Capitulo Veintidós

1933 Words
No puedo evitar recorrer con la mirada a Aimée, es todo lujo, es preciosa, sensual. Es raro que lo diga, pero en ella veo lo que alguna vez pensé que sería. Cuando cumplió los doce empecé a ver comportamientos en ella que me hicieron saber que ella sí sería el orgullo de Edith y de Charles. ¿Seguirá en contacto con su madre? —Es mi socio. —Miento o por lo menos una parte. Serg es mi socio en la cafetería que está en la ciudad, esa a la que acudo cuando no puedo ir, a la que está a las afueras de la ciudad. Juntos hicimos las renovaciones y decidimos crear un maravilloso ambiente para los demás. No aporto ni un segundo mis ojos de ella y no me pasa desapercibida la sorpresa, pero se repone con facilidad. Ahora en sus ojos, igual a los de mi madre, hay curiosidad por saber más de la persona que está a mi lado. En su mirada veo la intención de emparejarme con él. Qué gracioso es todo esto, nos acabamos de ver después de una larga década y quiere buscarme una pareja. Es igual a Edith. —¿Qué tipo de socio? —cuestiona con burla. Oh, claro. Vamos a dejar salir las garras, su esposo no está cerca. —Mi socio. —Le restó importancia. —¿La misma sociedad que tuviste con tu ex esposo? Ella es la cruel de las tres. —¿Te interesa? —cuestiono retándola con la mirada. En aquella época sus palabras podían herirme, ahora no. Ahora las únicas palabras que pueden hacer que me derrumben son las de mi hija. Nunca en mi vida le volveré a bajar la cabeza a quienes me lastimaron. —En realidad, no. —Me alegra. —Finjo una sonrisa—. Si me disculpas debo retirarme. —¿Y el café sigue en pie…? Si tan solo me conociera. —No me gusta el café. —Le recuerdo. No espero que diga algo para marcharme lo más rápido de allí. Eso sí, sin perder la compostura, no soy una mujer elegante desde la cuna. Este puesto en el que estoy me costó tenerlo y no pienso volver a bajar la cabeza por nada en el mundo, ya lo he dicho. —Es una víbora. —Habla Sergio a mi lado. —Y de las peligrosas. —Aclaro, nunca paso por mi mente tener contacto con ella, ni con nadie de ellos. Serg ladea el rostro mirándome con sorpresa—. ¿Qué? Sacude la cabeza regalándome una de esas sonrisas encantadoras. —Nunca te has referido de mala manera hacia tu familia. —No son mi familia. —Recuerdo. —Lo son. —¿Considerarías familia a las personas que te hicieron añicos? —cierro los ojos y me maldigo mentalmente cuando veo dolor en su mirada—. Lo siento. Sacude la cabeza sonriendo. —No hay nada que disculparse. Tienes razón, no puedes considerar a tu familia aquellas personas que te destruyeron. Detengo los pasos mirándolo con arrepentimiento. —Yo… Pasa sus manos por mis hombros atrayéndome a él. —Entiendo lo que quisiste decir. —Sus brazos tienen tanta calidez que podría estar siempre de esa forma, pero no puedo hacerlo porque haría que malinterprete mis sentimientos—. ¿Qué tan mala es? —cuestiona separándose. Sonrío porque no hay hombre en la faz de la tierra que me conozca mejor que él. —De uno a diez, un mil. —¿En serio? —cuestiona sorprendido. Llevo la mirada a todo el lugar buscándola. Es una costumbre que tengo, cada vez que hablo de una persona y esa está presente debo verla así sea desde la distancia. —Tiene la mirada de Charles. —Eso no dice nada. Sacudo la cabeza en negación al mismo tiempo que aparto los recuerdos de las noches de tortura que me hacía pasar. No puedo olvidar lo que descubrí de ese hombre. —Lo dice todo. —¿Por qué? —No hay peor persona que una ambiciosa que utiliza a los demás para llegar a la cima. —Puede que esté sacando conclusiones precipitadas, pero algo me dice que no me fie de ella. —¿Quieres decir que tu hermana es una de ellas? Pongo mis manos en sus hombros. —Quiero decir que Aimée es una persona de armas tomar. —No me siento muy a gusto expresando mis pensamientos—. Debo ir a ver cómo están las chicas. Serg pasa su mano por mi cabello, en sus ojos verdes solo hay cariño. —Tomate tu tiempo. Él entiende que es mi excusa para escapar del tema, es mi excusa para buscar un poco de aire. Los golpes de la vida me han llevado a cerrarme en cuanto a mis pensamientos, no me siento a gusto expresando y menos cuando estoy rodeada de muchas personas. Soy una famosa diseñadora, pero aún no soy capaz de soportar a la multitud. Por suerte, el gran salón del desfile tiene dos pisos. Quizás el piso de arriba no este alquilado para la ceremonia, pero si tenemos acceso o puede que no, pero eso no es impedimento para que acceda a él. Respiro con fuerza sintiendo el helaje de la noche, por instinto me recuesto en las barandas del balcón recibiendo mayor aire en mi cara al mismo tiempo que cierro los ojos. ¿Cuándo me acostumbraré a esto? —¿Qué le ves? Maldigo internamente cuando lo siento detrás de mí. ¿Acaso no puedo tener un momento de paz? ¿Por qué le gusta arruinarme la vida? ¿Por qué no entiende que lo quiere lo más lejos de mí? Odio la reacción que mi cuerpo sufre cada vez que lo tengo a tan corta distancia. Su aliento en mi cuello eriza mi piel, el corazón se me acelera y los famosos corrientazos en mi estómago hacen su presencia. Abro los ojos, enderezo mi porte, mi mirada se disfraza de frialdad como siempre que lo tengo cerca, mi muro se alza. —¿Qué? —suelto con dureza, sin voltearme para verlo a la cara. Lo que estoy haciendo es intentar normalizar mi respiración. Sus manos pasan por mis costados, las deja en los bordes del balcón dejándome encerrada. Sé que si doy la vuelta quedaré presa de sus ojos, de su aliento, de sus labios, de todo él y solo pensarlo mi cuerpo tiembla. —Emm… Por la cercanía de su voz estoy segura de que está oliendo mi cabello. Era una costumbre que tenía, y que a mí me encantaba. Costumbre a la que tuve que dejar ir porque todos los días sentía su ausencia. —¿Qué quieres? —vuelvo a soltar con dureza. Estoy segura de que mi actitud le frustra. Lo he visto millones de veces en su rostro. Una de sus manos va a mi brazo dándome la vuelta para quedar frente a frente. He pasado más de seis años huyendo de él, pero el señor parece no entenderlo. Parece no comprender que su presencia me molesta porque me recuerda lo débil que fui, me recuerda que me humillé por hacerle ver una verdad que se negó a escuchar. —Ya te lo he dicho. —Suelta sin apartar la mirada de mí. Suelto la risa carente de gracia estirando mis manos de tal forma que lo haga retroceder. Odio que invadan mi espacio personal o que se quieran tomar la atribución de sacarme de mi zona de confort. Esto es lo soy que actualmente. —Llevo más de cinco años diciéndote que no te quiero cerca de Julie. Todo esto se trata del orgullo de macho herido. A veces creo que utiliza a mi hija de excusa para acercarse a mí, pero otras veces siento que de verdad le importa, sobre todo cuando no deja mostrarme cuan feliz es con todas aquellas mujeres. No puedo sacar de mi mente aquel video de fin de año, la paso muy bien. ¿Por qué sigo pendiente de sus pasos? Es difícil comprender mis emociones, pero es más difícil comprenderlo a él. No importa que tanto haya convivido con él, nunca logre comprenderlo del todo. —¿Por qué? —cuestiona frustrado. —¿Por qué quieres estar cerca de ella? —suelto a la defensiva. Diría que le niego que vea a mi hija porque quiero que sufra lo mismo que sufrí yo, pero no es de ese modo. No quiero que vea a mi hija porque sé que tarde o temprano terminara hiriéndola. —Porque ella… Levanto la mano callándolo, ya conozco ese pensamiento. Lo he escuchado durante estos últimos años. —Ella no es tu hija. —Lo he dicho millones de veces y cada vez que lo digo duele porque no estoy segura de quién es el padre—. ¿Qué ganarías al estar cerca de ella? —Emma…. —Estoy cansada de esto. —Muerdo mis labios para controlar el llanto que se apresura. Soy demasiado sensible aun cuando quiero demostrar ser fuerte—. Estoy cansada de que quieras estar cerca de mi hija porque sé que cuando algo pase te alejaras de ella y terminara lastimada. Ambas terminaremos destruidas. Soy feliz si mi hija lo es, pero si ella sufre también lo haré. No quiero sufrir por la misma persona por la que sufrí en el pasado. Recordar sus palabras hirientes aprisionan mi corazón como si estuviera a punto de sufrir un infarto. El dolor en mi pecho es latente tanto que se me escapa una que otra lágrima. Controlo mis manos para que no vayan a lugar donde duele. Podría sufrir millones de veces el dolor por el que pase, pero nunca ver la tristeza en los ojos de mi hija, eso me mataría en vida. —¿Qué pasaría para que me alejara de ella? —Que su padre apareciera. En sus ojos veo el dolor, el mismo dolor que he sentido por más de una década. Estoy dando por hecho que él no es el padre, pero es que… —Estoy seguro de que soy su padre. Yo no lo estoy y no quiero saberlo. Tengo miedo de la verdad. Soy su madre y eso es lo que importa. —Manson, basta. —Suplico, algo que no he hecho desde hace tiempo—. Déjanos en paz. —Susurro parpadeando varias veces de esa manera, evito que lágrimas continúen saliendo. Sacude la cabeza acercándose un poco más, invadiendo mi espacio personal. Su rostro está tan cerca al mío que nuestros alientos se unen. Es inevitable sentirme atraída hacia él, es inevitable que su olor a perfume caro me envuelva. Juro que siento las palpitaciones de mis venas. —Emma… Su voz es lo que me regresa a la realidad. No me puedo permitir un momento de debilidad, no con él. —No eres el padre de mi hija y si te acercas a Julie sé que la harás sufrir porque tarde o temprano huiras como el cobarde que eres. —Finalizo apartándolo con mi mano para poder alejarme de allí. Lo escucho llamarme, pero lo ignoro. Lo último que necesito en mi vida es inestabilidad emocional. Me gustaría decir que él no es de esa manera, pero lo conozco como la palma de mi mano. Quizás no conozca toda su historia, pero si sé cómo piensa, sé cómo actúa, vivimos por tres meses, puede que no sea mucho, pero si es lo suficiente como para saber qué pasa por su cabeza.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD