Capitulo Veintitrés

1729 Words
El desfile termina cerca de las cuatro de la madrugada, por lo que me veo caminando hacia el hotel en el que me hospedo cerca de las cinco de la mañana. Mis manos permanecen en los bolsillos de mi extravagante abrigo. Esto es lo que no me gusta de los grandes eventos, siempre terminan tarde y termino agotada. Luego debo tomarme todo el día para poder rendir el otro día porque si no lo hago juro que moriré por falta de sueño. Mi cerebro es flojo para trasnochar, cada vez que lo hago al otro día no salgo de la habitación por estar durmiendo, pero creo que eso es de todo ser humano, después de todo ninguno de nosotros somos robots, así que tarde o temprano el cuerpo nos pide un poco de descanso. Me despierto cerca de las cuatro de la tarde y eso es por el reloj cronológico que tengo, siempre que estoy fuera de casa a esta hora me conecto con mi hija, de esta forma nos ponemos al día. —Hola, ma. —Saluda masticando mientras mueve sus manos de un lado a otro a modo de saludo—. ¿Cómo te fue…? Hay costumbres que no se pierden, a ella no le importa hablar con la boca llena. —Hola cariño. Lo más difícil de mi profesión es no poder traerla conmigo. Cuando estaba pequeña tenía que viajar mucho para contactar con proveedores e inversionista, dar a conocer mi nombre por lo que siempre la llevaba conmigo, con el tiempo fue imposible hacerlo porque ella tenía que estudiar, formar un vínculo afectivo de amistades y llevarla de un lado a otro terminaría pasándole factura. Hay ocasiones en que me acompaña, pero hay otras en las que decide quedarse en casa, lo cual no puedo oponerme, ya es casi una adulta para tomar sus decisiones. —¿Entonces…? —Estuvo genial. Sacude la cabeza dejando de comer. —Mientes muy mal. —Eso es porque me conoce muy bien—. Serg, me contó que te encontraste con la sabandija menor. ¿Por qué me sorprende que la llame sabandija? —¿Qué más te dijo, Serg? Eso parece incentivarla a que hable, se acomoda un poco en el asiento, luego concentra su atención en mí. —Dijo que te veías preciosa con ese vestido. —Suelta divertida—. Por suerte soy menor de edad y se contuvo con los detalles. —Jul. —Suelto alarmada. Se encoge de hombros. —Serg, es un amor. —Parpadea varias veces fingiendo ternura—. ¿Qué te dijo la sabandija esa que con la que compartes lazos de sangre? —¿Cómo sabes que es una sabandija? Se encoge de hombros bebiendo algo que parece ser té. —Serg, me hablo de ella y por lo que me comento puedo deducir que no debes estar cerca de esa mujer. —Y eso que no la ha conocido—. Así que no pienses en… —No pensaba hacerlo. —Confieso—. No tengo intención de reencontrarme con Aimée. Ella me da un poco de temor, me pone en estado alerta y eso… —No te gusta. —Completa por mí—. Por suerte, eres una mujer sensata. Parece que ella fuera mi madre. —¿Qué tal estuvo tu día? —me veo cambiando de tema. Rueda los ojos porque sabe muy bien que ya no abra más tema referente a la “sabandija” —En casa, madre. Levanto las manos al aire en señal de paz. —Solo pregunto. Julie es una chica responsable, esa es la razón por la que la dejo sola, bueno sola del todo no. Tengo a Danna que me ayuda con un poco de seguridad, nunca estaría tranquila si la dejara sin ninguna protección, incluso hay veces que se queda en casa de ella o de Will. —Sabes que no tengo razón para salir. Julie no es de tener muchas amigas. —No está mal que salgas siempre y cuando te cuides. —Lo sé, madre. Sonrío mirándola con amor. —Te amo. No puedo evitar decírselo en cada ocasión que tengo. No hay día que no recuerde, que no tuve la oportunidad de besarla cuando nació. La emoción de las madres es que luego de dar a luz te entregan a tu hijo para que fortalezca el vínculo con él. Yo no pude hacerlo, yo solo podía orar al cielo para que mis pequeños se salvaran. Ni siquiera pude amamantarla. —Y yo a ti, madre. —Me guiña uno de sus ojos. Su frase puede sonar simple, pero su mirada lo dice todo. —¿Qué has pensado del concurso? Sacude la cabeza en negación al mismo tiempo que lleva algo de comer a su boca. —Definitivamente, no lo haré. —Mastica. —Entiendo. —Me concentraré en las clases normales y en el modelaje. No me gustaría que mi hija perteneciera a este mundo. Todo lo que he vivido me ha endurecido. La fama daña, los que están arriba siempre van a querer que el que empieza caiga y se fracture para que renuncie. Sé que estoy en este lugar por lo buena que soy en mi trabajo, pero también soy consciente de que la fama que está en mis manos es por la ayuda de personas importantes. Nunca hubiera llegado donde estoy si no me hubiera unido a personas influyentes, no me avergüenzo de ello porque en este mundo debemos buscar la manera para salir adelante. El mundo se mueve por la influencia. Simplemente, tomo lo que el destino pone en mi camino. El destino puso a Danna en mi camino y lo agradecí, lo sigo agradeciendo. —Como lo desees. —A veces me gustaría una reprimenda de tu parte. —Bromea. Sonrío mientras sacudo la cabeza. —Cuando hagas algo indebido te la daré. —¿Acaso no he hecho nada indebido, madre? —Que yo sepa no. —Suelto picándola—. ¿Acaso hiciste algo malo y no me has comentado? —entrecierro los ojos esperando su respuesta. —No. —Recalca la o al final. —No soy muy partidaria de la violencia. —Reconozco—. Pero lo que hiciste aquella vez me lleno de orgullo, me siento orgullosa de que mi pequeña sepa defenderse. —¡Mamá! —exclama. —Eres mi mundo, peque. Siempre he sido sincera con mi hija y le he hablado de lo que puedo, desde los novios hasta la violencia, la manipulación que las personas pueden influir en nosotros. Le he hablado en gran parte mi historia. Los hijos necesitan padres con experiencia que les hablen de los golpes que han recibido, no necesitan padres santos que los juzguen. —Lo sé, ma. Hablamos cerca de media hora de todo y nada. No hay nada que ame en la faz de la tierra que la confianza y comunicación con mi hija. Sé que tarde o temprano abrirá sus alas y volara como el ave, maravilloso que es y esa es la razón por la que quiero ser su soporte, aquella persona que sane sus heridas, esa persona en la que ella confió antes que, en otra, esa persona que la impulse y la corrija cuando deba. […] Ya que estoy en París, decido que lo mejor es disfrutar un poco, total mañana, regreso a Metz, a mi vida normal del trabajo. Con mi abrigo puesto término pasando por diferentes lugares sin importarme que en ocasiones la nieve es un poco fuerte. Eso necesitaba, un nuevo aire, alejada de los problemas que deje en Metz. Me entretengo comprando algunas cosas que le pueden gustar a Jul. —Lo siento. —Susurro luego de reponerme del golpe con una espalda. —No hay problema. La persona se da la vuelta dejándome ver su maravilloso y encantador rostro. —¿Me estás siguiendo? —cuestiono divertida. —¿La verdad o la mentira? Él nunca me ha mentido. —La mentira. —No. —Entonces si me estás siguiendo. —Estoy cuidando de ti. —Esto ya no es una broma. Enarco mis dos cejas retándolo con la mirada al mismo tiempo que me cruzo de brazos. Está bien que se crea un tanto con ese derecho, pero no está bien que quiera evitar que me estrelle. Tengo una vida en la que él no puede influir. —No soy una cría para que cuides de mí, sé cuidarme sola. —Le recuerdo. —Lo sé. Esconde sus manos en el bolsillo de la chaqueta, resaltando su toque jovial. —¿Entonces porque lo haces? —Porque no puedo sentirme tranquilo cuando sales así. —Saca una mano del bolsillo señalándome—. Y menos cuando él está por ahí. —Reconoce. Estoy segura de que lo observo con el ceño fruncido. —¿Así como…? —Así tan distraída. —En eso tiene razón. —No le tengo miedo. —Aclaro en mención a lo último. Sonríe al mismo tiempo que extiende una de sus manos para poner algunos mechones de cabello en mi oreja. —Lo sé, pero me siento más a gusto estando a tu lado y siendo tu soporte. —Serg… —¿Vamos por un café…? Sé que se preocupa por mí más de lo normal, y amo que lo haga porque me hace sentir viva, además me hace sentir importante de saber que le importo a alguien. Sin embargo, no puedo jugar con sus emociones, me siento mal cada vez que me quedo en silencio por no lastimarlo, pero ya va siendo hora de ser sincera con él. —Vamos. Me dejo guiar hacia la cafetería más cercana y como siempre que estamos juntos disfrutamos de una charla tranquila mientras comemos un ponqué y un delicioso té por mi parte. Somos la compañía perfecta, pero no ese tipo de compañía que él quisiera. Emma Briand nunca se imaginó estar en una cafetería exclusiva como una celebridad. Tenía mis sueños, pero poco a poco los vi lejos hasta que ella vio mis diseños, su opinión fue más valiosa que su dinero. —¿Lo has pensado? Lo bueno siempre termina opacado por lo malo. Esta noche no es la excepción y quizás es que esta madrugada luego de que termina el desfile hui de él.
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