No solo Linda, también los otros estaban al borde del abismo, ella, con un nudo en la garganta, se repetía que no cedería ante la injusticia. De reojo, miró a Luciano. “Un día fuiste mi mejor aliado, y ahora apenas eres una silueta en la sombra de tu propia culpa.” Cuando se anunciaron los nombres, Dulce no pudo contener su furia. —¡Esto es un golpe bajo! ¡El público no está juzgando los platos, sino las mentiras que Estrella difunde! Samuel, con la voz cargada de impotencia, se unió. —¡Hemos visto cómo Linda cocinó de maravilla, esto no es justo! Carlo, fiel a su papel de conductor implacable, mantuvo la compostura. —El show se rige por sus propias reglas. Son ustedes quienes deben convencer al público de su valía. Linda cerró los ojos un segundo, respiró profundo, apretó los die

