Jueves, 9:00 a.m.
Iba llegando a la editorial justo a tiempo, ya que la hora de entrada era a las nueve. Saludé como de costumbre a la recepcionista y me dirigí directamente a mi oficina, donde, como siempre, me encontré con Amaia. Parecía que ella también acababa de llegar, pues apenas se estaba quitando la chaqueta y tenía su bolso aun sobre el escritorio.
— Buenos días
Amaia: — Buenos días
— ¿Cómo estás?
Amaia: — Bien. Pero, ¿y esa energía? Vienes radiante… ¿Qué mosquito te picó?
— Nada, siempre he sido así
Amaia: — No… ¡Ah! Ya sé por qué vienes tan feliz. ¿Pasaste la noche con aquella mujer, verdad?
— ¿Con cuál?
Amaia: — ¡Ay, no te hagas! Sabes perfectamente de quién hablo
— Pues… no es información que debas conocer — respondí, intentando sonar misterioso, o al menos algo parecido, con un toque juguetón.
Amaia: — Vamos, cuéntame. ¿Qué tal te fue? Apuesto a que te gustó, en tu cara se nota — dijo, girándose hacia mí con los brazos cruzados, observándome de cerca.
— Ya te lo he dicho, no es algo que debas saber
Amaia: — Por cómo lo dices, parece que te lo pasaste bien. Me alegra que te hayas divertido, hacía tiempo que no te veía tan radiante — dijo dándose la vuelta, agarrando su bolso y colocándolo en otro lugar para que no estorbara.
— ¿Y tú qué tal? ¿Cómo pasaste la noche?
Amaia: — Viendo una peli — respondió mientras se sentaba en su silla.
— ¿Y te la pasaste bien?
Amaia: — Más o menos… pero no como tú. Oye, cuéntame, tengo curiosidad.
¿De verdad te gustó hacerlo con esa mujer?
— ¿Por qué quieres saberlo? — pregunté interesado, inclinándome sobre mi escritorio en dirección a ella.
Amaia: — Nada, solo curiosidad. Te veo muy feliz, nada más — respondió bajando la mirada hacia sus manos.
— ¿Y qué quieres saber exactamente?
Amaia: — Nada, olvídalo — respondió con un tono que me sonó como decepcionado, o algo así, mientras se concentraba en su computadora.
Por un momento, tuve la sensación de que se sentía incómoda al verme feliz por lo que había vivido con otra mujer. No era exactamente egoísmo, pero algo en su actitud me hizo pensar que no le gustaba verme tan animado por alguien más… o tal vez solo me lo imaginaba.
— En realidad, no fue muy bueno — dije desinteresado, como si no me importara.
Amaia: — ¡Ah! — respondió con el mismo desinterés, evitando mirarme.
— Fue bastante malo, no sé si lo repetiría — añadí, sabiendo que en gran parte era mentira. La noche con Sandra había sido más que satisfactoria. No sabía si lo repetiríamos, pero me había dejado más que complacido. Al final, nuestro encuentro solo había sido para saciar el deseo del momento, y no lo veía como algo más allá de eso. Sin embargo, preferí mentirle a Amaia; no me gustaba verla incómoda, y la idea de que se sintiera mal me hacía sentir aún peor.
Amaia: — Ajá…
— En serio, esa mujer no se cansaba y ahí estaba, dale que te pego, que me dejó más cansado que satisfecho. Creo que hubiera sido más emocionante ver un documental sobre pingüinos… — dije, así, sonando exagerado para que Amaia sonriera, y efectivamente, ella soltó una risa y se relajó un poco, mirándome divertida.
Amaia: — ¿Por cierto, Carmen Salinas contestó al correo?
— ¡Ah, sí! Hoy, como a eso de las seis de la mañana, me contestó. Dijo que le encantó la edición
Amaia: — Qué bueno
— Sí… Oye, acuérdate de que esta noche iremos a cenar
Amaia: — No sé si estaré ocupada
— Pero ya reservé la mesa — dije, tratando de convencerla, aun sabiendo que no era cierto, yo no había hecho ninguna reserva.
Amaia: — ¿Ah sí? ¿Y dónde iremos?
— preguntó, prestándome atención.
— A… tu restaurante favorito, ya sabes cuál
Amaia: — ¿A cuál? — preguntó retándome, sabiendo que yo no sabía cuál era porque tenía varios.
— A ese… Si ya sabes cuál
Amaia: — Estás tratando de que responda para decirte el nombre del restaurante, ¿verdad?
— No… — respondí mintiendo, tratando de ocultar lo evidente, lo que hizo que Amaia volviera a sonreír.
Amaia: — Me apetece comer comida china
— Está bien, igualmente eso íbamos a ir a comer
Amaia: — Sí, ajá — comentó con una sonrisa incrédula, y me hizo sonreír también.
Julián: — Buenos días — saludó, acercándose a la puerta de la oficina, acompañado de Carmen Salinas.
Amaia: — ¡Buenos días, qué sorpresa!
— dijo con una sonrisa de bienvenida.
— Hola, buenos días — saludé con entusiasmo al verla.
Carmen Salinas: — Hola, chicos. ¿Cómo estáis?
Amaia: — Muy bien, ¿y usted, Carmen? ¿Cómo va todo?
Carmen Salinas: — De maravilla, gracias— respondió con una sonrisa cálida.
Amaia: — Pues bienvenida, siempre es un gusto verla
Carmen Salinas: — Muchas gracias, querida
Julián: — Carmen, ¿por qué no se sienta con Amaia y Vicenç un rato y charláis? Le invito a un té o un café, lo que prefiera
Carmen Salinas: — Un té suena perfecto — respondió, dejando caer su bolso en una de las sillas cercanas.
— Me quedaré un momento a charlar, sobre todo porque tengo mucho que agradecer a estos chicos
Julián: — Muy bien, ahora le traerán el té. Me encantaría quedarme a charlar con vosotros, pero tengo unos pendientes que atender. Sin embargo, cuando esté desocupada, me gustaría hablar con usted y con el equipo de diseño sobre la portada del libro
Carmen Salinas: — Por supuesto
Julián: — Perfecto, entonces nos vemos en un rato — dijo con una sonrisa amable, inclinando ligeramente la cabeza antes de salir de la oficina.
Carmen Salinas: — Chicos, sin vuestro apoyo, no sé si el libro habría salido tan bien — mencionó mientras se sentaba.
Amaia: — ¡Oh, no diga eso! Para nosotros ha sido un placer
— Además, su libro tiene una fuerza increíble, fue un privilegio poder darle forma. Usted nos inspiró a nosotros también
Carmen Salinas: — ¡Qué amables sois! Pero de verdad, no habría logrado plasmar todo tan bien sin vuestras sugerencias. Vuestra dedicación y atención a cada detalle marcaron la diferencia
— Pues estamos muy contentos de que esté feliz con este proyecto
Carmen Salinas: — Sí, ahora solo queda imprimir, hacer publicidad… Pero una de las partes más importantes ya está casi hecha, y os agradezco muchísimo por eso. Habéis hecho un trabajo grandioso
Amaia: — Ya sabe que para sus próximos libros puede contar con nosotros, Carmen. Siempre será un placer trabajar con usted
Carmen Salinas: — ¡Claro que sí, sin duda alguna volvería a elegir vuestra editorial! — dijo con un tono casi exagerado, como si fuera inconcebible pensar en otra opción.
De repente, Pau, un m*****o del equipo de diseño, se acercó a la oficina para avisar algo.
Pau: — ¡Hola! Perdón por interrumpir, pero venía a avisar a Carmen que su té ya está listo y que, cuando lo desee, puedo avisar a Julián de que está libre para hablar con usted
Carmen Salinas: — ¡Ah, perfecto! Pues hagámoslo ahora. Ya he dicho todo lo que tenía que decir a estos chicos tan encantadores
Pau: — Muy bien, si es tan amable de seguirme, la llevaré a la sala donde Julián la estará esperando junto a mi equipo de diseño
Carmen Salinas: — Muy bien. Bueno, chicos, una vez más, y no me cansaré de decirlo, muchísimas gracias
— El placer ha sido nuestro, Carmen
Carmen Salinas: — Cuando queráis, os invitaré a un café. Vicenç, ya tienes mi correo electrónico, así que cuando tengáis un momento libre, escribidme y lo organizamos
— Claro, gracias. Nos pondremos en contacto
Amaia: — Adiós, que le vaya muy bien
Carmen Salinas: — Gracias, adiós
Amaia: — Es muy simpática — comentó mientras veíamos a Carmen irse con Pau.
— Sí, bastante
19:33 p.m.
Eran más de las siete de la tarde y yo me encontraba en casa, esperando que Amaia se comunicara sobre nuestros planes para cenar. Entonces, mi teléfono sonó y vi que era ella.
— Hola
Amaia: — Hola, Vicenç. Te llamo para decirte que no puedo ir contigo esta noche a cenar. Mi hermana no pudo encontrar a alguien que cuide a su hijo y me pidió que me quedara con él
— Vaya, lo siento
Amaia: — Ya… — dijo desanimada, y a lo lejos escuché el llanto del bebé.
— Debe ser caótico cuidar al bebé
Amaia: — No te miento, sí lo es
— Oye, tengo un plan. ¿Qué te parece si voy a hacerte compañía? Podemos pedir algo de comida
Amaia: — ¿De verdad harías eso? No quiero que te sientas obligado
— Para nada, me encantaría. Además, prometí invitarte a cenar hoy y me sentiría culpable si no cumplo con eso
Amaia: — Bueno, pues ven
— Hecho. Te veo en un rato, entonces
Amaia: — Gracias, Vicenç. Ahora te envío la dirección
— Vale, nos vemos pronto