Capítulo 1
No podía existir alguien que me cayera tan mal. Es decir, detestaba su forma de ser. Siempre tan arrogante, soberbio, como si todo el mundo se debía rendir a sus pies. Como si fuese el maldito centro del maldito Universo. Y, ¿lo peor? ¡Lo detestaba! Más por ser el genio de la prepa, sobrellevaba más de cinco títulos honorarios por ser el mejor de la jodida clase.
Detestaba a un chico por ser mejor que yo. Vamos, ni que fuera tan mala. Tan, solo, solamente había reprobado por distraerme gracias a sus preguntas sobre cálculos inentendibles. Todo fue siempre bien, ¿sabes? Hasta mis padres con los suyos eran mejores amigos, pero él, él siempre prefirió resolver cálculos antes de jugar al castillo de arena conmigo.
Menudo bastardo.
—Y como mi proyecto final, quiero agradecer al café nutritivo de todas las mañanas —dijo con una gran sonrisa.
Y estaba muy clarito, que Casey quería ser solo él y nadie más que él.
Aplaudimos todos como si fuera una «maravillosa» presentación. Y por más que había aburrido a media clase, nos había salvado la exposición con mi grupo. Otra vez, clarito estaba que Casey lo había hecho solo. Prefirió hacerlo solo que con su grupo, el nuestro.
Cuando tocó el timbre de salida, todos corrimos como vacas locas para irnos rápidamente. Como siempre, era la última en salir. Ni siquiera mis amigas me esperaban, todas se iban rápido a comer algo liviano por sus «dietas» balanceadas. Yo siempre me mantenía en mi forma, ni más delgada ni más rellena; simplemente normal.
Tomé mi bolso, y antes de que pudiera escapar de las garras del destino y el odio hacía Casey, lo menos inesperado me detuvo. Tanto fue el impacto que hasta me dio escalofríos.
—Se nota que lo odias con todas tus fuerzas —dijo una voz al fondo del salón—. Yo que tú, no lo demuestro.
Cuando me giré, me di cuenta que era solamente el chico rarito del fondo del salón. Al que nadie le hablaba, nadie se giraba a verlo y nadie quería sentarse con él. Y no hablo del chico malo, porqué de malo no tenía nada. Simplemente no se sentaban con él porqué sus aspectos eran raros, y sus gustos musicales también.
—Te equivocas —le respondí, con una sonrisa—. Simplemente... Tú no sabes nada.
—No sabes mentir, Lea.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Rodeó los ojos y levantó sus cosas de la mesa.
—Eres mi compañera de clase, duh —respondió, y se posicionó muy cerca de mí. Realmente era alto, muy alto, y eso comenzaba a intimidarme—. Consejo breve: No demuestres tu odio, solo te hará más patética y perdedora. Además, eso logrará que te enamores de él.
Me pasó por al lado, y me había quedado tan pasmada que quería matarlo lo más pronto posible. Jamás había hablado en la clase, mucho menos conmigo, pero aquella voz era tan gruesa como masculina que de un momento a otro, comenzaba a atraerme. Era imposible negarse a eso.
Era atrayente, como un imán.
Me di una vuelta, y lo visualicé parado en el marco de la puerta.
—Démon..., ¿verdad? Démon Faure. —dije con seguridad—. El chico callado de la clase.
—Sí. ¿Y qué con eso? —preguntó de mala gana, con los brazos cruzados—. ¿Tienes algún problema? Porque yo...
—No, para nada. Pero eres muy callado, y es raro que me hables para señalarme puros defectos. Pensé que eras mudo —insistí—. Nunca hablas en clases, pero me recriminas esto a gritos.
No obtuve respuesta, más que su propia sonrisa siendo una completa curva perteneciente a un infierno perfecto lleno de poder y oscuridad.
—Suerte con tu vida, Lea.
Me dejó con las palabras en la boca cuando se fue.
Démon Faure, ¿quién era realmente? O mejor dicho, ¿qué era él? Más que callado y solitario, era alguien extraño. Ignoré esas ideas de mi cabeza, y salí del salón.
Cuando me encontré con Bianca, mi mejor amiga, me sonrió de una manera algo tonta. Le sonreí como cualquier otra persona y enseguida me tomó del brazo, llevándome junto a las demás. Ni siquiera había agarrado una charola de frutas o el plato principal. De inmediato, me senté junto a las demás alrededor suyo. Además de Bianca estaba otra chica llamada Harper, y otra más llamada Jo, se llamaba Joanne pero le decíamos de esa forma.
—Con que... Te codeas con la élite, eh. —Dijo Jo, con una ceja enarcada—. Pensé que Démon Faure era mudo, ¡lo juro por Dios!
—¿Élite? —preguntó Bianca, revolviendo su ensalada—. Démon no es de la élite.
—¿Qué te dijo Démon, Lea? —murmuró Harper, y todas pusieron una breve atención sobre mí.
Tragué saliva sin saber que contestar.
—Me pidió la tarea del jueves... —mentí—. Por supuesto que se la di, ya sabes.
—Mmmm... Okay —soltó Bianca—. Entonces, ¿quién irá a la fiesta de Shawn?
Claro, la fiesta. Ese es un punto importante aquí.
Un chico llamado Shawn, iba a realizar una mega-fiesta por su cumpleaños número dieciocho. Estaban todos invitados, menos yo. ¡Hasta había invitado a Casey! Pero, resaltando un punto extra, tampoco había invitado a Démon. Por lo menos, no me sentía tan inútil.
Resoplé haciendo volar un mechón castaño que caía sobre mi rostro.
—Se dice que su novia cortará con él en la fiesta, ¡al frente de todos! —murmuró Bianca—. ¡Que horror! ¿Quién haría algo así?
—No lo sé, ¿personas extrañas? —preguntó Harper, con una sonrisa—. Esperemos que no se arme lío, o jamás me dejarán salir. ¿Y tú? ¿Lea? ¿Qué planes tienes para el fin de semana?
Pero no respondí.
Estaba, algo así, hipnotizada como Bella por Edward. Miraba por encima de mi hombro, a Démon batallando con la horrible comida de la cafetería. Y por un momento, su vista se levantó hacía a mí. Me di vuelta en cuanto su mirada llamó mi atención, me sentí avergonzada por eso.
—¿Lea? —dijo Harper al frente mío.
—Eh, no haré nada... Nada especial.
—¿Y si dejamos plantado a Shawn y le hacemos compañía a Lea? —había propuesto Jo.
—¡Buena idea! ¡Me encanta! —exclamó Bianca, divertida por la idea. E inmediato comenzaron a planear todo. Y más sobre pintarse las uñas como hacerse peinados raros.
Por alguna razón, había algo que me decía que mirará allí.
Y cuando lo hice, Démon ya no estaba.
Mi madre era de estatura mediana, como yo. Y mi padre era más alto que un poste. Bueno, no tanto. Pero era demasiado alto. Ambos se habían conocido en la misma preparatoria que yo cursaba, y por ende razón, debía seguir mis estudios allí. No tenía hermanos, excepto Charlie. Charlie había sido adoptado cuando tenía apenas diez años, y él ocho. Así que, era dos años menor que yo.
Toda nuestra vida habíamos vivido en Lorenford, así que había crecido prácticamente allí. Mis padres no tenían familiares cercanos, vivían en otros países. Mi madre siempre solía dedicarme frases del Dalai Lama para que no tenga tanta repulsión por Casey, ella sabía la historia. Mi padre era de pocas palabras, pero muy buen consejero.
Ambos, trabajaban en un negocio familiar.
Cuando era pequeña, y Charlie aún no apareció en nuestras vidas, mis padres eran muy amigos de los padres de Casey —y ni te preguntes cuál fue la separación—. Por lo tanto, mis padres y los suyos se conocían muy bien. Aunque, descartemos que el padre de Casey tuvo una aventura y con su amante tuvieron un niño al cual ni siquiera se sabe el nombre. Pero aquel secreto, lo sabíamos nosotros, nadie más.
Por la noche, las chicas habían venido con miles de cosas. Mis padres siempre se alegraron que tuviera amistades, así también como Charlie. No obstante, no me agradaba la idea de que ellas vinieran. No me molestaba, para nada, pero planeaba ver una serie y dormir en paz. Aquella noche, jugamos a de todo. Harper había traído cervezas, Bianca snacks, y Jo películas románticas de esas viejas en DVD. Y hablamos sobre chicos, sin tocar el tema de Démon.
—Lea, ¿cuál fue el último chico que besaste? —preguntó Harper, tomando el último sorbo de su cerveza—. ¿Fue largo o corto?
«No lo sé, ni siquiera besé a nadie aún...», quería contestar.
—Besé a... —con mis ojos, rápidamente busqué un nombre falso que inventar. Encontré un libro en mi biblioteca, y sonreí como tonta— Tomy d**k.
—¿Tomy d**k? —preguntó Bianca—. ¿Y ese quién es?
—No lo conoces... No es de aquí.
Harper soltó una risa.
—¿Y qué tal fue? ¿Dónde lo conociste?
Nuevamente mis ojos buscaron un lugar en el mapa colgado en mi pared, y señalé a Francia.
—Ulalá, señor francés... —murmuró entre risas Jo.
—¿Cuándo lo verás de nuevo? —preguntó Bianca.
Bueno, ¿por qué no mentir? Les dije con detalles nuestro beso, que nos habíamos subido a una torre de reloj a besarnos y esas cosas. Es más, se lo habían creído. Me eché a reír hacía mis adentros por mi respuesta y mi invento del chico perfecto. Hasta había anotado todo para crear una novela romántica.
¿Quién diría? Quizás iba a ser una gran novela.
Rato después, todas estaban dormidas. Pero yo no, me había quedado pegada al escritorio buscando información sobre la familia Faure. La familia de Démon. Y no había ningún rastro, salvo que John Faure, un tipazo que había gobernado Lorenford hace bastante tiempo, no tenía ningún tipo de vinculada con Démon.
Cerré la laptop, y mi pensamiento se fue por las nubes cuando escuché un ruido peculiar afuera de la casa. Cómo si alguien caminara sobre hojas secas, o ramas, eran crujidos. Mis manos temblaron, no iba a despertar a mis padres. Bajé de hurtadillas las escaleras, y rodeé la entrada de la cocina para ir al jardín trasero. Abrí la puerta, y nada. Sólo comenzaba a llover.
Los relámpagos se destellaron en el cielo, iluminando el patio de una presencia extrañaba. Y vi a Démon, empapado de la lluvia y viniendo hacía a mí. Cuando cerré por el susto, una mano tapó mi boca. Y me inmediato comencé a gritar con desesperación.
—¡Socorro! ¡Auxilio! —grité, en cuanto logré zafarme de la mano.
Cuando prendí la luz, vi que Charlie, mi hermano menor adoptivo, se reía como un desquiciado.
—«¡Socorro! Me hago pipí!» —se burló.
—¡Ah! ¡Si serás imbécil! —exclamé, y de pronto vi a mis padres bajar las escaleras en pijama. Preguntando que había sucedido y que eran esos gritos—. Tropecé con Lea al salir de la cocina, nada que preocuparse, todo bien... Iba al jardín a buscar mi uniforme que estaba... qué estaba colgado —mintió, y aquello era lo bueno que Charlie tenía en sí.
No era mentiroso, sino que nos salvaba el pellejo a pesar de ser tan imbécil y a veces un poco tonto. Pero era la edad, ¿debía culparlo de ello? Claro que no.
Mi padre hizo una mueca de desagrado.
—¿Fuiste afuera a buscar el uniforme? —preguntó mi madre, y miró a través de las cortinas de la casa—. Lo hubieras dejado ahí, está todo repleto de agua.
Con desconfianza, me acerqué a la ventana a ver y me sorprendí en no ver a Démon. Juraba verlo allí, que estaba acercándose. Sigiloso, era capaz, qué no lo habíamos oído. Pero de ver su figura, juraba que era él. Solo él.
—Ya vayan a dormir —se quejó mi padre—. Mañana será otro día, ¿estás bien, Lea?
—Sí. Claro que sí... —dije con el corazón latiendo a mil. Vi a mis padres alejarse con Charlie por detrás—. Enseguida iré yo, esperen a que tome algo de agua. Debe ser el susto.
En cuanto los vi alejarse, miré de nuevo por la ventana. La lluvia comenzaba a cesar y los relámpagos habían desaparecido.
¿Había sido mi imaginación? Quizás, estaba segura de ello. Cerré los ojos con fuerza y me dije por dentro que debía olvidar la idea de transformarme en amiga de Démon.
Ese chico jamás iba a ser mi amigo.