Solo después de recordar dónde nos veríamos, me dirigí a mi auto y seguí de cerca a Sandra mientras conducía por la carretera.
El tráfico era ligero, y las últimas luces del atardecer, ya casi extinguiéndose, bañaban la ciudad en un suave tono anaranjado.
Unos pocos minutos después, llegamos al bar. Sandra aparcó su BMW y me hizo una seña para que la siguiera al interior.
El bar era bastante llamativo cuya fachada estaba adornada con luces de neón en tonos vibrantes que parpadeaban intermitentemente, atrayendo miradas. Las luces reflejaban un ambiente festivo, pero el lugar claramente tenía un enfoque más adulto: la música era animada, aunque suave, y las risas entremezcladas con conversaciones llenaban el aire.
El interior estaba decorado con detalles modernos, diseñado para quienes buscaban relajarse y disfrutar, sin las estridencias de un club, pero con suficiente energía como para crear una atmósfera divertida y hasta podría decir que insinuante, como si el ambiente sugiriera que después de unos tragos y buena compañía, las cosas podrían tomar un giro más íntimo y espontáneo.
Sandra: — ¿Qué te parece el lugar?
— preguntó, justo después de sentarnos en una mesa algo apartada de la multitud.
— Es muy bonito, nunca había venido
— respondí, mientras una camarera se acercaba a nosotros.
Camarera: — Hola, bienvenidos. Aquí tenéis la carta con el menú, que incluye tanto bebidas como comida
— Gracias
Camarera: — Tomaros vuestro tiempo, cuando estéis listos me avisáis
Sandra: — Yo pediré un Gin Tonic
— Y yo un mojito — dije, consciente de que no solía beber mucho alcohol, pero prefería tomar un poco para dejarme llevar cuando llegara el momento de estar a solas con Sandra. De hecho, parecía que ese momento no estaba muy lejos, ya que desde que nos habíamos sentado, Sandra no había dejado de mirarme de una manera tan intensa.
Además, sus pies no se apartaban ni un solo segundo de los míos, estaban pegados, aunque hubiera suficiente espacio, pero eso era otro indicio de lo que quería de mí. Sin embargo, no me molestaba darme cuenta de eso; al contrario, agradecía que ella fuera así de directa, dejándome claras sus intenciones.
Camarera: — Muy bien, ahora lo traigo
— Muchas gracias
Sandra: — Y bien, mientras llegan las bebidas, cuéntame un poco de ti
— Pues trabajo en una editorial
Sandra: — ¡Ah! Suena genial. ¿Y qué más haces?
— De vez en cuando pinto
Sandra: — Y por lo que veo, lo haces muy bien. Tu dibujo quedó muy bonito
— Gracias
Sandra: — ¿Y en lo personal, supongo que no tienes novia?
— No
Sandra: — Lo digo porque lo que vendrá después será… interesante — dijo con una sonrisa provocadora.
— Estoy esperando a que llegue ese momento
Sandra: — ¿Tienes ganas de eso?
— Creo que las mismas que tú
Sandra: — Cuando estuvimos en el estudio, me di cuenta de algo que me llamó la atención — comentó, haciéndome sentir incómodo al pensar que podría referirse al inconveniente que tuve con mi erección al verla desnuda. Porque si se había dado cuenta, eso me haría sentir avergonzado, porque no quería que lo supiera. Era cierto que había pasado, pero simplemente no quería que lo supiera; era algo mío, un secreto.
— ¿Y qué fue? — pregunté despreocupado mientras veía a la camarera acercarse con nuestras bebidas. Luego de eso, Sandra continuó hablando.
Sandra: — Decía que lo que me llamó la atención fue la manera en que me mirabas
— ¿Ah sí? ¿Cómo?
Sandra: — Por tu mirada intuyo que eres un hombre bastante atrevido y sexy
— respondió antes de morderse suavemente el labio inferior.
— Bueno, si tú lo dices
Sandra: — Ya lo descubriré
Finalmente, después de un par de tragos, Sandra y yo fuimos hasta su casa, que estaba a dos cuadras del bar donde estábamos, y lo primero que pasó era de esperarse: Sandra se dejó llevar desde que cruzamos el umbral de la puerta de su habitación. Ambos veníamos con la excitación alta a la espera de dejarla escapar.
Sandra: — Muéstrame lo que sabes hacer — dijo en un tono atrevido, con una chispa de desafío en su mirada, y se encimó a mí con un beso cargado de deseo.
Me quité la ropa que lleva y también se la quité a Sandra, dejándola solo con la ropa interior, tanto en la parte de arriba como de abajo, bastante rápido. No podía negar que me encontraba excitado, no tanto por ella, sino por el hecho de volver a coger, algo que no había hecho en tantos meses que había perdido la cuenta.
Tomé por la cintura a Sandra y la llevé hasta la cama, donde caímos, sin dejar de besarnos tan salvajemente que era como si nos faltara el aire. Ella gimió suavemente al sentir el peso de mi cuerpo sobre el suyo. Sus uñas recorrieron mi espalda con una mezcla de impaciencia y placer mientras mi respiración se aceleraba con cada segundo, con cada beso que se tornaba más frenético.
Sin perder el tiempo, sabiendo que era a lo que habíamos venido y lo que Sandra deseaba desde hacía rato, me puse un preservativo con rapidez. Le quité las bragas con un solo movimiento, y sin más dilación, me hundí dentro de ella, sintiendo cómo sus piernas se entrelazaban alrededor de mi cintura, acercándonos aún más.
Sandra, con una sonrisa traviesa, me miraba con esa mezcla de desafío y deseo mientras yo seguía sobre ella, pero no parecía dispuesta a dejar que eso definiera quién tenía el control.
Sus manos se aferraron a mis caderas, tirando de mí hacia ella, marcando su propio ritmo, guiando cada uno de mis movimientos con una autoridad silenciosa.
Sandra: — ¿Esto es lo mejor que tienes? — susurró, con una mezcla de burla y desafío en la voz. En su actitud y en sus palabras notaba las ansias de que la follara duro y rápido, así que no me contuve y lo hice.
— Esto solo empieza — respondí mientras ponía mi mano sobre su boca, cubriéndola para añadir un toque de control que intensificara la sensualidad del momento. Al mismo tiempo, empujé con fuerza mis caderas, hundiéndome lo más profundo que pude. El jadeo de Sandra apenas se escuchó, ahogado por mi mano, pero la intensidad en su manera de apretar los ojos lo decía todo.
A decir verdad, pocas veces había follado con tanta intensidad, pero con Sandra, a pesar de mi falta de experiencia, improvisé, usando todo lo que sabía y lo que me nacía en ese momento para demostrarle que podía estar a la altura de sus expectativas. Y al parecer, lo estaba logrando.
Además, me estaba gustando mucho el momento que Sandra y yo estábamos viviendo. Aunque ambos éramos de tomar las riendas, mostrando un deseo mutuo de dominar al otro, nos entendimos a la perfección y todo fluyó de manera sorprendente.