Hubo momentos de risas, de tensión, de errores corregidos al vuelo. Las manos no dejaban de moverse, las cucharas pasaban de una estación a otra sin descanso. Y cuando el reloj marcó casi las siete de la noche, el agotamiento era visible en los rostros de todos. Pero también lo era el orgullo. Habían alcanzado una ejecución cercana a la perfección. Linda notó que ni su padre ni Rebeca aparecieron en todo el día. Al principio lo encontró extraño, pero a medida que avanzaba la jornada, esa ausencia se volvió extrañamente reconfortante. Por primera vez en semanas, no sentía miradas juzgándola, ni silencios llenos de intenciones ocultas. Era como si, por fin, pudiera liderar sin el peso de una corona prestada. En esa cocina, rodeada de su equipo, con el sonido de los cuchillos sobre las tabl

