Alessia Bianchi —Dime cuando llegues… —susurró Pavel, con la voz ronca y el aliento rozando mi piel. Sus palabras se mezclaron con mi respiración agitada. Mi cuerpo temblaba, incapaz de resistirse al ritmo que él marcaba con precisión. Cada caricia era una chispa, cada roce una ola que me hacía perder el control. —Pavel… —jadeé, sintiendo cómo la tensión crecía dentro de mí, una corriente cálida que me recorría sin permiso. Él me observaba con atención, con esa mezcla de deseo y ternura que me desarmaba por completo. El placer y el dolor se entrelazaban como fuego y agua. Era demasiado, y aun así, no quería que se detuviera. Su toque se volvía más profundo, más consciente, buscando no solo mi cuerpo, sino cada una de mis reacciones. —Relájate, mi amor —murmuró, posando su frente cont

