Viktor —Dame algo jodidamente bueno. La desesperación me tiene en su agarre mientras conduzco como un maldito demonio, armado hasta los dientes, alejándome de mi mansión. Estoy furioso, aterrorizado hasta la médula. —Estamos libres. Ignoro el tono burlón en la voz de Fyodor. Debajo está el estrés y, sí, estoy jodidamente feliz de que hayan salido con vida. ¿Perderlos a ellos y a Polina? Destruiría el planeta. Me lanzaría a una masacre tan brutal que los locos abrirían los brazos esperando la segunda maldita venida. —¿Qué demonios tienen? La ira en mí es salvaje. Esos cabrones invadieron mi castillo, mataron a mis hombres. Se llevaron a mi chica. Civati. Va a sufrir. Sandro también. Pero primero, tengo que encontrarlos. —Háblame. —Estamos aquí, Viktor —dice Román, sonando al bo

