Ciudad de Santa Bárbara, un mes después…
Todo libro tiene una página final, una que nos indica que su contenido acaba de culminar. Lo sé, es triste porque justamente pasa cuando quieres saber más de su contenido. Sin embargo, debemos tener presente que una historia de amor nunca tendrá un fin; de alguna forma se queda impregnada en la mente de aquellos que fueron testigos de cada relato.
Créenme cuando les digo que los finales felices existen y más cuando sanas una vieja herida. Pero no lo lean de mí, mejor que se lo cuente Luciana.
…
—¿Sabes por qué te cité a solas, Luciana?
Le pregunta la terapeuta a Luciana, mientras la arquitecta se acomoda en el sillón. Aquel lugar permite que cada persona tenga libertad de reescribir su historia gracias a sus paredes blancas carentes de adornos. Es un espacio armonioso y especial, ya que en uno de sus rincones se encuentra una cascada que brinda sosiego al alma y tranquilidad al corazón.
Alicia duró muchos meses, buscando la mejor decoración para su consultorio, quería el lugar perfecto donde sus pacientes pudiesen sentirse liberados y encontrar paz en su interior, y sí, lo logró.
—No, en realidad, no sé por qué me citó a solas. Pensé que Guillermo y yo estábamos avanzando en las terapias - comenta Luciana, confundida.
En la última sesión en pareja, la terapeuta recomendó tener una consulta individual con la arquitecta; a pesar de no entenderlo, la pareja aceptó. Guillermo ha sido un gran colaborador durante las seis semanas que tienen yendo a terapia. Su objetivo es lograr que su esposa e hijas estén bien, así que de él nunca escucharán una negativa si se trata para la mejora de su familia.
Alicia le brinda una cálida sonrisa para tranquilizar los nervios de una mujer que le ha costado más de la mitad de su vida fingir que es fuerte. La terapeuta lleva un traje de chaqueta y pantalón blancos. Necesitaba que Luciana estuviera concentrada en una cosa: su liberación. No quería usar ningún color que la distrajera.
—Créeme que están avanzando de manera significativa, eso me agrada. Sin embargo, me parece que aún no hemos hablado de lo que detonó que te alejaras de tu esposo. Tú has descrito a Guillermo como un hombre, amoroso, comprensivo y, un buen padre. También expresado que lo amas con locura, entonces, ¿dónde está el fallo con él?
Cuestiona la terapeuta muy segura del análisis que hizo desde el día que tuvo el informe de la pareja de esposos en sus manos, así como lo que recolectó en su investigación. Alicia no es la mejor en su área solo porque viste de marca y su consultorio está en uno de los lugares más exclusivos de la ciudad de Santa Bárbara. Lo es por la capacidad para adelantarse a los acontecimientos y para ver lo que nadie más puede observar. Es lo que hace que Sergio, el hombre que dice no querer cerca, siempre consulte con ella algunos de sus casos cuando se trata de sacar el perfil de un homicida, o violador.
Luciana mira directamente a la terapeuta, sin poder creer que por fin había llegado el día de soltar sus temores y enfrentarse con su pasado. Ella respira profundo y le dice:
—Supongo, que este es el momento de hablar. Bueno, Guillermo, estado lo que dije y más. Si he de decirle algún defecto de él, le diría que el querer cuidar de todos en ocasiones puede ser abrumador - comenta y suelta una risa sin gracia. —Mi papá murió cuando era tan solo una niña, y mi madre no fue la más cariñosa ni cuidadosa del mundo. Ella era joven y hermosa, así que se volvió a casar, solo que su ambición la llevó a hacerlo con alguien que no era la mejor persona.
Revela mientras siente un calambre que corre por sus piernas. En ese momento, Luciana se encuentra tan concentrada en su desahogo que ni siquiera se ha percatado de que se ha despojado de sus zapatos Jimmy Choo. Alicia observa cada acción, y gesto de la arquitecta, sin interrumpirla, solo se dedica a tomar anotaciones de lo que ve.
—Tenía catorce años cuando ese hombre entró a mi casa y la convirtió en un infierno. Guillermo se dio cuenta de la escoria que era, así que siempre trato de mantenerme lejos de él. Pero claro, mi esposo era otro adolescente y no podría estar todo el tiempo a mi lado, y bueno, eso que se imagina, sí, pasó.
Confiesa mientras el nudo en su garganta, el que se formó por muchos años, se va desatando. Le cuesta sacar fuerzas; aun así, no silencia sus palabras y continúa…
—Tenía dieciséis años y muy poco con que defenderme. Decidí callar porque tenía miedo y estaba avergonzada por lo sucedido. Nunca se lo quise decir a Guillermo por temor a que me rechazara, así que bloqueé el nefasto recuerdo y seguí con mi vida.
Confianza mientras tiene la mirada perdida y una lágrima recorre por su mejilla. Está siendo doloroso recordar aquel momento; sin embargo, quiere sanar y cerrar ese capítulo de su historia. Por su parte, Alicia le ofrece servilletas y le pregunta:
—¿Quieres que paremos?
—No, no quiero. Deseo terminar con esto de una vez por todas - dice secando sus lágrimas.
—De acuerdo. Ahora dime, ¿dónde estaba tu madre en esos momentos?
Pregunta Alicia, sintiendo la necesidad de comprender qué papel jugaba la madre de Luciana, mientras su hija sufría. La arquitecta suelta una risa sin gracia. Hay muchas cosas que tiene borrosas en su historia y donde estaba Susana, su madre en ese tiempo es una de ellas.
—Bueno, si no estaba drogada, supongo que borracha, no lo sé. Yo solo recuerdo haberme ido aquel día. Duré un tiempo en la casa de mi abuela, lugar donde ese cretino se atrevió a buscar. Luego él desapareció y mi madre murió, no llegué a tener ningún tipo de relación con ella, es como si mi mente no reconociera que tuve una. No sé si se logra entender.
Cuestiona mientras intenta escarbar en su mente algún resquicio de Susana, pero no logra encontrar ninguno. Tiene recuerdos de su padre y él murió cuando Luciana tenía 8.
—Lo entiendo. Entonces dime: ¿cómo sobreviviste a todo eso?
—Si me preguntas, cómo pude vivir una vida plena hasta hace dos años, no le sabría explicar. Supongo, que las ganas que tenía de comerme al mundo junto a Guillermo y luego el nacimiento de las niñas me distrajeron. Sin embargo, hace un poco más de un año, lo volví a ver. Pensé que ya ese hombre había muerto, pero no, allí estaba, en medio de la multitud. Lo reconocí porque sus ojos oscuros llenos de maldad nunca se me olvidarían.
Termina de revelar, sintiendo cada vez más libre. Su hija Jade tomó fuerzas y hace una semana les confesó a sus padres las razones de los cortes en su piel. Resulta que la jovencita tenía la idea de que no era lo suficientemente buena para pertenecer a su familia.
A diferencia de Esmeralda y Ámbar, su gemela, ella no tenía las notas perfectas, ni tenía los enormes sueños como ellos, así que, simplemente, pensaba que no encajaba en su familia. Algo más lejos de la realidad, ya que ni Luciana, ni Guillermo les han exigido a sus hijas más de lo que ellas puedan dar. Ambos son buenos padres que no tuvieron buenos progenitores.
Pero rescatando lo positivo, la arquitecta agradeció que su hija por primera vez pudo hablar con ellos y manifestar sus sentimientos. Jade fue valiente y ahora le toca a su madre serlo también.
—¿Por qué no hablaste con Guillermo después de ver aquella persona? - le pregunta Alicia sacándola de sus pensamientos.
—Han pasado veintiocho años desde entonces, no quería revolver el pasado, pero sin darme cuenta me fui alejando de él. Recuerdo que una vez Guillermo intentó besarme, no lo pude dejar hacerlo. Es que me sentía sucia, y me convencí de que si él me tocaba también se ensuciaría. ¡Una tontería! Él hubiese respetado mi espacio y me hubiese dado tiempo para sanar. Sin embargo, una loca idea me hizo preferir refugiarme en los brazos de otro hombre, alguien con quien no tenía que conectar emocionalmente, solo tenía que fingirlo. No me malentiendas, Edward fue un caballero, que se enamoró solo, así que no tenía que esforzarme con él.
—Comprendo, ¿y sabes qué quería aquel hombre?
—Dinero - responde con rapidez, luego de darle un sorbo a su vaso de agua. —¿Puede creerlo? Casi arruina la vida de una adolescente y luego aparece a exigirme que le dé dinero porque, según él, me crio. ¿Eso, cómo lo debí tomar?
—No sé, cuéntame, ¿qué hiciste tú?
—Se lo di, esperando no volverlo a ver jamás. Al parecer, mi deseo se cumplió, supe que murió hace tres meses - responde sin remordimiento.
—¿Y cómo te hace sentir eso?
—Aliviada. De hecho, siento que puedo conversarlo con mi esposo. Ahora sé que no va a correr a buscar al hombre que me lastimó, sé que no se ensuciará sus manos con una persona que solo supo hacer daño.
Responde de manera contundente. Alicia asiente, mientras escribe en su libreta: “la mujer que no se convirtió en víctima”. Luciana tenía todo para convertirse en una resentida de la vida y fallar como: madre, esposa y profesional. Sin embargo, no lo permitió. No dejó que la ausencia de una madre afectuosa la afectara, o que aquel desdichado hombre la matara en vida. Eso es lo que la ha llevado a apoyar muchas fundaciones para mujeres, adolescentes y niñas que son violentadas y que aún viven para contarlo.
—Bien, necesitas alguna recomendación para hablar con él.
Pregunta Alicia, sintiéndose satisfecha por cómo terminó la sesión.
—No, doctora, creo que puedo hacerme cargo - exhorta mientras se levanta del sofá, toma sus tacones y se dirige hacia la salida, pero antes de irse, se da la vuelta y dice: —Gracias por ayudarnos, es usted nuestro ángel.
La terapeuta hace un sentamiento de cabeza y la ve perderse detrás de la puerta de su consultorio. De ella brota una sonrisa, no es la primera vez que le dicen ángel o el ángel rojo. El último apodo fue dado por Sergio.
Una vez que Alicia se queda sola, cierra su libreta, intuyendo que no verá a la pareja por una larga temporada.
Y así es como pude contarles esta historia.
Saben, todos pasamos a diario por vivencias dolorosas y traumáticas. Así que cada quien elige cómo enfrentarlas. Algunas saben cómo hacerlo, solo les falta quien los guíe. Otros no tienen la menor idea de qué hacer, así que se encierran. Pero están los que solo necesitan ser escuchados, mientras buscan su propia solución.
Entre todas esas, ¿cuál serías tú?…
…
La terapeuta guarda sus cosas para salir del consultorio. Luciana era su última paciente en el horario de la mañana, así que la pelirroja pretende salir a almorzar con su madre, una mujer elegante con linaje real, que aspira a ver a su única hija casada.
Alicia solo espera que su madre no salte con el mismo tema de siempre, y mientras hace eso, ella percibe el aroma de un delicado perfume varonil que anuncia la llegada de un caballero antes de que este pueda tocar la puerta que está entreabierta.
—Te dije que iba a almorzar con mi madre - dice Alicia sin voltear a ver al caballero.
—Lo sé, ella fue quien me mandó a buscarte.
Le informa Sergio parándose detrás de ella, mientras tiene sus manos en los bolsillos y una sonrisa traviesa. Alicia rueda los ojos, toma su cartera y voltea a verlo.
—¿Qué te he dicho de estar hablando con mi madre? - le reprocha.
Alicia le ha advertido sobre el tema. Su madre, que siempre le ha sugerido que se case con un hombre de linaje como ellas, ha cambiado su percepción por Sergio, el exesposo de su prima, aunque esta solo es familiar de la terapeuta por parte de su padre. Así que, para Isabel de Borbón, tal prima, no es su familia.
El abogado se acerca lo suficiente a la terapeuta como para escuchar los rápidos latidos de su corazón. Resistiéndose a besarla una vez más, le dice:
—No tengo la culpa de que tu madre me haya invitado al club y que me encomendara la misión de llevarte hasta allá.
Comenta mientras se toma el atrevimiento de rodear la cintura de ella. La pelirroja levanta el rostro para ver el de él.
—No te rendirás nunca, ¿cierto? - cuestiona Alicia.
—Jamás - responde Sergio con seguridad. —No volveré a equivocarme, Alicia Villa Nueva de Borbón.
Ella deja que sus ojos, verdes olivas, se entrelacen con los marrones del caballero, provocando una especie de eclipse entre los dos. Alicia es experta en dar recomendaciones; sin embargo, le cuesta aplicarlas en su vida. Es que sabe lo que se sufre en los temas del amor, ya lo vivió con él y prefiere evitarlo. Aunque Sergio no se rendirá. Es un testarudo que, poco a poco, se está ganando su espacio.
El abogado se acerca lentamente a los labios de la terapeuta. Mientras es invadido por el dulce aroma a vainilla que desprende su cuello y lo incita a besarla. Él se encuentra tan perdido que no pudo prever que su querida amiga pudiese empujarlo hacia el sofá, cortando el romántico momento.
—Llegaremos tarde, sabes que Isabel de Borbón, viuda de Villa Nueva, odia la impuntualidad. Recuerda que es una aristócrata española.
Menciona mientras camina hacia la salida del consultorio. Sergio se carcajea, a veces le cuesta entender de dónde la pelirroja saca tanta fuerza para apartarlo de ella.
—No me voy a rendir, mujer, nunca he perdido un caso y tú no serás la excepción.
Comenta y sale tras ella. Antes de que la madre de la terapeuta los regañe como niños chiquitos por la tardanza.
¿Alguna vez han escuchado que alguien o algo es un mal necesario? Bueno, desde mi punto de vista, él es mi mal necesario. Es como la picadura de una aguja cuando te van a extraer sangre para una prueba analítica.
Sí, eso es Sergio Beltré para mí, «mi mal necesario».