El Peso del Pacto
El funeral de Carol había sido una neblina. Ahora, en el asiento trasero del coche de los Sued, la neblina se disipaba y lo que quedaba era peor: claridad.
Mi padre iba a mi lado, rígido como un maniquí, mirando por la ventana donde el paisaje urbano daba paso a árboles cada vez más altos, más viejos. Delante, en el asiento del copiloto, mi madre se mantenía erguida, con la espalda separada del respaldo por pura tensión. Y frente a mí, en el asiento que daba marcha atrás, estaba Stefan Sued.
No lo había mirado directamente desde que subimos al coche. Pero lo veía de reojo. Sus manos sobre sus rodillas, inmóviles. Su perfil contra la ventana, donde la luz gris de la tarde delineaba su nariz, su mandíbula, esa boca que no sonreía ni fruncía el ceño. Vestía de n***o, como todos, pero su traje parecía hecho para él hacía décadas, no comprado apresuradamente para un funeral. Como si siempre estuviera preparado para la muerte.
El coche avanzaba en silencio. No el silencio cómodo de quienes comparten un duelo, sino el silencio de antes de una sentencia.
Cerré los ojos y vi a Carol en el salón de espejos. "Siempre estuve enamorada de otro." ¿Sabía que moriría? ¿Por eso me lo dijo? ¿Por eso la despedida?
—Estamos llegando —dijo el chofer, y mi madre se sobresaltó como si la hubieran pinchado.
Abrí los ojos. La mansión Sued se alzaba al final de la avenida de robles, una masa de piedra gris y tejados puntiagudos que parecían clavarse en el cielo encapotado. No había estado allí desde que era niña, cuando Carol y yo jugábamos en los jardines mientras nuestros padres discutían "negocios" con el patriarca. Recordaba el laberinto de setos, la fuente con la estatua de un ángel sin rostro, el miedo irracional de que la casa nos observara.
Ahora, el miedo no era irracional.
La sala de estar olía a cera de abeja y a algo más viejo, más profundo. Madera podrida, quizás, o secretos. Los muebles eran oscuros, masivos, con patas talladas en forma de garras. En las paredes, retratos de hombres que se parecían entre sí: la misma mandíbula cuadrada, los mismos ojos de color indescifrable, la misma expresión de quienes nunca han tenido que pedir perdón.
El patriarca Sued —nunca supe su nombre de pila, siempre era "el señor Sued" o "su excelencia" en los susurros de mi madre— estaba de pie junto a la chimenea apagada. Aún llevaba el luto, pero su postura no tenía nada de duelo. Era la postura de un general revisando tropas.
—Eva —dijo, y mi nombre sonó como una etiqueta de precio—. Has crecido.
No respondí. Mis padres se habían sentado en el sofá de terciopelo burdeos, juntos pero sin tocarse, como extraños en una sala de espera.
—Siéntate —indicó el patriarca, señalando una silla frente a él.
No era una petición. Me senté. La silla era dura, fría a través de mi vestido n***o. Stefan ocupó el lugar a mi derecha, lo suficientemente cerca para que pudiera oler su colonia —algo amaderado, con un fondo metálico que me recordó a sangre seca— pero lo suficientemente lejos para que nuestros cuerpos no se rozaran.
El patriarca no se sentó. Se quedó de pie, dominando el espacio, y cuando habló su voz llenó la sala sin necesidad de alzar el tono.
—La muerte de tu hermana —dijo, y la palabra "muerte" sonó extraña en su boca, como un término técnico— ha dejado un vacío. No solo emocional. Contractual.
Miré a mi padre. Él no devolvió la mirada. Estaba fascinado por sus propias manos, entrelazadas sobre sus rodillas con tanta fuerza que los nudillos parecían a punto de romper la piel.
—¿Contractual? —La palabra me supo a ceniza.
—El pacto entre nuestras familias —continuó el patriarca— se estableció hace generaciones. Tu hermana lo honró al casarse con Marcos. Ahora que ambos han fallecido, la obligación recae en la siguiente hija Viloria.
El silencio que siguió tuvo peso, textura, temperatura. Sentí que me ahogaba en él.
—Usted está sugiriendo...
—No sugiero nada —cortó él, y por primera vez vi algo en sus ojos: impaciencia, quizás. O hastío—. Estoy informándote de los términos. Te casarás con Stefan. La ceremonia será discreta, dado el luto. En un mes, como máximo.
Me levanté. Las piernas me temblaban, pero me obligué a mantenerme erguida.
—Carol aceptó porque quiso —dije, y mi voz sonía extraña, aguda, la voz de una niña que aún no entiende las reglas del juego—. Ella amaba a Marcos. O al menos... al menos lo eligió. Yo no elijo esto.
—Eva, por favor... —empezó mi madre.
—¡No! —El grito me sorprendió a mí misma. Retumbó en la sala alta, rebotó en los retratos de los antepasados—. ¿Ustedes sabían? ¿Cuándo? ¿Desde que Carol murió, o antes? ¿Desde que nací?
Mi madre lloraba ya, en silencio, con esa habilidad que tenía para hacerlo sin estropear su maquillaje. Pero fue mi padre quien habló, finalmente, con una voz que pareía arrancarse de lo más profundo.
—Desde antes —dijo—. Desde que supimos que Carol... que no podría cumplir el plazo.
—¿El plazo?
El patriarca tomó la palabra, implacable.
—Tu hermana debía concebir un heredero antes de cumplir los diecisiete. El poder que portan las mujeres de tu linaje... —Hizo una pausa, como si eligiera las palabras con cuidado—. Sin un receptálogo adecuado, sin el equilibrio que proporciona el pacto, ese poder se vuelve inestable. Peligroso. Para ti, para los tuyos, para todos.
Miré a Stefan. Él no había dicho una palabra. Estaba sentado con la espalda perfectamente recta, las manos sobre los muslos, mirando al frente como si estuviera en una audiencia aburrida. Como si no estuvieran hablando de su boda. De su vida.
—¿Y si me niego? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Mi padre se levantó. Cruzó la distancia entre nosotros con pasos pesados, y cuando estuvo frente a mí, vi que tenía los ojos enrojecidos, las venas del cuello distendidas.
—Si te niegas —dijo, y su voz se quebró—, el poder te consumirá. Lo he visto pasar, Eva. En otras familias, en otras épocas. Es... —Tragó saliva—. Es una muerte lenta. Dolorosa. Y antes de que mueras, destruirás todo lo que amas.
—No lo creo —susurré, pero sin convicción.
—No tienes que creerlo —intervino el patriarca—. Solo tienes que obedecer.
Miré de uno a otro. Mi padre, derrotado. Mi madre, ausente en su propio cuerpo. Stefan, inescrutable. Y el patriarca, inmóvil como una estatua de hielo.
—Tengo dieciséis años —dije. No suplicaba, solo establecía un hecho.
—Tendrás diecisiete en marzo —respondió el patriarca—. El plazo es estricto.
—¿Y si Stefan no quiere? —La pregunta salió desesperada, un último clavo ardiendo.
Por primera vez, Stefan se movió. Giró la cabeza hacia mí, lentamente, y sus ojos —grises, fríos, con algo nadando en sus profundidades que no supe nombrar— se encontraron con los míos.
—Quiero lo que mi familia necesita —dijo, y su voz era más suave de lo que esperaba, casi melódica—. Y tú, Eva Viloria, necesitas sobrevivir.
No era una declaración de amor. Ni siquiera de deseo. Era algo más pragmático, más antiguo. Un reconocimiento de cadenas que ambos llevábamos puestas desde antes de nacer.
—Dame tiempo —dije, dirigiéndome al patriarca—. No para pensar. Ya sé que no tengo elección. Pero para... para despedirme. De mi vida. De lo que creía que sería.
El patriarca evaluó mi petición con la misma atención que podría dedicar a un caballo en subasta. Luego asintió, una sola vez.
—Una semana. Después, el compromiso se hará público.
Subí las escaleras de la mansión como sonámbula. Un criado —¿o era guardia?— me indicó una habitación en el ala este, con vistas al jardín que yo recordaba de niña. La puerta tenía cerradura, pero no la usé. ¿Para qué? ¿De quién me escondía?
Me senté en el borde de la cama. El colchón era demasiado blando, demasiado acogedor, una burla. Saqué el teléfono de mi bolso —mi única posesión, aparte de la ropa que llevaba puesta— y miré la pantalla. Mensajes de Rosa: "¿Estás bien?" "Contesta, por favor." "Eva, me estoy preocupando."
¿Cómo respondía a eso? ¿Cómo decía: "Voy a casarme con un hombre que no conozco porque si no, un poder mágico que nadie me explicó me matará"?
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa de noche. El reflejo de la lámpara se proyectó en la pantalla negra, una luna artificial.
No lloré. Las lágrimas parecían un lujo que ya no podía permitirme. En su lugar, sentí algo más peligroso: una rabia fría, cristalina, que se instaló en mi pecho como una segunda columna vertebral.
Carol había sabido. "Siempre estuve enamorada de otro." Había aceptado este destino con los ojos abiertos, sacrificando su corazón por nuestra familia. Y ahora me tocaba a mí.
Pero yo no era Carol. No era noble, ni generosa, ni capaz de sonreír mientras me rompían el alma.
En algún lugar de la casa, una puerta se cerró con fuerza. Pasos en el pasillo, que se detuvieron frente a mi puerta. Un silencio largo, tenso. Luego, un papel que se deslizaba por debajo de la puerta.
No me moví. Esperé hasta que los pasos se alejaron —¿eran de Stefan? ¿Del patriarca? ¿De algún sirviente?— antes de acercarme.
Era una nota, doblada en cuatro. Letra angular, masculina, que no reconocí:
"El jardín. Medianoche. Ven sola si quieres saber la verdad sobre tu hermana."
No había firma. No necesitaba haberla.
Me quedé mirando el papel hasta que las palabras se borraron de tanto leerlas. Luego lo guardé en el bolsillo de mi vestido, junto al corazón que latía demasiado rápido.
La verdad sobre Carol. La promesa que no pude cumplir de ser feliz por los dos.
Miré por la ventana. El jardín se extendía bajo la luz mortecina de la tarde, las sombras alargándose entre los setos. En el centro, la fuente del ángel sin rostro seguía allí, el agua —¿cómo podía haber agua en invierno?— goteando lentamente de sus manos extendidas.
Medianoche. Seis horas.
Me acosté en la cama con la ropa puesta, mirando el techo con los ojos abiertos, esperando.