La mayoría del tiempo, al encontrarse bajo la prisión del vicio, no le daba el suficiente crédito a sus propios sentidos. Cada vez que consumía, se encontraba a sí misma alucinando, veía rostros en donde no los había, escuchaba voces en donde solo el silencio regía. Creyó que en aquel instante se trataba de una situación similar, creyó que alucinaba, en realidad imploraba estar alucinando y que en realidad no se tratara de Damián aquel sujeto. Aunque pronto, a medida que quien le había dado los cuatrocientos dólares la obligaba a caminar, ella supo que no se trataba de una simple alucinación. Era él. Realmente era él quien se encontraba allí. Sentado, con sus ojos clavados en ella, en el más pleno silencio, por un instante, sus miradas conectaron con tanta profundidad que todo pareció v

