La Prueba
No fui al jardín a medianoche.
Me quedé en la cama, mirando el techo, con la nota arrugada en el puño. Cada vez que cerraba los ojos, veía la letra angular —¿de quién era?— y escuchaba el agua de la fuente en la distancia. Pero no me moví. El miedo, esa especie de instinto animal que Carol siempre había tenido y yo no, me mantuvo inmóvil bajo las sábanas.
Cuando amaneció, la nota seguía allí. La guardé en el cajón de la mesa de noche, debajo de un pañuelo que olía a lavanda, y traté de olvidarla.
No pude.
Pasaron días. Siete, para ser exactos, aunque el tiempo en la mansión Sued fluía de manera diferente. No había relojes visibles, solo la luz que cambiaba de ángulo en las ventanas altas, marcando el paso de las horas con sombras cada vez más largas. Stefan no apareció. El patriarca tampoco. Me dejaron sola en el ala este, con comidas que aparecían en una bandeja fuera de mi puerta y una criada que venía a cambiar las sábanas cada mañana sin mirarme a los ojos.
Me volví loca de aburrimiento, de silencio, de especulación.
Fue en el tercer día cuando noté el cambio en mi cabello. Me estaba cepillando frente al espejo del baño —el único espejo de la habitación, ovalado y enmarcado en plata oscurecida— cuando vi una hebra que no reconocí. Blanca. No gris, no plateada. Blanca como la nieve recién caída, como el cabello de Carol.
La tiré. Pensé que era una ilusión, un reflejo de la luz. Pero al día siguiente había más. Y al siguiente, más. Para el séptimo día, mi reflejo ya no me pertenecía. Era Carol quien me miraba desde el espejo, Carol con mi cara, Carol con mis ojos asustados.
Me teñí el cabello con tinte que encontré en el botiquín del baño —¿quién lo había dejado allí?— un castaño oscuro que supuestamente duraba semanas. Al amanecer, el blanco había vuelto, más brillante, casi luminoso bajo la luz del sol.
Era el poder, supuse. Lo que el patriarca había mencionado. Mi cuerpo cambiando, preparándose, anunciando que el tiempo se agotaba.
El patriarca llegó sin avisar.
Estaba sentada en la ventana, leyendo por tercera vez el mismo libro que había encontrado en la biblioteca de la habitación —una novela romántica de los años cincuenta, con las páginas amarillentas y un final predecible— cuando la puerta se abrió sin golpe. Entró él, seguido de una mujer bajita y ancha que llevaba un delantal blanco inmaculado, y un hombre con maletín médico que no me miró.
—Levántate —dijo el patriarca.
Lo hice. El libro cayó al suelo, abierto por la página donde el protagonista declaraba su amor eterno. Nadie lo recogió.
—Ha llegado el momento de la prueba —continuó él, caminando hacia mí con pasos que resonaron en la madera del suelo—. Mi hijo te visitará esta noche. Pero antes, debemos asegurarnos de que estás... apta.
La mujer del delantal —Cruz, la llamaría más tarde— se adelantó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos pequeños y oscuros.
—No tengas miedo, niña —dijo, y su voz tenía un acento que no pude ubicar, arrastre de consonantes que sonaban a orilla de río—. Es solo un trámite. Todos lo pasamos.
—¿Todos? —repetí.
—Las mujeres de los pactos —respondió Cruz, y algo en su tono sugería que ella había sido una de ellas, hacía mucho tiempo, en otra vida.
El médico —nunca supe su nombre— abrió su maletín sobre la cama. Los instrumentos que sacó no eran los de un examen rutinario: había un frasco de cristal con líquido ámbar, agujas de diferentes grosores, un estetoscopio de aspecto antiguo con el diafragma de madera pulida.
—Desvístete —dijo el médico, sin preámbulos.
Miré al patriarca. Estaba de pie junto a la chimenea, con la espalda hacia mí, contemplando un retrato de su antepasado que colgaba sobre la repisa.
—¿Tiene que estar él aquí? —pregunté, y mi voz sonó más pequeña de lo que quería.
—Él es el guardián del pacto —respondió Cruz, tomando mi mano entre las suyas. Eran ásperas, callosas, sorprendentemente fuertes—. Su presencia es necesaria. Pero no te mirará. Nunca lo hace, en estas pruebas. Es... tradición.
Me desabroché la blusa con dedos que temblaban tanto que los botones parecían resbaladizos. El aire de la habitación era frío, pero mi piel ardía. Cruz me ayudó a quitarme la prenda, dejándome en el sujetador que llevaba puesto —blanco, básico, comprado en una tienda de descuento hacía años, avergonzándome de su vulgaridad.
El médico me indicó que me sentara en el borde de la cama. Su estetoscopio frío recorrió mi espalda, se detuvo entre mis omóplatos, sobre el corazón, en la curva inferior de las costillas. Luego me pidió que me pusiera de pie, que girara, que levantara los brazos.
—Respira hondo —dijo, y sus manos presionaron mi abdomen con una firmeza que rozaba la violencia.
Cerré los ojos. Sentí el peso de la mirada del patriarca, aunque supuestamente no me observaba. Sentí la de Cruz, compasiva pero impotente. Sentí la de mi propia madre, que no estaba allí pero que debería haberlo estado, que debería haber protegido a su hija de esto.
El médico se detuvo frente a mí. Abrí los ojos y vi que sostenía una de las agujas, la más fina, brillante bajo la luz de la lámpara.
—Una gota de sangre —dijo, como si pidiera permiso para algo trivial—. Para verificar la pureza del linaje.
No esperó mi respuesta. Pinchó la yema de mi dedo índice —un dolor breve, punzante— y exprimió la gota que brotó sobre un portaobjetos de cristal. La observó contra la luz, inclinándola, y vi que su expresión cambiaba. No era alivio, exactamente. Más bien... satisfacción.
—Es válida —anunció, dirigiéndose al patriarca—. El cambio ha comenzado. El poder es estable, pero creciente. Necesita el ancla pronto.
El patriarca se giró. Sus ojos se posaron en mí —en mi cuerpo semidesnudo, en mi mano que sangraba, en mi cabello blanco que caía sobre mis hombros como una manta— y por primera vez vi algo más que frialdad en su rostro. Hambre. No s****l, algo peor. Hambre de posesión, de control, de continuidad.
—Perfecto —dijo—. Entonces, esta noche.
—¿Esta noche qué? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
Cruz me ayudó a vestirme, sus manos más suaves ahora, casi maternas. El patriarca ya se dirigía a la puerta.
—Esta noche, conocerás a tu esposo de verdad —dijo, sin mirar atrás—. Y él te conocerá a ti. Es... tradición.
Cuando se fueron, me quedé sentada en la cama, mirando la gota de sangre que aún brillaba en mi dedo. La probé, por pura desesperación. Sabía a cobre, a miedo, a destino.
Pasaron horas. O minutos. El tiempo se había vuelto elástico, traicionero.
Estaba sentada en la misma posición —espalda contra el cabecero, rodillas contra el pecho— cuando escuché pasos en el pasillo. No los pasos medidos del patriarca ni los arrastrados de Cruz. Estos eran más ligeros, más jóvenes. Se detuvieron frente a mi puerta.
Un golpe suave. Dos.
—Eva —dijo una voz. Stefan—. ¿Puedo pasar?
Quise decir que no. Quise gritar que se fuera, que me dejara en paz, que me permitiera ser una niña normal con un futuro normal y un primer amor normal llamado Oliver que me enviaba mensajes de buenas noches con emojis de estrellas.
—Sí —dije.
Entró con una bandeja. Té, galletas, una rosa blanca en un jarrón pequeño. Los gestos de un pretendiente en una novela victoriana, absurdos en nuestra situación.
—No tienes que hacer esto —dije, antes de que pudiera hablar.
Stefan dejó la bandeja sobre la mesa de noche. Se sentó en el borde de la cama, lo suficientemente lejos para que no nos tocáramos, lo suficientemente cerca para que pudiera ver los detalles que había perdido antes: una cicatriz pequeña en su ceja izquierda, el modo en que su cabello oscuro se rizaba ligeramente detrás de las orejas, el olor a tabaco y algo dulce, como vainilla.
—¿El qué? —preguntó.
—Esto. Traerme té. Hacer el papel del caballero. Sabemos los dos lo que va a pasar esta noche. No tiene que fingir.
Stefan me miró. Realmente me miró, con una intensidad que me hizo querer cubrirme, aunque ya estaba vestida.
—¿Y si te dijera —dijo, bajando la voz— que yo tampoco elegí esto? ¿Que mi primer recuerdo es mi padre diciéndome que algún día me casaría con una desconocida por el bien del clan? ¿Que he pasado años deseando que tu hermana cumpliera su parte, que tuviera hijos, para que yo pudiera ser libre?
—¿Libre de qué?
—De esto —extendió los brazos, indicando la habitación, la mansión, todo—. De ser el segundo hijo, el repuesto, la pieza de recambio que se activa cuando la primera falla.
Algo en su tono, una grieta de amargura, me hizo bajar la guardia. Solo un poco.
—Carol no falló —dije—. Murió.
—Lo sé —Stefan bajó la mirada—. Y lo siento. No la conocía bien, pero... lo siento. Pero para mi padre, para el pacto, la muerte es solo otra forma de fracaso. Y ahora estamos tú y yo, Eva. Dos prisioneros compartiendo celda.
—¿Prisioneros? —repetí, probando la palabra—. Tú tienen poder. Tú eres hombre. Tú puedes...
—¿Puedo qué? —Su risa fue breve, amarga—. ¿Negarme? Mi padre me desheredaría. Y sin la protección del clan, sin los recursos que proporciona el pacto... —Se detuvo, masajeándose las sienes—. Hay cosas en este mundo, Eva. Criaturas. Peligros que no comprendes. El pacto no es solo una cadena. Es también un escudo.
Me acerqué a él. No mucho, unos centímetros, pero suficiente para que nuestros codos casi se rozaran.
—¿Quién me envió la nota? —pregunté de repente.
Stefan se tensó. La máscara de resignación cayó por un instante, revelando algo más joven, más asustado.
—¿Qué nota?
—La que encontré bajo mi puerta. La primera noche. Me citaba en el jardín a medianoche.
Stefan se puso de pie, bruscamente. El jarrón con la rosa se tambaleó y tuvo que sujetarlo.
—No fui yo —dijo, y su voz había cambiado, adquiriendo una urgencia que no entendía—. Eva, si recibes otra, no vayas. No importa qué promesas haga, qué verdades ofrezca. No vayas al jardín de noche. No estás... preparada.
—¿Preparada para qué?
Pero ya se dirigía a la puerta, con la espalda rígida, los hombros tensos.
—Esta noche —dijo, sin girarse—, cuando venga, será diferente. No seré yo mismo. El pacto... exige ciertas formalidades. Ritual. No te resistas. Será peor si lo haces.
—Stefan...
—Y mañana —continuó, con la mano en el pomo—, si aún quieres saber quién te envió esa nota... busca en el jardín. Pero de día. A la luz del sol.
Salió. La puerta se cerró con un clic suave que resonó como un disparo en la habitación vacía.
Me quedé mirando la rosa blanca. Las hojas ya se estaban marchitando, a pesar de que acababa de cortarla.