Marcó el número sin pensar. Sonó tres veces antes de que una voz somnolienta contestara: —¿Linda? ¿Qué sucede? —Necesito un cambio de imagen. Ahora mismo. Pagaré el doble si vienes al Hotel Boutique. Hubo un silencio tenso al otro lado, y luego una confirmación escéptica pero vencida por el dinero. Acordaron una hora. Linda colgó y comenzó a empacar frenéticamente. Sus manos temblaban. Se colocó una gorra, un abrigo largo, y bloqueó la puerta con una silla. Cada pequeño sonido en el pasillo la hacía brincar. El miedo la envolvía como una segunda piel. Una hora después, la estilista llegó. Cargaba un maletín y la observó con auténtico asombro. Linda no era la mujer sofisticada que recordaba. Era una figura rota, desvelada, con los ojos cargados de tormenta. Linda cerró la puerta co

