Capítulo 6

3049 Words
Luego del suceso extraño con Casey, me puse a pensar muchas cosas. El martes por la mañana, sin contar que el lunes no fue nada novedoso, corría sin cesar en busca de Casey. Y por mi mala suerte, Casey no había ido a clases. Estaba a punto de decirle que no aceptaba ir al baile con él, y decirle toda la verdad. Sin embargo, cuando entré a clases luego de rendirme en tanto correr, vi a Démon sentado en el lugar de Casey. Con la excusa de alejarme de él —porqué en realidad era eso lo que él quería—, pedí el permiso de ir al baño y volver de inmediato. No quería ir al baño realmente, la verdad era que no quería verle la cara a Démon. ¿Por qué? La razón era obvia: Sentía que lo había traicionado. Él había pagado demasiado dinero por el auto de mis padres, y yo se lo devolvía con un libro del mago de Oz y saliendo con otro chico al baile. Pero, Casey no había ido a clases. Eso quedaba en la lista pendiente por decirle lo que le iba a decir. Tarde o temprano lo iba a saber. Cuando salí al pasillo, Charlie me tomó del brazo bruscamente y me atrapó de una forma que desconocía de él. Con el rostro lleno de miedo, me indicó que me agachara a escuchar un chiste que seguramente iba a echarme a reír después. Pero, por su rostro, no indicaba nada bueno. Parecía estar muriendo por dentro. —Encontré algo, y no quiero que te lo pierdas. —¿Qué es, Charlie? —murmuré, pero él me tapó la boca con su mano cuando uno de los rectores pasó por el final del pasillo—. ¿Qué sucede? —Tienes que venir conmigo, o no me creerás —respondió bajito. Salí arrastrada del instituto gracias a Charlie, y tomamos un viejo camino que conducía al bosque que separa el instituto con una vieja prisión abandonada —del cual dicen que de allí vienen los fantasmas que por las noches prenden las luces—, y un farol súper extraño que nadie sabe como coño llegó allí. Cuando caminábamos, vimos que había rastros de pisadas. Ya antes alguien había estado allí. Pero, como todas las historias de miedo trataban sobre muertos vivientes caminando por el bosque y la prisión estatal de Lorenford, era poco creer que fueran de una persona viva o muerta. Recorrimos todo el tramo hasta llegar a lo que todos conocen como «La Colina». La Colina es una pradera llena de colinas, que jamás se han visto en ninguna parte del país. No obstante, era otoño y todo el césped de La Colina estaba totalmente seca. Y sus árboles, apenas tenían hojas. Todo estaba teñido de un horrible gris. Charlie me indica que me agache junto a él, y repito el mismo movimiento que mi hermano al bajar y esconderme detrás de unos chillones arbustos secos. Desde las plantas, estábamos a unos metros de un pequeño acantilado que se formaba en esas colinas. Y mucho más allá estaba Roger, con una chica de cabello n***o. Ambos se reían. —Mira allí, está el auto de papá —dijo Charlie, señalando el coche hecho trizas a un costado de ellos. Pero ese no era el único coche, había otros más alrededor suyo—. Creí que había desaparecido, ¿qué tal si viene papá de pesca al lago y lo encuentra? Madre mía, señor Jesús. Fruncí las cejas tornando los ojos hacía atrás.  Charlie exageraba demasiado, pero ese ya era un límite. —No lo creo, Char, es algo imposible —respondí, y mi vista volvió hacía Roger y la chica de cabello n***o. Ella llevaba el cabello corto, de dos colitas y un flequillo bastante recto. En ese momento, era como la niña de Monsters Inc., la misma Boo. Charlie se arrastró un poco hasta quedar suspendido en el suelo. Yo intenté hacer lo mismo, pero pisé unas ramitas secas y el eco llegó a sus oídos. Ella como Roger de inmediato miraron para nuestra dirección. En cuanto creímos que ya nos habían visto, la voz de Démon se metió en mi cabeza. Las piernas me comenzaron a temblar cuando creí que esa voz era mi imaginación, pero en realidad Démon acababa de llegar. Ella se le pegó como un imán y le dio un beso sonoro en la mejilla. Sentí que ardía de celos. —Quédate quieta, ¿quieres? —se quejó Charlie, mientras que apartaba unas ramitas del arbusto seco—. Si nos descubren será el fin de todo. —Eres un exagerado. —Pues claro, soy adoptado, ¿no lo recuerdas? —comentó, e inmediato le pegué un codazo por hacerme enfadar—. ¡Auch! ¡Estás envidiando de que soy adoptado y tengo sentido de exageración! Largué una carcajada. —¿Envidia? Tú me trajiste aquí a ver como esa pelinegra y Démon se dan besos sonoros... —solté de repente, y me callé de un puñetazo mental cuando me di cuenta que estaba hablando por Démon y ella. —Alguien está celosa... —murmuró Charlie. Estaba demostrando que SÍ estaba celosa de su beso. De que lo toque. De que lo abrace. De que lo tenga solo para ella. Y para mí que no quede nada. Sin embargo, seguí discutiendo con Charlie hasta que alguno de los dos soltó un grito más fuerte que otro, llamando la atención de ellos y que los tres Mosqueteros salieran en acción a sus presas. Le tapé la boca a Charlie con la intención de que no nos encontraran. Pero fue algo inútil. —¡¿Quién anda ahí?! —exclamó Roger, pero Démon se sentó en una rueda del coche para colarse los dedos por el cabello sedoso que llevaba ese día. Me mordí el labio inferior con tan solo imaginar sus dedos en mi cabello. ¿Desde cuándo era una pervertida? —No debe ser nadie, Roger —le soltó Démon, dándole una sonrisita coqueta a ella—. De seguro es algún cazador, recuerda que es otoño. Roger rodeó los ojos. —Los cazadores no salen en octubre, salen en agosto. —Los del Sur a veces salen en octubre, no es muy común verlos cazar por estas zonas —dijo ella, con una voz serena y particular que parecía derretir a Démon con tan solamente mirarle. Sin darme cuenta, comencé a apretar mis puños fuertemente contra el suelo. Que comenzaba a dolerme de la furia que surgía en mí. ¿Quién era yo para quejarme? Nadie, obvio. —¿A qué se refieren con «cazar»? —pregunté a Charlie, pero él se encogió de hombros—. Primero que no hay venados en Lorenford, y segundo: Si no hay venados, no hay cacería. ¿A qué tipo de cazadores se refieren? —Quizás es un código de sus hablas. Ahora era yo la que exageraba. —Quizás me hago muchas hipótesis con fines de misterio, quizás me hago la Sherlock Holmes... —dije con una mueca extraña, que hizo reír a Charlie y volver a realizar ese ruido molesto de las ramitas. Todos alzaron la vista hacía todos lados. Roger se movió impaciente. —Pues, yo si creo que hay alguien, ¿saben? —murmuró, con el nerviosismo hasta el cuello—. Hoy tengo mucha hambre, no le he dado ni una mordidita a nada. —Entendí esa referencia —soltó Charlie con una sonrisa de picardía. Lo miré con intriga. —No creo que se refiera a comida, Char..., quizás quiso decir que... —Lo sé, Lea. Por eso dije que entendí esa referencia. No tienes que explicarme el mundo s****l porqué ya lo conozco. Gracias. —Respondió con sumo sarcasmo, y nuevamente nos inclinamos hacía delante para seguir viendo el show de los mejores amigos. Ella se movía inquieta ahora. —Iris, ya para, j***r; me pones nervioso a mí y no quiero estarlo —se quejaba Roger, e Iris le pegó un puñetazo—. Y además eres agresiva, deja de ser tan agresiva. —Huelo a carne fresca... —murmuró Iris—. Una carne deliciosa. Miré a Charlie, y él frunció el ceño. —Eh, no. Yo me bañe ayer —objetó, y me eché a reír un poco más que casi me escuchan—. Mira, Lea, ¿crees que ellos sean...? Bueno, o seré yo quien lee Crepúsculo ahora. —¿Hablas de que sean vampiros? —pregunté, y él asintió—. Estás loco. Iris se pegó de nuevo a Démon, y él la sujetó con fuerza. Nuevamente sentí ese cosquilleo horrible en mis manos, sentí hervir mis venas. Eran celos, puros celos. Ni siquiera sabía de donde habían salido esos celos. Nuevamente Charlie pisó otra ramita, pero esta vez ninguno se espetó. Roger olfateaba a cada rato. —Conozco ese perfume —murmuró, y miró a Démon pegado a Iris—. ¿No lo hueles? —Todavía no puedo oler «eso» —respondió. Iris se alejó de él. —¿Y ya lo has decidido? —preguntó de repente, con los brazos cruzados. Démon negó con la cabeza—. ¿Qué esperas, Démon? Tus padres no te esperarán toda la vida. —No lo sé —se frotó una mano contra la nuca—, siento que es demasiado pronto. Quiero vivir más antes de estancarme y tener dieciocho años para siempre... Y no puedo acercarme a mi destino, me siento un testarudo. No sé como «entablar» una conversación con «ella» sin ponerme nervioso. Por un momento sentí que hablaba de mí. Cualquier persona podría haberse desmayado, pero yo interrumpí esa conversación con una estruendosa presentación en "cuando ya no había más suelo delante de mí". Rodé por la colina, de hojas secas y rugosas, hasta que quedé ante los pies de Roger. Charlie salió de los arbustos con el rostro empapado de lágrimas y miedo. Roger me ayudó a levantarme. —¡Lea! ¿No deberías estar en clases? Al igual que tú —dijo señalando a mi hermano. Charlie quitó de su dedo con suma valentía. E Iris se acercó a mí. —Con que tú eres Lea..., no pensé que fueses tan bonita sin toda esa sangre en tu rostro —dijo ella, guiñándome un ojo con picardía. Charlie se posicionó cerca de mí, y tomó de mi brazo. Noté el miedo con tan solo tocarlo. —Bueno... Yo... Es decir... —balbuceé, pero se me fueron las palabras por el miedo. Démon se acercó e inmediato comenzó a limpiar mi cabello que aún seguía lleno de ramas y hojas. —No debes estar aquí —dijo Démon seguro de si mismo—. Así que, Roger te llevará a casa, ahora... Roger nos miró sorprendido. —¡¿Qué?! ¡No quiero irme de aquí! —exclamó. —Dije que ahora. Es una orden. Sin chistar, Roger nos indicó el camino de vuelta y ambos obedecimos ante la orden de Démon. Sin embargo, cuando miré hacía atrás, vi como Iris se pegaba a él y él tomaba la cintura de la chica con el amor profundo por ella. Que seguramente sentía. ¡Estos malditos celos que no me dejan en paz! Grité hacía mis adentros. Caminamos hasta de nuevo salir a una vieja carretera, la que unía Lorenford con la prisión estatal abandonada, y otro camino que unía la ciudad con otra llama Génova. Éramos los perdidos en el mapa, con ganas de ser encontrados. Roger nos indicó subir a una Jeep negra estacionada, que suponía que era suya, pero Charlie retrocedió antes de entrar, me había visto con la mirada en el bosque, preguntándome que era lo que Démon quería de mí. Y porque me hacía sentir de esa forma, tan protegida por él. —¿Lea? —preguntó de nuevo Charlie, a la primera lo había oído pero no prestado atención. Roger nos quedó mirando—. Vamosno. Me volví hacía la camioneta y subí luego de que Charlie subiera primero. Pero antes de partir, una sonrisa landina nació de Roger. Creía por un momento que él había escuchado mis pensamientos, porque a la ligera soltó lo que menos esperaba: —Los celos son enfermizos, y duelen como el mismo infierno. Es mejor no tenerlos, y olvidarse de ellos. Los celos son una parte negativa de ti, ¿de verdad quieres tenerlos? * * * * Por la noche, estaba angustiada conmigo misma. Más por hacer las cosas mal, me había hecho un mapache metiche al respecto con Démon. Había seguido un juego que ahora me tocaba terminar, era como Jumanji. Si no terminaba, no iba a salir fácil de él. Pero prefería quedarme atrapada en la jungla por muchos años, hasta que alguien jugase de nuevo y me sacara de allí. Ocurrencias mías. Aquella noche, mientras que pensaba en las mil maneras de decirle a Casey que realmente estaba arrepentida de aceptar su invitación, oí ruidos extraños en el tejado de mi casa. Las ramas sacudiéndose sin viento, y la dulce caída de Démon en mi pequeño balcón que mi padre había construido para mí. Todos dormían, excepto yo. Cuando lo vi allí, parado, sacudiéndose las hojas de su cabello, pude entender dos cosas: Roger tenía razón, y sí, me gustaba Démon. Pero no conocerlo, me llamaba aún más la atención. Y más me llamaba todo de él, era como una atracción irresistible. Abrí la ventana corrediza, y él ensanchó una sonrisa cuando nuestros ojos se encontraron. —No volveré a bajar más por tu árbol, creo que no me quiere... —se quejó levemente, e inmediato entró a mi habitación. Se quedó algo sorprendido por el extremo orden de cada cosa—. Wow, mi madre muere si ve mi cuarto de esta forma. Reí por lo bajo. —Mi madre moriría si lo ve desordenado —objeté, y Démon se invitó solo a sentarse en el lateral de mi cama—. Y no lo digo porque ame el orden, ella lo detesta. —Quisiera que tu madre fuera la mía. Nos quedamos mirando uno al otro como dos tontos. E inmediato, fui en busca del libro que Casey había elegido para él. En realidad, había sido Casey quien lo había elegido. Lo tomó con sus dos manos, y con una sonrisa algo traviesa en su rostro. Aquello me pareció lo más tierno del mundo, y en ese momento, deseaba que se fuera lo más pronto posible. O iba a perder el control. —Espero que te guste —le dije bajito, para que nadie nos escuchase. Démon volvió a sonreír. —Estoy seguro que me gustará, todo lo que haces me gusta. —Respondió. E inmediato sentí mis mejillas arder como si fuera agua hirviendo—. Es decir, todo lo que haces por arriesgarte a que no te descubran. Nunca conocí a una chica tan «valiente» como tú. Y de un empujón me bajó de la maldita nube rosa. Le di un agradecimiento por el intento de halago, muriendo hacía mis adentros. ¿Quién era yo para regañarle? Nadie. Me senté a su lado, y aún con la luz de la mesita pequeña a un costado de mi cama, nos quédamos viendo las estrellas sin entender cual es cual. —Hoy te noté extraña —dijo de repente, y me miró de nuevo—, por un momento sentí que estabas incómoda. Por Iris, claro. Pero jamás se lo diría. —Para nada —dije con ánimo—, está todo más que bien. Nada más. Creo que tu estás raro, ¿a qué se debe tu visita? Rascó su nuca. —Vine a decirte que... —se interrumpió a si mismo, mirándose las manos nervioso—, creo que es mejor que te alejes de mí. —¿Y por qué debería alejarme de ti? Dame razones, y lo haré. Nuevamente se miró las manos. —No soy bueno para ti, no soy lo que tú crees —objetó, y eso hizo que mi corazón se hiciera trizas sin siquiera partirse a la mitad. —Que no seas bueno para mí, no es una razón. Yo tampoco puedo ser buena para ti, pero... —murmuré—, te pediría que no te alejes de mí. Carraspeó apenas un poco. —Lo peor de todo es que no me conoces, Lea. No sabes como soy, quién soy. Lo ideal sería que ya no te acerques... —dijo nuevamente—. No quiero hacerte daño. Y un click se me vino a la mente. —¿Iris te pidió eso? —¿Qué? —preguntó, girándose hacía mí. —¿Iris te pidió que me dijeras eso? —¿Por qué metes a Iris en esto? —preguntó de nuevo, e inmediato se alejó un poco de mí cuando me acerqué lentamente para mirarle a los ojos—. Oh, Dios. Estas celosa de Iris, ¿verdad? No, no, no. Bueno sí. No tuve que asentir, él ya lo sabía. —No debería estarlo. —Claro que no —negó con la cabeza, y soltó una risita curiosa—, mucho menos por una chica a la que le gustan chicas como tú... Y chicos también. Levanté mi vista hacía él. Démon soltó una carcajada. —Yo pensé que... —Esa cabecita tuya piensa demasiado, nena, no deberías hacerlo —murmuró, tocándome el cabello suavemente y enredando sus dedos entre mis mechones—. Pero esa no es la razón, creo que lo mejor es que te alejes de mí. Cuando este listo, te daré mis razones, ¿de acuerdo, Downey? Mi apellido sonaba hermoso en su boca. Muy hermoso. —De acuerdo —asentí, y un rato después, Démon se fue por donde había venido. Sin embargo, sus palabras me quedaron grabadas en la mente. Su presencia había quedado rondando por el aire de mi habitación, aún sentía que él estaba ahí. Era lo que mi padre siempre decía: «La fortaleza proviene del carácter y la fuerza, sin ella no eres nadie. Sin ella, Einstein no es Einstein». Y aunque mis padres tuvieran dichos raros, aquel lo tomé muy cuenta. Porqué al final tenían toda la razón.
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