Una semana después.
Miércoles, 19:19 p.m.
Estaba completamente concentrado, ajustando los últimos detalles del dibujo que le había hecho a Sandra, la modelo que Sergio y yo habíamos pintado. Dentro de unas horas le mostraríamos los retratos, y en lo personal, esperaba que le gustara el mío. Le había dedicado muchas horas, cuidando cada sombra, cada degradado, tratando de que quedara perfecto, especialmente porque lo había hecho en blanco y n***o.
Entonces, justo cuando terminaba de retocar una de las sombras más delicadas, el timbre de mi departamento sonó de repente. Por lo que me sobresalté, ya que no estaba esperando a nadie. Dejé el lápiz a un lado, me levanté y fui hacia el telefonillo para preguntar quién era.
— ¿Hola?
Amaia: — Hola, Vicenç, soy Amaia. Ábreme
— Vale
Desbloqueé la puerta y esperé, algo confundido por su visita inesperada.
Amaia: — Hola
— Hola. No me avisaste que venías
Amaia: — Igualmente sabía que me dejarías pasar
— Pero podría haber estado ocupado
Amaia: — Jalándotela, seguramente
— dijo con una sonrisa pícara mientras pasaba junto a mí, provocando una risa involuntaria de mi parte.
— Ya te gustaría ayudarme con eso
— respondí, sin pensarlo mucho, siguiendo su broma.
Amaia: — ¿Y qué haces? — preguntó mientras se dirigía a la sala.
— Estoy terminando un retrato
— respondí, siguiéndola.
Así pues, la vi detenerse frente al dibujo y su rostro mostraba curiosidad, pero había algo más. Estaba pensando en algo, ocupada en una idea que parecía rondarle la cabeza.
Amaia: — ¡Guau! Te quedó bonito. ¿Quién es? ¿Tu nuevo ligue?
— Se llama Sandra, es una modelo a la que le hice un retrato
Amaia: — Tiene un cuerpo muy bonito
— dijo, observando el dibujo con detenimiento. Aunque su tono era neutral, no pude evitar notar algo distinto en su expresión, casi como si se sintiera decepcionada porque no era incomodidad, sino una especie de molestia sutil, como si la idea de que hubiera pintado a una mujer desnuda le hubiera causado celos. No sé, no estaba seguro.
— ¿A qué venías? — pregunté, intentando cambiar de tema.
Amaia: — Venía para traerte los últimos documentos del libro del elefante. Julián me acaba de decir que la autora, Carmen Salinas, quiere ver cómo vamos. Pensábamos que lo vería la semana que viene, pero ahora lo quiere ya, como muy tarde mañana
— ¡Ah! Vale, pues hay que enviárselos
Amaia: — Sí, me dijo que le mandáramos las fotos, y por eso vine. Solo tú tienes su correo y no podíamos esperar hasta mañana, no quiero que quedemos como unos incompetentes.
— Claro, bien, hagámoslo ahora
Amaia: — Sí. Yo tomo las fotos
— Vale, yo busco mi laptop y las enviamos
Amaia: — Ajá
De modo que, Amaia tomó las fotos de los documentos que había traído, que contenían los ajustes que habíamos hecho al libro. Luego, se las envié a la autora por correo electrónico, esperando que todo estuviera bien y que le gustara. Puesto que, si no le gustaba, tendríamos que encontrar nuevas ideas para cambiar lo que no le convenciera, lo cual complicaría nuestro trabajo.
Amaia: — ¿Y por qué la pintaste desnuda?
— ¿A quién?
Amaia: — A esa chica
— ¡Ah! Porque ella quiso
Amaia: — Quiso que la vieras así, tal vez — dijo con un tono sugerente.
— No, fue para un proyecto en el que está trabajando
Amaia: — ¡Ah!
— ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres que te pinte así a ti?
Amaia: — Ya quisieras verme desnuda
— dijo con la misma actitud juguetona que yo había mostrado antes con su comentario.
Y es que siempre me había gustado esa coincidencia en nuestras personalidades, cómo nuestras bromas se alineaban.
Era algo que disfrutaba profundamente de nuestra relación, porque no con todos me entendía de esa manera ni tenía esa confianza tan grande.
— ¿Pero aceptarías?
Amaia: — ¿Lo dices como una propuesta profesional o porque eres cochino?
— Las dos — respondí, bromeando, y ella se rio.
Amaia: — Tendría que pensármelo, pero podría decir que sí si eres tú quien me dibuja — contestó, y para no parecer demasiado interesado en su respuesta, me concentré en enviar el correo electrónico.
— Bueno, ya está. Envié el correo
Amaia: — Muy bien
— ¿Te vas a quedar un rato o solo estabas de paso?
Amaia: — No, ya me voy ¿o me vas a invitar a cenar?
— Es que tengo que entregarle este dibujo a Sandra y no sé cuánto me tardaré
Amaia: — Okay, ya veo que tienes planes para esta noche y quién será tu comida — dijo con un tono insinuante.
— Nada que ver, Sandra solo es una conocida
Amaia: — Así empieza todo…
— ¡Qué va! Mañana te invito a cenar, lo prometo
Amaia: — Sí, ya nos veremos.
En fin, me voy. Pasa una bonita velada con esa chica — dijo y se fue del departamento.
20:45 p.m.
Iba en dirección al estudio de Sergio, donde habíamos quedado para reunirnos con Sandra, la modelo.
No iba a mentir; algo en mí se sentía inquieto al saber que la volvería a ver. Entre mis pensamientos, había uno que me decía que intentara algo con ella, aunque fuera solo físico.
Y es que a pesar de querer evitarlo, mis deseos de acostarme con una mujer eran cada vez más intensos, y sabía que esta era una oportunidad que podría darse.
En este caso, Sandra había mostrado cierto interés la última vez que nos vimos, lo que me daba una razón más para considerar la posibilidad de algo con ella.
De modo que, a medio camino, me detuve en una farmacia y compré algo primordial: condones. Porque, si llegaba el caso de que Sandra y yo tuviéramos sexo, era necesario. No iba a ser imprudente ni irresponsable, así que decidí comprar lo que necesitaría.
Minutos más tarde, llegué al estudio de Sergio.
Me dirigí dentro del local y allí encontré a Sandra y a Sergio charlando. Sandra vestía una camisa blanca de vestir, una falda roja ajustada y unos tacones que le quedaban muy bien.
Sergio: — Hola
— Hola
Sandra: — Hola, ¿qué tal?
— Hola, bien. ¿Y tú?
Sandra: — Ansiosa por ver tu dibujo. Acabo de ver la pintura de Sergio y me ha dejado sin palabras
— Pues espero que mi dibujo te guste
— dije, entregándole el lienzo en blanco y n***o.
Sandra: — ¡Hala! Qué chulo. Está muy hermoso tu dibujo, Vicenç. Veo que tienes mucho talento
— Gracias
Sandra: — Está superbién — dijo, acercándose para darme un abrazo y un beso en la mejilla.
— Me alegra que te haya gustado
Sandra: — Claro que sí, ¿cómo no me va a gustar?
Sergio: — Es que Vicenç es muy talentoso en muchas cosas
Sandra: — Eso veo — dijo con una sonrisa y una mirada pícara.
Sergio: — Bueno, me alegro de que te hayan gustado los retratos que te hicimos
Sandra: — Sí, están muy hermosos. De verdad, muchas gracias
Sergio: — No hay de qué, cuando quieras, ya sabes que me puedes contactar por número de teléfono o correo electrónico
Sandra: — Sí, te tendré en cuenta para proyectos futuros. Muchas gracias
Sergio: — Bueno, guapa, fue un placer conocerte
Sandra: — Igualmente, que te vaya bien
Sergio: — Gracias, igual tú
— ¿Te ayudo a llevar las pinturas a tu auto?
Sandra: — Sí, por favor, tú eres fuerte
— Vale, ahora voy
Sandra: — Te espero en el auto — dijo con una sonrisa y se dio la vuelta para salir del local.
Sergio: — ¿Te irás con ella?
— No sé, ¿por qué?
Sergio: — Aprovecha, ¿no ves que te está coqueteando?
— Sí, lo noté
Sergio: — Pues ya está. ¿Qué más quieres? Vete con ella
— Nos vemos luego
Sergio: — Sí, después te hago una transferencia del pago por los retratos
— Vale, adiós
Sergio: — Adiós, pásatela bien
Agarré los dos lienzos y me dirigí hacia fuera del local, donde me acerqué al auto de Sandra, un BMW rojo, que coincidía con el color de su falda.
Sandra: — Pon los retratos ahí en los asientos de atrás
— Vale
Sandra: — ¿Tienes algo que hacer ahora?
— No
Sandra: — Podríamos ir a tomar algo
— Em…
Sandra: — ¿Te apetecería? Porque yo sí — propuso y me sentí nervioso, aunque ya había anticipado que podía hacerme esa propuesta.
— Vale
Sandra: — Muy bien, vamos. Sígueme con tu auto y nos detendremos en un bar que está cerca de aquí
— De acuerdo