DYLAN.
Al salir del colegio, Raúl ya me aguardaba con una expresión divertida. Había olvidado que papá me quitó el auto. Esto complicaba mi salida al club. Pero bueno, suponía que la restricción del chofer solo aplicaba al colegio.
Perdido en pensamientos, noté a Lucy observándome. Ella desvió la mirada rápidamente, pero su madre no lo hizo. Ella le susurró algo a Lucy y me regalaron una mirada indescriptible antes de que se fueran. La madre de Lucy, que parece ser insociable, tiene algo en contra de mi familia.
—¡Eh! ¡No llegues tarde, viejo! —me gritó Max desde el autobús mientras Emma se reía. Le aseguré a gritos que no faltaría. Cuando volví a buscar el auto de Lucy, ya no estaba.
En casa, el ruido estridente de notas desentonadas retumbaba. Alguien estaba torturando el piano. Fui a investigar y encontré a Laura, concentrada en el instrumento.
—¡Eso suena terrible! —bromeé, esbozando una sonrisa.
—¡Dylan! —gritó ella, fingiendo estar ofendida.
—Si quieres aprender, debes empezar por relajar los dedos —le guiñé un ojo mientras movía mis manos—. Y ubicar las notas: do, re, mi, fa, sol, la. Mira. —Le mostré tocando suavemente las teclas.
—¡Sabes tocar y nunca lo dijiste! —me miró sorprendida.
—Nunca dijiste que querías aprender —repliqué con una sonrisa.
—¿Crees que papá quiera enseñarme? —preguntó con un deje de tristeza.
—¡Puedo hacerlo yo, nena! —le aseguré.
—¡Pero quiero que papá lo haga! —Su mirada se llenó de ilusión.
—¿Por qué? —quise saber más.
—Quiero que papá pase más tiempo conmigo —confesó.
No podía culparla; yo también había intentado de todo para atraer la atención de papá. Hasta que un día me di cuenta de que sus promesas vacías no rellenaban las ausencias. No quería que Laura sufriera la misma decepción. Las lágrimas de la espera son duras y frías, y no deseaba que conociera ese dolor.
—Está bien, pero prométeme que si él no puede, me lo dirás para que te enseñe, ¿de acuerdo? —sugerí mientras ella asentía vigorosamente con la cabeza—. ¡Sigue practicando! —añadí, alentándola con una sonrisa antes de dirigirme a mi habitación para arreglarme y salir al club.
Cuando bajé las escaleras, vi que Laura aún estaba tocando el piano con dedicación. Me dirigía hacia la puerta cuando me encontré con papá en la entrada. En cuanto escuchó las notas del piano, su rostro se transformó, reflejando una mezcla de sorpresa y emoción contenida.
—Es Laura… —dije suavemente, observando cómo papá tragaba saliva y sus ojos se humedecían—. ¿Sabes por qué lo hace? Piensa que así pasarás más tiempo con ella —le recriminé, intentando llegar a su corazón.
Recordé los últimos días con Esperanza, cuando papá me encontraba dormido frente al piano. A veces realmente me quedaba dormido, otras solo fingían para que me cargara en sus brazos y me llevara a mi cuarto. Anhelaba esos momentos, anhelaba sentir el calor de su abrazo, el aroma que todavía atesoro en algún rincón de mi corazón.
—¡Dylan, yo…! ¡Tal vez! —intentó decirme algo, pero las palabras parecían atorárseles en la garganta. Comprendía su lucha interna.
—Puedes empezar por no decepcionarla. Ella realmente te necesita —le supliqué, mi voz resonando con una urgencia que no podía ocultar. Papá solo suspiró, asintiendo con la cabeza.
—¿A dónde irás? —preguntó tratando de componer su expresión.
—Con Max, al club —respondí, descendiendo la escalera principal.
—Que te lleve, Raúl —ordenó con un tono que no admitía objeción.
—Está bien —contesté rodando los ojos en silencio, agradecido al menos por no haberme prohibido salir.
Salí de casa con Raúl, nuestro conductor que resultaba ser todo menos aburrido. Mientras nos dirigíamos al club, él puso “Come and Get Your Love” a todo volumen. Conocía la canción gracias a “Guardianes de la Galaxia”. Raúl movía su cabeza al ritmo de la música, y su contagiosa energía pronto hizo que yo también lo hiciera.
Al llegar al sitio, Raúl me dijo que esperaría. No me opuse, debía ser un mandato de papá. Los chicos ya estaban allí.
—¡Hola, viejo! —saludó Max con entusiasmo, seguido por los demás. Me sorprendió que Lucy aún no estuviera. No dije nada, preferí pensar que estaba con Emma, ya que tampoco había llegado.
Pasaron unos minutos y solo Emma apareció. La inquietud me carcomía; no podía dejar de pensar en Lucy. Estaba ansioso por preguntarle a Emma, pero un nudo en la garganta me lo impedía.
—¡Por cierto! ¿Y Lucy? —inquirió John, rompiendo mi batalla interna.
—Está con Dante, fueron al cine —respondió Emma, con la misma tranquilidad que si hablase del clima.
La ansiedad me taladró el pecho al escuchar esas palabras. Mientras ellos conversaban, mi mente divagaba. Imaginaba a Lucy riendo en la oscuridad del cine junto a Dante. El vacío en mi corazón se hizo más palpable.
—Descuida, ella sabe protegerse de fanfarrones como Dante. Su madre la ha entrenado bien —aseguró Max con confianza.
—¡Querrás decir educado! —le corrigió Karla con una sonrisa.
—¿Cómo es que la conoces tanto? —preguntó David, intrigado.
—La conozco desde la secundaria, viejo. Si no fuera por ella, no estaría aquí con ustedes. Fue su madre quien consiguió el empleo para mi madre —explicó Max, sin darle demasiada importancia, aunque sus palabras despertaron cierto interés en los demás. Yo seguía absorto en mis pensamientos sobre Lucy.
—Su madre luce muy estricta —comentó Karla, pensativa.
—Puede parecerlo, pero una vez que la conoces es increíblemente amable —respondió Max, sonriendo con genuina admiración.
—¿Y en dónde trabaja? —preguntó John, tratando de mantener la conversación ligera.
—En Grupo INTEC —respondió Emma, con un matiz de arrepentimiento casi inmediato.
La respuesta de Emma provocó que Max la mirara intensamente, como si tratara de advertirle que había dicho demasiado.
Intec se distingue como la segunda empresa más prestigiosa en el campo de la tecnología científica, situándose justo detrás de Innova. Tengo entendido que mi padre anhelaba formar parte de esta destacada organización. Su primer proyecto allí fue un éxito que jugó un papel crucial en la consolidación de Intec como líder del sector. Sin embargo, a pesar de su contribución, no recibió crédito ni reconocimiento oficial por su trabajo en aquel proyecto. Por motivos que desconozco, decidió comenzar de nuevo y logró fundar lo que ahora es Innova, de la cual no solo es el director ejecutivo, sino también el mayor accionista.
—Ahora entiendo por qué la madre de Lucy me mira así. ¿Por qué no lo mencionaste antes? —le interrogó, un poco más grave.
—¡Viejo! No sabía cómo ibas a reaccionar. No quiero que esto afecte nuestra amistad. Nosotros no tenemos la culpa de los problemas entre dos grandes empresas. ¡Eso es algo mucho más grande que nosotros! —exclamó Max, con sinceridad y un poco de frustración.
Sabía que tenía razón, y, aun así, no entendía por qué la madre de Lucy quería involucrarme.
—Claro que no es problema nuestro, pero habría preferido que lo mencionaras antes. Se supone que somos amigos, ¿no? —reclame, con una mezcla de decepción y entendimiento.
—Lo sé, viejo, lo siento —respondió, con ojos sinceros.
—Está bien, solo no me ocultes nada —respondió, esta vez más calmado. Tomé un par de cervezas más, pero mi ánimo ya estaba afectado.
Volví a casa en silencio, mientras Raúl conducía, escuchando esas canciones nostálgicas de los ochenta. Al llegar, subí directo a mi habitación. Me tumbé en la cama, para perderme en mis pensamientos. Y Lucy era mi tormento.
Minutos después, rompió el silencio, un suave toc, toc, en la puerta.
—¡Te traigo un postre! —anunció, mi nana, con su típica calidez maternal.
—No tengo apetito —respondí, intentando mantener mi tono indiferente. Aunque sabía que su intención era buena.
—¡Te va a encantar! Son fresas con kiwi bañadas en chocolate —insistió. A veces parece olvidar que ya no tengo doce años, y eso me molesta un poco. No sé cómo explicarle que ya soy un adulto.
Decidido a no dejarla preocupada, abrí la puerta. Allí estaba ella, sosteniendo una charola y mirándome con esa expresión que ningún personaje animado podría superar.
—¡Nana! —exclamé, incapaz de sentirme enojado con ella.
—Dylan, sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea —dijo con su voz suave. Ella siempre se da cuenta cuando algo me sucede.
—Está bien, nana. Solo me siento un poco mareado, por eso vine directo a mi habitación. No quería un sermón de papá por haber bebido —mentí, ocultando que, en mi interior, mi corazón lloraba en silencio.
—¡Uf!, qué alivio —dijo con tono pícaro—. Pensé que se trataba de mal de amores, ya me había preparado para compartirte algunos de mis secretos sobre el amor y cómo entender a las mujeres. Pero bueno, como aquí nada se desperdicia, ¡come tu postre! —ordenó, con voz de gendarme. Sus palabras despertaron suficiente curiosidad en mí como para aceptar la charola sin pensarlo demasiado.
Ella salió de la habitación con la misma rapidez con la que dejó su marca en mi mente. Sostuve la charola entre mis manos, preguntándome si algún día descifraría el complicado lenguaje del amor. Con la cabeza llena de preguntas sin respuesta, me encerré en mi cuarto y busqué en Google: “los secretos del amor”. ¿Y qué obtuve? Más confusión.
Mientras devoraba aquel postre delicioso, mi humor se agrió al leer sobre lo incomprensibles que pueden ser las mujeres. “Si dice que no, en realidad quiere decir que sí”, o “Si asegura que está bien, seguramente no lo está”. ¡Increíble! Sentía que esta información retorcida me mareaba más que años de estudios.
Con un suspiro frustrado, cerré la computadora. Mi mente no paraba de crear escenarios imaginarios de Lucy y Dante en el cine. Al final, la cama me recibió con la misma indiferencia de siempre y me retorcí sobre el colchón como un chinicuil saltando en un comal caliente.
A la mañana siguiente, me desperté con el estómago en un nudo, temeroso de las noticias del día y con un enojo latente hacia Lucy por su evidente interés en Dante. Bajé a desayunar, ya acostumbrado a ver a mi papá detrás del periódico, como un guardián silencioso de nuestras mañanas. La rutina con Raúl rumbo a la escuela fue mi única dosis de normalidad ese día.
En el colegio, traté de seguir el ritmo habitual, esperando a Max en nuestra esquina de siempre. Pero en cuanto vi a Lucy acercarse, me di la vuelta y me fui, intentando inútilmente protegerme de su poder sobre mí. Sus ojos eran mi debilidad y, honestamente, no quería rendirme ante ella.
Recorría el pasillo, creyendo que había evadido el encuentro, cuando su voz me detuvo en seco.
—¡¿Estás evitándome?! —preguntó, con un tono que oscilaba entre el reproche y la curiosidad.
—No, solo estoy ocupado —respondí, tratando de sonar despreocupado.
—¡Creí que…! —intentó decir algo, pero no le di la oportunidad.
—¡No, no lo hacía! ¿Qué necesitas? —pregunté algo brusco.
—Solo quería saludarte —respondió con una sonrisa, una de esas que siempre logra desarmarme.
—Pues ya lo hiciste… —seguí con seriedad, tratando de ocultar cualquier emoción.
Max llegó en ese momento, percibiendo la tensión en el aire.
—ey, viejo, ¿por qué no me esperaste? Siempre lo haces —preguntó Max, mientras Lucy me miraba con tristeza. Esa mirada me hizo sentir mal, como si hubiera fallado de nuevo.
—Debo irme, es tarde —dijo Lucy a Max, su tono serio y decidido. Continuó caminando por el corredor, y aunque quise llamarla, no volteó a verme. Sentí un nudo en el estómago, consciente de que había arruinado todo de nuevo.
Max y yo nos fuimos a clases, pero mi mente estaba lejos. Más tarde, en el comedor, los chicos reían y hablaban. Intuí que discutían la cita de Lucy; ella últimamente es el centro de atención. Sin ganas de participar, tomé un sándwich y me fui a mi rincón tranquilo.
—¡Oye, viejo! ¿No vas a almorzar? —preguntó Max con preocupación en su rostro.
—No tengo apetito, nos vemos en la próxima clase —contesté, dejando la conversación atrás mientras salía.
Necesitaba un respiro, y mientras regresaba, capté la conversación de dos chicas que iban delante de mí.
—Dante se lo tiene bien merecido, esa chica ha hecho justicia por muchas —dijo la chica de baja estatura con un tono de satisfacción.
—Sí, alguien tenía que ponerlo en su lugar —respondió la rubia con un asentimiento.
—Se rumora que Zoe fue quien organizó que lo plantaran —comentó de nuevo la más baja con astucia.
—Yo escuché que Zoe lo hizo porque Christopher y Dante se apostaban a la becaria —agregó la rubia, mirando a su amiga con complicidad.
—Y ya la va a dejar, ¿verdad? —preguntó la más baja, casi con entusiasmo.
—Eso parece. ¡Pobre Zoe! —concluyó la rubia con un suspiro
El chisme era irresistible, como un imán que atrae la curiosidad. Sin embargo, al escuchar esa última noticia, sentí un nudo en el estómago, recordando mi torpe comportamiento con Lucy. Decidí ignorar las habladurías y concentrarme en lo que realmente importaba: entrar a clase. Pero, no podía dejar de agradecerle a Zoé por haber hablado con Lucy. Parece que Dante había sido plantado, y podía imaginar lo enfurecido que estaría.
Lamenté profundamente mi actitud de esta mañana, sintiéndome como el villano de mi propia historia. Aun así, mi corazón no dejaba de latir con la alegría contagiosa de "September" de Earth, Wind & Fire, gracias a Raúl y su música. Entré al aula bailando de felicidad.
Al salir de clase, vi a Zoé. Ella me saludó con una sonrisa.
—Hola —dijo, su voz suave como una brisa.
—Hola —respondí, tratando de ocultar la emoción que florecía por dentro. Max, al ver a Zoé, nos dejó solos, diciendo que me esperaría afuera.
—Quería darte las gracias —continuó Zoé—. Tenías razón. Ellos no soportan el rechazo de Lucy. Terminé con Christopher delante de todos antes de que él lo hiciera conmigo, y se puso como loco.
Su tono era triste, y sus ojos reflejaban un dolor que no podía esconder. Quizás sus sentimientos hacia Christopher eran más sinceros de lo que pensaba.
—¿Y tú? ¿Cómo estás? —pregunté, tratando de acompañarla en su pesar.
—Bien, estaré bien —afirmó con un suspiro, intentando convencerse a sí misma.
Justo cuando creíamos haber evadido el drama, apareció Darla, siempre lista para encender la mecha del siguiente escándalo.
—¡Vaya, vaya! Miren a quién tenemos aquí. Ahora entiendo por qué me dejaste y por qué dejaste a Chris. ¡Esto será una nota de primera! —su voz empapada de malicia. Su comentario fue una puñalada de ponzoña y caos. En el cual no me quiero ver envuelto…
“Cada noche, me sumerjo en la fantasía de tus besos. Al amanecer el alma me duele, consciente de que tus besos son un eco de mis sueños”.
Con amor, Dylan.