veces en mi vida, siempre de lejos, siempre envuelto en esa aura de heredero que hacía que los demás pareciéramos borrosos. Era guapo de una manera convencional, correcta, como una ilustración de libro de texto. Pero cuando vio a Carol, algo cambió en su rostro. Una grieta en la máscara. Esperanza, quizás. O miedo. La ceremonia fue un zumbido lejano. Escuché fragmentos: "santuario del matrimonio", "hasta que la muerte los separe", "pacto entre nuestras familias". Palabras que sonaban a cadenas más que a promesas. Carol decía sus votos con voz clara, demasiado clara, como quien recita algo aprendido de memoria. Cuando Marcos le colocó el anillo, vi que ella cerraba los ojos por un segundo. Un segundo largo. Como si estuviera conteniendo la respiración bajo el agua. El beso fue breve, casi formal. Los aplausos estallaron, y yo aplaudí con las manos entumecidas. La encontré en el salón de los espejos, el pequeño antepalco donde las novias van a retocarse el maquillaje antes de la recepción. Estaba sentada en el taburete de terciopelo rojo, con el velo echado hacia atrás, mirándose en el espejo como si no reconociera a la persona que veía. —¿Carol? —Mi voz sonó extraña en el espacio pequeño, reverberando entre tantos reflejos. Ella se giró, y vi que había estado llorando. Las lágrimas habían dejado surcos en el polvo de arroz que la maquillista había aplicado con tanta dedicación. —Eva —dijo, y mi nombre sonó como una despedida. Se levantó y cruzó la distancia entre nosotras en tres pasos. Me abrazó con una fuerza que me cortó la respiración, con los brazos alrededor de mi cuello y su mejilla presionada contra la mía. Podía sentir su corazón latendo contra mi pecho, rápido, desbocado. —Siempre estuve enamorada de otro —susurró, tan cerca de mi oído que su aliento me hizo cosquillas—. Desde antes del compromiso. Desde siempre. El mundo se detuvo. Retrocedió. Se desmoronó. —¿Qué? —fue todo lo que logré decir. Carol se separó lo suficiente para mirarme a los ojos. Sus párpados estaban hinchados, sus pestañas pegadas en grupos de tres o cuatro por las lágrimas. Pero había una calma en ella, una resolución que no había estado allí minutos antes. —No importa quién —dijo, y sonrió. Esta vez la sonrisa fue real, aunque destrozada—. Lo que importa es que tú no cometas mi error. Que no dejes que te convenzan de que el deber es más importante que... —¿Que qué? Ella no terminó. En el espejo, vi la puerta abrirse detrás de nosotras, y la figura de nuestra madre apareció en el marco. —Carol, los invitados te esperan —dijo, con esa voz que no admitía discusión. Carol me tomó la cara entre sus manos. Sus pulgares rozaron mis pómulos con ternura infinita. —Sé feliz, Eva —dijo—. Por los dos. Luego se giró y salió, y yo me quedé en el salón de los espejos, rodeada de infinitas versiones de mí misma, todas igualmente confundidas, igualmente rotas. La llamaron a las 3:47 de la mañana. Yo estaba despierta, sentada en la ventana de mi habitación, mirando la lluvia que había comenzado a caer después de que los novios se fueran. La boda había terminado hacía horas. Carol y Marcos habían partido hacia el aeropuerto, rumbo a una luna de miel en algún lugar del Caribe que mi madre había elegido porque "era apropiado". El teléfono sonó una vez. Dos. Tres. Escuché los pasos de mi padre en el pasillo, el chasquido de la extensión siendo levantada. Luego el silencio. Un silencio que duró demasiado. No recuerdo haber bajado las escaleras. Solo estoy de pie en el umbral de la cocina, con el camisón de franela pegado al cuerpo por el sudor de la pesadilla de la que acababa de despertar, viendo la espalda de mi padre. Estaba inclinado sobre la mesa, con una mano aferrada al borde como si el mundo se inclinara y él necesitara sujetarse. —Papá —dije. Se giró. Su rostro era un territorio desconocido. Había envejecido diez años en diez segundos. —Hay been un accidente —dijo, y su voz era un ruído, un zumbido eléctrico sin sentido—. El taxi que los llevaba al aeropuerto. Un camión. El conductor... dicen que se durmió al volante. —¿Dónde está Carol? —pregunté, aunque ya sabía. Mi padre no respondió. Se desplomó en la silla, con las manos cubriéndose el rostro, y por primera vez en mi vida lo vi llorar. Gemidos que parecían arrancarse de lo más profundo, que hacían vibrar los cristales de la alacena. Subí las escaleras caminando hacia atrás, sin querer girarme, como si al no ver la realidad esta dejara de existir. En mi habitación, me senté en el borde de la cama y esperé. Esperé a que alguien me dijera que era una broma cruel, una pesadilla de la que despertaría. Esperé hasta que el amanecer tiñó de gris la lluvia, hasta que mi madre comenzó a gritar en algún lugar de la casa, un sonido animal que nunca había escuchado y que nunca olvidaría. El funeral fue tres días después. No recuerdo quién tomó las decisiones: el ataúd cerrado "por recomendación de la funeraria", el vestido azul marino que me obligaron a ponerme, el himno que nadie cantó porque nadie podía emitir sonido. Recuerdo fragmentos visuales, como fotografías tomadas por una mano temblorosa: la tierra húmeda del cementerio, el ramo de lirios blancos que alguien dejó caer sobre la tumba, el cabello de Carol asomando por el borde del ataúd en el velatorio —mi madre había insistido en verla una última vez, y yo había mirado desde la puerta, paralizada, viendo ese blanco inmaculado contra la seda negra. Recuerdo a los Sued. Al patriarca, con su traje que parecía armadura, mirando la tumba de su hijo con una expresión que no logré leer. A Stefan, de pie detrás de él, con gafas de sol a pesar de la lluvia, tan inmóvil que parecía de piedra. Y recuerdo la pulsera. La llevaba puesta, como siempre. La pulsera que Carol me había dado en nuestro jardín secreto cuando yo tenía ocho años y ella nueve. Dos piezas de plata grabadas: "Eva y Carol, hoy, mañana y para siempre". Ella llevaba el collar a juego, aunque nunca lo vi después del accidente. Quizás se lo quitaron en la morgue. Quizás se perdió en el metal retorcido del taxi. Esa noche, después del funeral, me quité la pulsera para ducharme. La dejé en la mesa de noche, junto a la foto de Carol y yo en la playa el verano anterior. Cuando salí del baño, envuelta en la toalla que olía a lavanda —el olor que Carol odiaba y yo nunca cambié—, la pulsera no estaba. Busqué durante horas. Bajo la cama, en los cajones, en el bolsillo de la bata que había dejado en el perchero. Llamé a Rosa, desesperada, preguntando si la había visto. Llamé a la funeraria, a la iglesia, a cualquier lugar donde pudiera haber caído. Nunca la encontré. Fue entonces, arrodillada en el suelo de mi habitación con la ropa interior de Carol que había rescatado de su armario antes de que mi madre la donara, oliendo su perfume en una bufanda que no me pertenecía, cuando sentí que algo se rompía definitivamente. No solo el duelo. No solo la pérdida. La promesa. "Con esto, estaremos unidas para siempre, pase lo que pase." Carol había roto su promesa al morir. Y ahora, sin la pulsera, sin su collar, sin nada que nos conectara, yo rompía la mía al no poder recordar el timbre exacto de su voz, la forma de su sonrisa, el nombre del hombre del que había estado enamorada toda su vida y que nunca me reveló. Me quedé en el suelo hasta que amaneció. Y cuando la luz entró por la ventana, gris y difusa como todo en esos días, supe que mi vida había cambiado. Que la Eva que había sido —la que soñaba con universidad, con Oliver, con un futuro que le perteneciera— había muerto junto a Carol en ese taxi. Lo que quedaba era otra cosa. Algo que aún no tenía nombre.
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