Capítulo 5

3167 Words
Había sido un golpe horrible, ni te diré como. Pero fue como un golpe seco, algo horrible que ni puedo imaginarme como es que me salvé de ese golpe. Luego de que todo cesara, solamente oía pocas cosas. Voces, sin sus voces. Era todo extraño, pero más extraño fue cuando me desperté y me encontré en mi habitación. Ya no me dolía la cabeza como antes. Ni siquiera tenía una cicatriz. Me levanté rápido y sentí un horrible mareo. Náuseas. Me toqué el estómago porque todo estuviera más que bien. E inmediato, corrí al baño de mi propia habitación para lanzar el vómito que me comenzaba a poner de nervios. ¿Qué vomitaba? No había comido nada excepto los nuggets de KFC. Estaba hecha un desastre, pero recordaba a cada segundo todo. Los chicos, Roger, el coche que no encendía y luego el bollo en el techo. Todo. Recordaba todo con cada segundo que pasaba en esa habitación. Salí del baño con el propósito de cambiarme, y en cuanto bajé las escaleras, oí a mis padres discutir sobre mi comportamiento. Qué no había sido nada amable estacionar en el jardín de la vecina de al lado. ¿Estacionar? ¡El coche se había hecho añicos! ¿De qué diablos estaban hablando ellos? Corrí escaleras abajo, rápidamente, y me posicioné cerca de ellos hasta que me miraron con una sonrisa nada amigable. Aún no entendía, no me hacía la «estúpida» bajo ninguna circunstancia. Verdaderamente, no sabía que había pasado. —¡Hey! Nuestra hija fiestera se ha despertado, ¿cómo va esa resaca? —me pregunta mi padre con una gran sonrisa. Mi madre le pega un codazo en las costillas. —Lo que hiciste anoche no fue muy amable de tu parte. ¡La vecina se ha quejado que les has pisado sus orquídeas! —gritó de forma eufórica, y visualicé a Charlie jugando a la Playstation en la sala con una cabellera castaña. No pude ver mucho, ya que mi madre se posicionó delante de mí. —No sé de que hablan, yo... La verdad es que..., ¿cómo llegué aquí sin hacerme daño? —dije sin más, con un gran suspiro dejando a mis espaldas. —¿Qué cómo llegaste? ¡No recuerdas nada, Lea! —exclamó ella, y se cruzó de brazos con aquella expresión que mi mente señalaba como «peligro»—. Si no fuera por tu compañero, no estarías aquí viva —añadió, señalando al chico que resultó ser Démon. Él se giró y me saludó con la mano. —¡Pero les juro que yo choqué! ¡Rodeé por todo el asfalto! —exclamé. —¡¿Qué dices, Lea?! ¿Qué más tomaste en esa fiesta? —preguntó mi padre, en tan solo un grito que me hizo estremecer. Vi a Démon de repente acercarse a nosotros, y me sentí intimidada por él. —Señor Downey, discúlpeme que me entrometa. Pero Lea no tomó nada más que cerveza, yo la controlé todo el tiempo. Espero que no se enoje conmigo por ello —soltó con suma educación. Y por un momento me pregunté a dónde coño se había ido el Démon Faure, descortés e inhumano, que había conocido días atrás. Mi padre se relajó al igual que mi madre. —Oh, Démon. Está bien, ya tú sabes lo que ocurre. Las primeras fiestas de adolescentes son muy extremas. Creo que tus padres también se preocupan por ti, ¿verdad? —Sí, claro —respondió él, con una expresión de tristeza pura en sus ojos—. Solamente quería cuidar bien de Lea. Por su seguridad. Ya, claro, cuidarme. Ajá. —Eso es muy amable de tu parte, Démon —dijo mi madre, con un aire de enamoramiento hacía Démon—. Bueno, te dejaré en paz y me iré al otro lado de Lorenford. ¡Ve luego por Charlie, hoy tiene partido de béisbol, Thomas! —soltó alejándose hacía la cocina, dirigiéndose a mi padre. Él se encogió de hombros. —Debo hacerle caso a la jefa —murmuró tras realizar un guiño hacía nosotros, y se alejó cuidadosamente por el pasillo—. O ya verás como se pone. Cuando me quedé sola con Démon, procuré no ponerme loca y preguntarle de todo. Nos fuimos acomodando al lado de Charlie, que jugaba atentamente a su consola de juegos. Démon llevaba solo una camiseta, con el intenso frío que comenzaba a azotar las ventanas del living. Cuando Charlie dejó la consola, le dio un saludo de puños a Démon quién le preguntó si se sentía bien. Luego, Démon me miró a mí. —Tu padre no me cae muy bien... —Todo lo que pasó... —murmuré interrumpiendo, aún confundida. —Pasó de verdad —respondió él. —¿Cómo? ¿Cómo es posible? Charlie sonrió atentamente, él ya sabía la verdad. —Magia —dijo Démon con una sonrisa—. No esa magia de fantasía, magia de dinero. Sí se hizo añicos el auto, y lo reemplazamos por otro. Te traje a la casa con Charlie, Roger e Iris se encargaron de limpiarlos a ustedes mientras que yo estacionaba el auto en el jardín de la vecina. Esas feas orquídeas debían ser aplastadas, ¿a quién le gusta las orquídeas? —Debo conocer a Iris pronto —soltó Charlie, y giré mi cabeza hacía él—. Hizo un perfecto trabajo, he quedado demasiado hermoso. —Murmuró tocándose el rostro. Démon rió ante aquel gesto de inocencia. Dentro de mi mente, aún faltaban piezas. —Lo sé. Iris es muy especial por eso —dijo Démon, y de repente, una g****a se formó dentro de mí. ¿Era Iris su novia? ¿Ellos estaban juntos? ¿Por qué ella era especial para él?  Y otras tantas cuestiones que tuve que tapar cuando Démon carraspeó. Mi atención fue directa a él. —¿Y ahora qué? ¿Debo devolverte el dinero? —pregunté, disimulando no haber sentido aquello que había sentido con cierta certeza. Démon negó de inmediato. —Para nada, ¡hasta Roger tuvo que esconder el venado! —dijo entre risas, mientras que Charlie se sumaba al momento de diversión. —¿Qué venado? —¡Ay! ¡Lea! —exclamó Charlie—. Hemos chocado un venado, por eso el bollo del coche. Parpadeé varias veces. —No hay venados en Lorenford, ¿de qué hablan? —pregunté, y Démon cesó la risa. Cómo si lo hubiera agarrado en su mentira piadosa. —Debo irme, o si no mis padres me matarán. —Parecía que no te llevabas bien con ellos —objeté, levantándome para ir detrás de él. —Claro que me llevo bien con ellos, sólo me he victimizado por ti. Charlie se acomodó en el sofá para ver todo el show, volví mi atención a Démon. —No debiste hacerlo, ahora te deberé algo —reclamé, cruzándome de brazos como mi madre lo había hecho. Hasta me veía igual a ella—. Déjame ahorrar y te devolveré todo. —¿Me devolverás quinientos mil dólares? —Lo haré aunque lo recaude en veinte años... —contesté. Charlie soltó una risa. —¡Ni siquiera puedes ahorrar ni diez dólares! ¡Te lo gastas en libros! —soltó tras otra risa.  Démon me miró con una sonrisa. Y yo los miré con mí más inocente rostro angelical. —Eso es. Devuélveme todo con un buen libro, uno que a ti te guste —propuso, e inmediato abrió la puerta para irse. No obstante, se quedó parado en el umbral de la puerta—. Devuélveme el dinero con un libro que pueda curar algunas heridas que tengo. Y tras eso, cerró la puerta. Charlie me miró con una sonrisa. —Le gustas a Démon, no tengo pruebas ni tampoco dudas. * * * * Mis padres me habían castigado. Sí, severo castigo para alguien de diecisiete años que jamás había sido castigada. Era la primera vez que llevaba la valentía de mi nariz mucho más allá para enrollarme en algo, que los cabrearía si supieran la verdad de los hechos. Pero por más que pensara en el castigo —solo consistía en hacerles el desayuno, como también plantar de nuevo las horribles orquídeas de la vecina—, mi mente estaba en el dinero que Démon había gastado en mí. Aquella tarde, luego de dormir largas horas con la excusa de que me sentía mal, y pensando en lo que Démon me había dicho con respecto a sus «heridas», salí en busca de un buen libro a una biblioteca que también era tienda de libros, pequeña pero acogedora, del centro de Lorenford. Había estado toda la tarde tratando de escoger un buen libro que no fuera El Principito, aunque estaba en la duda si lo había leído. Démon no solía parecerse a esos chicos que leen con frecuencia, y mucho menos le iría a gustar una rosa que hablara. Me paseaba por los estantes tratando de encontrar el libro perfecto, hasta que mi cuerpo chocó con otro. Entonces, me di cuenta que los libros del estante al lado mío, habían caído gracias al impulso de mi cuerpo contra ellos. De inmediato, cuando bajé a recogerlos, una cabeza chocó con la mía. Menudo día de suerte, Lea. —¡Lo lamento! —exclamó, y la dueña del lugar le chilló porque bajara la voz. Habían niños leyendo cuentos—. Lo lamento... —dijo bajito. Con una sonrisa, lo miré. Era Casey. —Casey... Qué agradable sorpresa —murmuré yo también. Él ensanchó una sonrisa coqueta. —Hola, Lea. Buscaba un buen libro para leer, ¿y tú? —Lo mismo digo de tu búsqueda —volví a responder con murmullos, y bajé la vista hacía el libro que me faltaba ordenar. Casey carraspeó un poco, y miró cautelosamente a la bibliotecaria para fijarse si no había infrigido las reglas de nuevo. Por primera vez, vi los ojos azulados de Casey. Me sentí pequeñita ante lo alto y muy bien formado que era. —No pareces ser de las que buscan un buen libro —murmuró—. Siempre estuve creído que los libros te encuentran a ti... —Sí. No lo sé. Busco un libro en particular —respondí, encogiéndome de hombros. Y Casey, tomó uno de sus libros. —Toma este. Leí el título y este decía: El maravilloso mago de Oz. Lo miré desconfiada. —¿No es este el mismo libro que leímos con la señora Gale? —Sí —respondió, y señaló la contratapa del libro—. Pero no es eso lo raro, lo más raro es que la señora Gale se apellide como Dorothy. ¿No te parece eso aún más raro? —¡Pensé que era la única! Ambos reímos en voz baja, disimulando tener una buena conversación de amigos de «toda la vida». Cuando nuestras risas cesaron, Casey me quedo mirando atontado. De inmediato, fuimos a comprar nuestros libros en mano mientras que los niños terminaban su lectura con un maestro que asistía todos los sábados a aquella biblioteca. Casey sacó su billetera y entregó el dinero por los cuatro libros. —Es un regalo —dijo, dándome la bolsa con mi libro adentro—. Por cierto, ¿ya tienes pareja para el baile de otoño? Pensaba que... Pensaba que podríamos ir juntos, ya sabes. Quiero invitarte, que vayas conmigo. —Claro, me encantaría. No había tomado en cuenta que el baile de otoño era pronto. Sin embargo, esa sensatez de sentir aquellas mariposas en mi estómago por al fin escuchar decir algo lindo de un chico lindo como Casey, no estaba surgiendo buenos frutos. No sentía nada. Es más, deseaba que fuera Démon el que me invitara. Casey salió apresurado de la biblioteca, como si tuviera cosas super importantes que hacer. Lo había recapitulado, y aquello de salir con él estaba muy mal. ¿Qué diría Démon cuando supiera que iría con mi peor enemigo al baile de otoño y no con él? Cuando corrí detrás de Casey, para decirle que no aceptaba aquello, me di cuenta que había desaparecido. Respiré profundo, y exhalé como ya una causa perdida. Iba a evitar a Démon, por más lo duro que fuera; pero por otra parte, me había gustado tener esa conexión con Casey. Por primera vez. Por primera vez en toda mi vida. En un mensaje, le recordé a mi padre que fuera a buscar a Charlie al partido de béisbol. Sin embargo, vi a Bianca caminar hacía a mí con una gran sonrisa. —Hola, Lea —dijo sin más, en cuanto la tuve cerca sentí la necesidad de abrazarle. Bianca era la única que era sincera entre Jo y Harper. Y aunque su actitud fuera egoísta conmigo, siempre he visto un toque de sinceridad. Era ella misma siempre, y me apoyaba en todo—. Vengo del partido, Charlie ha jugado muy bien. Pensé que estarías allí. Me encogí de hombros y tragué saliva. —Salí anoche —me excusé—. Y he llegado con una resaca de aquellas. —¿Tú? ¿Saliendo? ¡Eso es imposible! —Bueno, si lo hice... —respondí sin ninguna otra excusa que diera buen efecto de creerme—. ¿Tú que has hecho? Rodeó los ojos, y señaló su teléfono. —Viendo como Harper se declaró en contra de ti. —¿De verdad? —dije asombrada, y Bianca soltó una risa divertida—. Bueno, me parece bien aquello. Pensé que eras solamente tú la ofendida. Aquello no le gustó a Bianca, pero supo disimularlo bien. —¿Sabes algo, Lea? Ya no me es divertido oír esas cosas de ti. Es decir, fue lindo haberme descargado, pero todo siempre ha sido porque nunca logré ser como tú... —murmuró mirando la punta de sus zapatos—. Tienes bonitas cualidades, creo que es por eso que Casey ahora se fija en ti. Eso me dio un puñetazo horrible al corazón. —Claro, lo entiendo. —Respondí con desinterés. —Lea, no me juzgues mal —volvió a insistir—. Siempre te apoyaré y serás mi amiga aunque me cueste horrores dejar de ser egoísta. Ya me harta escuchar a Harper decir que eres una... Que eres una inútil. Jo apenas puede escucharla. Todo era divertido contigo, ya nada es lo mismo si no estás tú. Recordé las palabras de Shawn en ese momento: «Espero que puedas encontrar mejores amistades». Aquello no dejaba de resonar en mi mente, era como un pájaro carpintero haciendo talladas en mi cerebro. Miré el reloj, ya estaba siendo tarde. —Lo entiendo —dije apresurándome a esquivarla—, pero ya debo irme... —Sin embargo Bianca me tomó del brazo —Estoy arrepentida, Lea, créeme. —Murmuró para luego soltarme—. Espero que puedas perdonarme, por nosotras y toda esta amistad que tenemos. Siempre serás mi amiga del alma, ¡lo juro! —Tú también serás mi amiga, Bianca —respondí, mucho antes de que pudiera doblar a la esquina y apoyarme contra la pared. Respirando el mismo aire que todos los seres humanos de la Tierra. ¿Qué había sido todo eso? * * * * Mi padre contaba los naipes, uno por uno, mientras que extendía las fichas sobre la mesa. Charlie sentado a un extremo, esperaba ansiosa-mente que el juego comenzara. Todos los sábados, por la noche, jugábamos al póker. Nuestros padres siempre nos habían entrenado, y competíamos en varias ferias estatales del país. Sin embargo, en Lorenford habían pocos jugadores de póker. Echaba el ojo a mi madre, quién estaba en la cocina, para tener la oportunidad que ya había logrado hacer amistades con Casey pero que tenía fuertes dolores de cabeza a causa de Démon. Que mi corazón no sacudía con tanta fuerza cuando él se acercaba, que era mi amor —secreto— magnético. Y aceptarle a Casey, era engañarme a mi misma. Pero, nunca había hablado de eso con mi madre. Menos con mi padre. Y mucho menos con Charlie o Bianca. Así que me callé, y cuando visualicé a mi madre sentarse en la mesa, solté de una la propuesta que Casey me había dado. —Ya tengo pareja para el baile. Mi madre ensanchó una sonrisa. —Adivino: ¿Te ha invitado ese tal Démon? —dijo mientras Charlie me pegaba con su codo. Ambos me guiñaron el ojo. —Más le valga, a ese tal Démon, que procure en que no pierdas tu zapatilla de cristal —se quejó mi padre, con una gran sonrisa. —Ay. Thomas. ¿A quién coño le interesa perder una zapatilla? Si durante el caminito pierdes toda la ropa... —murmuró mi madre, y ambos se miraron para echarse a reír. Carraspeé hasta que los dos me miraron. —Ya dejen sus comentarios para adultos. Y no. No me ha invitado Démon, si no que Casey. El hijo de Sara y Joseph —dije sin más, y ambos se callaron la boca de inmediato. Charlie pareció haberse asombrado. Mi madre me tomó de las manos. —Que bueno que ahora seáis amigos —objetó. —Siempre pensé que ese chico era gay —soltó mi padre, y Charlie abrió los ojos como si se le fueran a salir. —¿Qué es ser gay? Solté una risita por lo bajo. Mi padre carraspeó un poco antes de explicar. —Es cuando quieres a un chico de tu mismo género e integridad —sus manos se movían a raíz de la explicación que daba—. Pero no es cariño lo que sientes, si no aquello que sientes es amor. Ese mismo amor que te brillan los ojitos, como cuando a Lea le brillan en cuanto ve a Démon. Ahora mis ojos se abrían de par en par. —¡Cállate, eso no es cierto! —exclamé de repente. —Sí lo es, ¡te brillan todo el tiempo! —dijo Charlie, sacándome la lengua. Solté un gruñido y me levanté de la mesa. En cuanto subí a mi habitación, me senté al lado de la cama para fijarme en la luz de las luciérnagas que aquella noche azotaban contra mi ventana. ¿Por qué me enojaba de esa manera? Era obvia la razón. Estaba enojada conmigo misma, por no aceptar que Démon si me gustaba pero no lo conocía realmente. Y por haber aceptado la invitación de Casey al baile, ¿y si Démon quería invitarme a mí también? ¿Hubiera sido la misma sensación? ¿Hubiera sido mejor? Abracé el oso de peluche mientras que mi vista se fijaba en la bolsa donde estaba el libro para Démon. En ese momento, deseaba ser aplastada por una casa. Cómo también había sido aplastada La Maligna Bruja del Oriente, en el cuento del mago de Oz. Sin embargo, por otro lado, muy al norte de j***n, estaba aceptando que me gustaba Démon. Aunque fuera solo un poquito.
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